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1.2: Tres teorías modernas influyentes

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    La discusión sobre el fin de la república ha estado dominada durante una generación por las teorías formuladas por tres de los grandes historiadores republicanos de nuestro tiempo –Peter Brunt, Erich Gruen y Christian Meier– y publicadas cada una dentro de una década entre los tardíos años 60 y los tempranos 70. Sería justo decir que el relato de Peter Brunt sobre el fin de la república se convirtió en la ortodoxia del mundo angloparlante; sirve además como el mejor punto de partida para la mayor parte de los lectores de este volumen. Brunt juzga que el colapso de la república fue el resultado del estallido del consenso político, ya que diferentes sectores de la sociedad romana en la tardía república desarrollaron intereses conflictivos sin resolución. El sena- do, cegado por intereses propios de corto plazo, erosionó progresivamente su propia autoridad por su persistente fracaso en resolver los problemas que traía consigo la expansión romana aunque en el momento oportuno hiciera concesiones a los italianos, “caballeros”, la plebe urbana, el campesinado, y los soldados. Así eventualmente el Estado fue despojado de defensores y presa de poderosas figuras dinásticas que podían, con más efectividad aun- que cínicamente, ser campeones de esos intereses. El proceso se desarrolló durante varias décadas al menos desde la época de los Gracos; pero para el tiempo en el que César, el procónsul rebelde, estaba preparándose para cruzar el Rubicón, todos estos importantes sectores de la sociedad romana se en- contraban ampliamente alienados del gobierno senatorial y preparados tanto para mantenerse aparte o para hacer causa común con el hombre que buscaba destruirlo (Brunt, 1971b; 1988, p. 1-92).

    Las teorías de Christian Meier y Erich Gruen, en efecto, refutan diferen- tes aspectos de esta poderosa y coherente tesis. Meier (para comenzar con él) no disputa que la muerte de la república fue directamente causada por el ascenso de una secuencia de individuos en exceso poderosos que ya no pudie- ron ser más controlados de la forma tradicional. Su innovación se ubica más bien en construir un complejo y desafiante argumento en el que, a pesar de la sucesión de dolorosos problemas en los que la república se hundió, todos los políticos contemporáneos –desde la elite política hasta la plebe– queda- ron intelectual y psicológicamente esclavos del sistema político tradicional; y como les faltaba una perspectiva objetiva sobre las causas reales del fracaso institucional en el cual se encontraban, sus respuestas estaban limitadas a una aporética parálisis o a aferrarse más estrechamente al tradicional, pero ahora anacrónico sistema, lo cual simplemente aceleró y empeoró la crisis. Ninguno de aquellos sectores de la sociedad que tenían un rol en el sistema, desde la antigua nobleza hasta la plebe, y finalmente los nuevos emancipados italianos, de hecho buscaron destruir la república. Por el contrario, esta era, según la acuñación de Meier, una “Gefaligkeitsstaat”, un neologismo que es imposible traducir (“Estado de acomodación”), pero que intenta describir un sistema en el cual las necesidades de aquellos elementos privilegiados de la ciudadanía que jugaban un rol significativo estaban lo suficientemente acomodadas como para prevenir, a cualquiera de ellos, visualizar el sistema como el problema más que como una parte esencial de cualquier solución. Así evolucionó una “crisis sin alternativa” (‘‘KriseohneAlternative’’), en la concisa y un tanto ambigua formulación de Meier: esto es, una crisis que fue inevitablemente empeorada y finalmente hecha irremediable por la inhabili- dad de los contemporáneos de concebir en forma realista, o al menos aceptar, una alternativa a la fallida república.2

    Uno puede notar que esta interesante teoría es no tanto una explicación para el fin de la república como para la notable falla de los contemporáneos para diagnosticar y remediar las aflicciones que acuciaban a su Estado. Tam- bién hay algo poco práctico en ella, ya que podría decirse que eventualmente –bajo Augusto– emergió de hecho una “alternativa” (aunque una bastante aceptable porque podía ser presentada no como una alternativa, sino como una mejora de la república). Pero la mayor contribución de la teoría es que planteó unas razones intelectualmente estimulantes para la aparente paradoja de que aquellos que destruyeron la república, o que estaban en complicidad con los principales agentes en hacerlo, no buscaban verdaderamente destruir- la, sino incluso podría decirse que salvarla (con la posible excepción de Cé- sar). Se sigue de ello que, en contraste con Brunt, era innecesario mostrar, o presumir, que cualquiera de los mayores partidos de la “caída” se había des- ilusionado profundamente con el sistema político tradicional, cuyas glorias pasadas le daban un prestigio sin paralelo en la conciencia histórica de todas las partes de la sociedad romana.3

    Ha parecido valioso describir la tesis de Meier con una mayor extensión- que las otras porque, a pesar de tener una enorme influencia hasta el presen- te en la erudición germana, es desafortunadamente poco conocida y menos leída en el mundo angloparlante. En parte, sin duda, esto es solo por razones lingüísticas, pero seguramente también porque la indulgencia de Meier, en al- gunas ocasiones, de turbias abstracciones y su pesimista y casi trágica visión de la separación entre la cognición humana y el proceso histórico son ambas algo alienadas a la tradición empírica “anglosajona” de erudición histórica en un asunto sobre el cual la lengua inglesa parece haber quedado extrañamente muda. Erich Gruen focalizó sobre otra premisa del análisis tradicional (Gruen, 1974). Junto con Meier, Gruen resaltó que nadie buscaba conscientemente la desaparición de la república, pero su afirmación más provocativa fue que el Estado no estaba sufriendo ninguna clase de enfermedad terminal, como los académicos han diagnosticado largamente. En su visión, la polí- tica republicana funcionaba esencialmente en una forma tradicional hasta la víspera de la guerra civil cesariana. El senado mostraba, en todo caso, renovado vigor en sus confrontaciones con los continuos retos después de la muerte de Sila. Los recurrentes problemas en la ciudad y en el campo, la asociación de grandes ejércitos con poderosos individuos, incluso los notorios comandos “extraordinarios”de largo plazo como el que fue dado a Pompeyo contra los piratas y después contra Mitrídates en el 67-62, o por último a César en la Galia desde el 58-49, que han sido tan a menudo cruciales como instrumentos de revolución, ninguno de estos fueron signos de que la república estaba en su lecho de muerte. Más bien, “la guerra civil causó la caída de la república, y no viceversa” (Gruen, 1974, p. 504). Un procónsul implacable asestó un grave golpe; su asesinato otro; y más de una década intermitente de guerra civil finalizó el trabajo. La visión de que para el 49 la república era una cáscara vacía madura para ser derrocada era, para Gruen, un producto del vicio del historiador profesional tratando cada resultado, sin importar cuán indeseado y paradójico fuera para los contemporáneos, como algo inevitable a posteriori.

    A pesar de sus destacadas diferencias, es claro que Meier y Gruen habían montado juntos un serio desafío a la idea central de Brunt de que el fin de la república vino porque ella (representada por el senado) había perdido la lealtad de significativos sectores de su ciudadanía. Esta importante divergen- cia de ideas probablemente ofrece una promisoria apertura para el posterior progreso de este debate.

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    2 Cf. Meier (1980) (publicado por primera vez en 1966).

    3 Brunt (1968) ofrece una refutación a Meier’s ‘‘Gefa¨lligkeitsstaat’’, que Meier (1980, p. xix– xxxi) responde.


    1.2: Tres teorías modernas influyentes is shared under a CC BY-NC-SA 4.0 license and was authored, remixed, and/or curated by Robert Morstein-Marx y Nathan Rosenstein, Traducción: Dr. Diego Santos, Revisión: Dr. Robert Morstein-Marx.