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5.2: La geografía de la esclavitud en el Bajo Imperio

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    51584
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    ¿Dónde se encontraban los esclavos en la sociedad del Bajo Imperio? La pregunta puede responderse teniendo en cuenta una escala imperial y una regional. En términos geográficos y socioeconómicos, se siguen encontrando esclavos a lo largo y ancho de todo el imperio, y hasta más allá de sus fronteras. Aunque nuestras pruebas del suministro de esclavos en el período son anecdóticas y se encuentran erráticamente distribuidas, los piratas, bandidos, bárbaros y traficantes de esclavos compraban y vendían esclavos, cuyos orígenes eran romanos y no romanos, en todo el mundo mediterráneo. San Agustín (Cartas 10) describe sus experiencias con ladrones de esclavos en el norte de África y sugiere que las tribus bárbaras que vivían en la provincia de África funcionaban como proveedoras de esclavos.1 En Pannonia, Eugipio señala el accionar de Giso, esposa del rey Feleteo, que raptaba y esclavizaba a ciertos habitantes de una aldea cerca de Favianis, y relata que el rey se ofreció a proteger a los habitantes de la región contra las depredaciones de los turingios y alamanes a lo largo del río Danubio (Vita Severini 8; 31; cf. Expositio Totius Mundi 60). Amiano (22.7.8; 29.4.4; cf. 16. 7.5) describe cómo Juliano echa a los godos de Tracia y los ofrece como despojo para los vendedores de esclavos galateos, y relata un encuentro entre Valentiniano y un grupo de esclavistas más allá del Rin.2 Malco, el amigo asceta de San Jerónimo, fue capturado y esclavizado por los sarracenos en el camino entre Beroea y Edesa (Vita Malchi 4). Sin embargo, no debe asumirse que toda la actividad relacionada con los esclavos se realizaba en los márgenes del mundo romano. Juan Crisóstomo (Adversus Iudaeos1.1 [PG 48 .855]) ofrece una idea de la ubicuidad de los esclavistas cuando describe sus técnicas para atraer entre sus garras a niños pequeños, comparándolas con las artimañas del demonio para atrapar a los desprevenidos.3 Al igual que en siglos anteriores, estos traficantes de esclavos solían ser despreciados. Asterio de Amasea, por ejemplo, los compara con vulgares aduladores, la clase de gente menos indicada para quien busca la popularidad.4

    Algunas de las pruebas documentales y epistolares de la venta de esclavos revelan las distancias geográficas que podían existir entre la compra de esclavos y su venta. En Egipto, por ejemplo, un oficial franco encuentra un niño galo a la venta como esclavo (BGU i.316.13=Mitteis, Chr. 2.271=FIRA iii.134). Y junto a transacciones de pequeña monta como esta, pueden encontrarse enormes cantidades de esclavos que invadían el mercado en ciertos momentos. Estos individuos eran casi siempre capturados como prisioneros de guerra, y su estatus y suerte siguen siendo fuertemente discutidos. Los panegíricos a varios emperadores brindan, en ocasiones, las cifras de los bárbaros vencidos que se ponían a disposición de los terratenientes dentro de los límites del imperio, aunque rara vez ofrecen detalles sobre cómo funcionaba este proceso. La fuente más detallada que contiene los términos de este tipo de arreglo contempla una suerte de acuerdo de tenencia registrada. Sin embargo, algunas referencias dispersas en otras fuentes sugieren que, al menos en ciertas circunstancias, los enemigos capturados se vendían como esclavos.5 Las consecuencias de las guerras se hacían sentir también entre los romanos. Las experiencias de San Agustín y Severino para intentar defender o recuperar a sus fieles de las redadas de esclavos ofrecen pruebas de una práctica más difundida en el período, sobre todo a través de los intentos de recuperar cautivos por fuera de las fronteras del imperio mediante el derecho de postliminium, una práctica de larga data, pero en la que durante el Bajo Imperio la Iglesia y sus funcionarios tomaron un rol más preponderante.6

    Además de la captura y la derrota militar, las fuentes alternativas de provisión de esclavos persistieron en el período del Bajo Imperio. Los niños abandonados y expósitos siguieron siendo una fuente de esclavos, aunque es posible que la ofrenda a monasterios surgiera como una alternativa en esta época.7 Muchas personas se vendían a sí mismas, o a sus hijos, a la esclavitud o a alguna condición muy similar a esta. Entre sus motivaciones podían encontrarse las deudas, la pobreza o la esperanza de una ganancia económica, y el tema recibe gran atención en las fuentes legales de los siglos III y IV,8 en donde también se hacen visibles los esclavos “de cosecha propia”. Los hijos de parejas de esclavos seguían siendo esclavos, y existen pruebas de niños nacidos esclavos en el período del Bajo Imperio.9 Por último, los hijos de dueños de esclavos con sus ancillae siguieron ocupando un lugar incómodo en el pensamiento legal y social. La avergonzada admisión de Paulino de Pella sobre la paternidad de un niño en su propia casa ilustra su capacidad de dar cabida a la disyuntiva entre la búsqueda de la castidad, por un lado, y el derecho reconocido del amo de recurrir a las esclavas de su casa, por el otro (Eucarístico 166–74).10

    Los dueños de tierras ricos solían poseer esclavos tanto en los ámbitos urbanos como rurales. Y, de hecho, las pruebas más contundentes son las que existen en este tipo de fincas, aunque no deben considerarse necesariamente como ejemplos típicos de dueños de esclavos en el período.11 En cualquier caso, se observa que los esclavos cumplen la misma variedad de tareas económicas que las que ocupaban en el Alto Imperio. Existen referencias explícitas en las fuentes legales de esclavos presentes en granjas ubicadas en regiones tan alejadas como Macedonia, Numidia y Capadocia, como también en el corazón mismo del Imperio, en Italia, Cerdeña y Sicilia.12 Es probable que esta sea una subrepresentación de su distribución, como también que estos esclavos conformaran un grupo de trabajadores que además incluían tenentes y asalariados. Esta mano de obra era el modelo característico empleado por los dueños de grandes porciones de tierra durante el Alto Imperio, y es el mismo modelo que siguió utilizándose en el Bajo Imperio.13 Parecería que en algunas de estas haciendas los esclavos trabajaban en cuadrillas. También es posible que se asentaran en pequeños terrenos quasicoloni, y en breve se estudiarán las consecuencias de este modelo de explotación para las construcciones legales de la tenencia registrada. Parece que los dueños de grandes tierras se volcaban hacia la tenencia como estrategia para explotar sus bienes agrícolas, aunque los motivos de tal decisión pueden no haber coincidido en todos los casos. Sea cual fuere el modo de explotación que eligiera el propietario, es probable que la tierra estuviera bajo la dirección de un administrador o capataz. Es posible también que la mayoría de estos administradores continuaran siendo esclavos como lo habían sido en el Alto Imperio, aunque, una vez más, es imposible discernir las proporciones entre esclavos y libertos o ingenui.14

    Asimismo, se encontraban esclavos que ocupaban otros nichos socioeconómicos. Aparecían en contextos domésticos de ricos aristócratas en las ciudades del mundo mediterráneo, en donde cumplían funciones de mayordomos, secretarios y asistentes personales, del mismo modo que lo habían hecho en siglos anteriores.15 Tantos los autores cristianos como los paganos critican el uso de entornos de esclavos como medio de ostentación personal en la época. Amiano (14.6.17; 26.3.5) se ensaña con los enormes entornos de esclavos y asistentes que la aristocracia romana llevaba con ellos cuando desfilaba en las calles de la ciudad, que incluían a eunucos, ayudantes de cocina, tejedores y flautistas. Del mismo modo, Basilio (Homilia de ieiunio7 [PG 31.176A]) y Gregorio Nacianceno (Oratio in laudem Basili 14.17 [PG 35.877]) advertían a sus feligreses acerca de la demostración inapropiada o desmedida de riqueza con esas grandes cantidades de esclavos. Es de esperar que algunos de estos esclavos domésticos hayan sido objeto de explotación sexual y tratamiento cruel por parte de sus amos.16 Sus reacciones frente a este modo de ser tratados parecen ser las mismas que las de sus predecesores: resistencia pasiva, violencia ocasional y huída.17 Existen escasas pruebas de la presencia de esclavos en la industria privada. Libanio (Or. 42.21; 53.19) cuenta que su amigo Talasio era dueño de una fábrica que empleaba esclavos artesanos que producían cuchillos, y menciona la presencia de una esclava en un molino de maíz.18 También existían los esclavos en el campo militar y, en tiempos de necesidades particulares, se les exigía que se alistaran en el ejército, alentados por la promesa de libertad (Cod. Teod. 7.13.16). Más común era la práctica de soldados que poseían esclavos que servían como asistentes personales. Estos esclavos podían comprarse con la paga que recibían los soldados, o bien acompañaban a estos en el momento de su reclutamiento. De hecho, una ley de Constantino ofrece incentivos para los reclutas quese incorporan con sus propios esclavos; les propone a cambio elevar su rango. Sulpicio Severo (Mart. 2) revela que podía entenderse que esta práctica alentaba el lujo y elogia la renuncia de San Martín de Tours, quien solo poseía un esclavo.19

    Los esclavos también eran propiedad del Estado y de las municipalidades. Eran empleados en minas de las que se extraían cobre y pórfido, entre otras sustancias. Desde hacía tiempo ya, la condena a trabajo en las minas había sido un castigo infligido a esclavos y humiliores, con frecuencia por delitos religiosos, y este aspecto de las sentencias no desapareció instantáneamente con la ascensión de Constantino. Los desviados religiosos siguieron siendo enviados ad metalla durante los siglos IV y V, bajo el concepto de heréticos. Por otra parte, los individuos libres eran condenados a la esclavitud y al trabajo en las minas por delitos tan diversos como el fraude, la complicidad con un desertor, el uso de vehículos de enormes dimensiones, la demolición de tumbas, el secuestro o por forzar a una hija o a una esclava a la prostitución.20 Constantino dispuso explícitamente que los esclavos fugitivos podían ser enviados a las minas sieran atrapados mientras se fugaban con los bárbaros.21 La reducción a la esclavitud es también, según narra Prudencio, parte del sufrimiento de Inés, a quien describe –quizá melodramáticamente (Peristephanon 14,21-30) – como alguien que había sido condenada a esclava en un burdel.22 Además, el Estado y sus municipios también siguieron teniendo y empleando esclavos en ciertos roles industriales, administrativos y de servicios, como lo habían hecho durante todo el período imperial. Estos trabajos incluían el personal de los tesoros, las fábricas estatales, los acueductos, el cursus publicus y las panaderías.23 En algunos casos, estos puestos parecen haber adquirido un carácter hereditario en el período.24 Los esclavos también cumplían ciertas funciones en la scrinia imperial y municipal, aunque hubo cierta confusión sobre si esto debía permitirse, y a quién podía considerarse responsable en caso de fraude.25 Los eunucos comienzan también a poblar las filas superiores de la administración imperial. El origen de este fenómeno seremonta al reinado de Diocleciano y los eunucos se convirtieron en una presencia creciente y cada vez más influyente en los reinados siguientes.26

    Parece razonable concluir, teniendo en cuenta el presente estudio, que si hubo una baja en la cantidad de esclavos en alguna región en particular, no fue por una disminución de la oferta o de la demanda (Corbier, 2005, p.432). Sin embargo, la evidencia provista se presta a cuantificaciones solo en el nivel más superficial, y se necesitaría un análisis más detallado si se buscaran obtener conclusiones más firmes sobre la dispersión de los esclavos en la economía del Bajo Imperio romano. Para el propósito que nos ocupa, es suficiente adherir a la communis opinio predominante de que, aunque la esclavitud no fue un patrón económico dominante en el período romano, los esclavos siguieron estando presentes en la Antigüedad tardía. Pero, ¿qué sucede en la esfera de la microescala? Es decir, ¿qué sucede con la distribución de los esclavos? ¿Comenzaron a residir cada vez con mayor frecuencia en las ciudades del Imperio, en donde llegaron a constituir un elemento parasitario en las economías de esas ciudades? Estos esclavos que habitaban zonas urbanas, ¿debían mantenerse separados de aquellos otros que ocupaban roles en los entornos agrícolas del período? El argumento de Finley (1980, p. 132, 137–8, 149) a favor de esta interpretación se conecta íntimamente con su creencia de que las ciudades y sus zonas rurales debían ser analizadas por separado; que la ciudad antigua era un lugar de consumo más que de producción y que, aunque los esclavos habían sido hasta entonces dominantes en cuanto productores, tanto en los ámbitos rurales como urbanos, fueron reemplazados en el Bajo Imperio por mano de obra rural y artesanal nominalmente libre, aunque dependiente. En trabajos recientes, estas posiciones fueron puestas en duda, y vale la pena reflexionar sobre las implicancias de las actitudes actuales sobre el tema de las relaciones ciudad/ campo y el rol de la ciudad en el período para poder asumir que la esclavitud urbana y rural sufrió una separación fundamental. La teoría de que los esclavos fueron reemplazados en los contextos rurales se ponderará más adelante.

    Algunos estudios recientes han llevado a una reinterpretación de los entornos rurales y urbanos del Bajo Imperio. Las pruebas arqueológicas revelan que una amplia variedad de tipos de asentamientos fragmentados y nucleados coexistían en estos entornos. Se considera ahora que esos grandesy pequeños asentamientos deben ser interpretados como coexistentes, en relaciones complementarias y simbióticas, y que la división fundamental entre estos dos que surge de algunas fuentes literarias era una ficción ideológica más que una realidad socioeconómica. Por lo tanto, ya no es suficiente hablar meramente de la “ciudad consumidora” o de la “ciudad organizadora” como modelos de las interacciones entre las ciudades del imperio del que eran parte, y las áreas rurales de cuya producción agrícola dependían. Los investigadores reconocen ahora que la diversidad en las relaciones ciudad/ campo era equiparada con una variabilidad comparable en los nichos socioeconómicos ocupados por las ciudades, y que esta variabilidad se siguió dando, o incluso aumentó, en el período que siguió a la agitación política del siglo III.27 Se observa en este período un movimiento permanente o semipermanente, tanto del campo a la ciudad como de la ciudad al campo. Los individuos e incluso las comunidades podían abandonar las residencias rurales en favor de la (quizá dudosa) seguridad que brindaban los muros de las ciudades recientemente fortificadas.28 De modo contrario, los aristócratas que vivían en las ciudades, los artesanos o miembros de los collegia se mudaban al campo, y lanzaban quejas sobre el despojo de las ciudades.29 Quizá estos ejemplos se encontraban en los extremos del espectro y parece razonable asumir que los individuos se trasladaban de manera regular entre la ciudad y el campo.30

    El análisis de las consecuencias de estos movimientos para determinar la ubicación de los esclavos en el Bajo Imperio se ve obstaculizado por la dificultad de establecer conexiones claras entre los patrones de residencia y los roles económicos, ya que estos dos no suelen asociarse explícitamente en las fuentes de la Antigüedad.31 Sin embargo, se pueden plantear ciertas propuestas con un determinado nivel de confianza, ya que nuestras fuentes sugieren que siguió siendo común que mucha gente tuviera esclavos.32 Por lo tanto, es probable que los muchos esclavos que ocupaban funciones claramente definidas y demarcadas en los hogares de los miembros más ricos de la aristocracia durante el Bajo Imperio fueran más una excepción que una regla. De hecho, hay pruebas que, tomadas con cautela, podrían indicar que los amos trabajaban junto con los esclavos. Los testimonios más explícitos, una vez más, pueden encontrarse en Egipto, pero existen también sugerencias similares desde otros puntos del mundo mediterráneo. Las propiedades en cuestión parecen haber sido relativamente pequeñas y con un cierto grado de flexibilidad en la composición y las habilidades de su mano de obra: los esclavos eran una forma de asegurarse esa flexibilidad.33

    Tomados en conjunto, estos argumentos problematizan la separación de los esclavos urbanos y domésticos, económicamente parasitarios, de los esclavos agrícolas que trabajaban en residencias rurales. ¿Los esclavos domésticos acompañaban a sus amos a sus haciendas rurales? ¿Eran entonces absorbidos dentro de los instrumenta de la propiedad, o se mantenían separados del administrador o de otros esclavos que ya se encontraban allí? Además, ¿qué sucedía con los esclavos que residían en pequeñas haciendas rurales, por ejemplo, que eran abandonadas como lugares de residencia por sus amos, pero en las que se seguía trabajando con gente que viajaba entre el hogar y el trabajo? ¿Eran reubicados en las ciudades con sus amos y viajaban junto a ellos todos los días? Es claro que no existe un modelo único que abarque toda la gama de posibilidades, y hay pocas pero valiosas pruebas en las fuentes de la Antigüedad. Las quejas de Pantomalo en una comedia latina anónima del siglo V no deberían interpretarse como una perspectiva de los esclavos, ya que su monólogo es, sobre todo, una recopilación de estereotipos sobre la falta de moralidad y la vagancia con las que se solía caracterizar a los esclavos en este género (Querolus 68–9). Lo que sí ofrece el texto son pistas de que los esclavos viajaban con cierta regularidad, con sus amos y a veces sin ellos. Parece más probable que la norma esté mejor representada por un esclavo como Pantomalo que por el gran número de esclavos cuyos amos— según nuestros autores— poseían principalmente como símbolo de estatus en este período.34 Se podría asumir que estos esclavos, al igual que sus amos, dividían su atención entre una variedad de esferas y funciones económicas en el curso normal de sus tareas, y que esas tareas eran llevadas a cabo en entornos urbanos y rurales por igual.35

    _________________________________________________________

    1 Véase Humbert (1983); Szidat (1985); Vera (1998, p. 334); Melluso (2002). Cf. Augusto Ep. 199.12.46; Expositio Totius Mundi 57.

    2 Los traficantes de esclavos galateos son muy conocidos: Claudiano, In Eutrop. 1.58–9; cf. Priscus, Fr. 11.2, versos 423–8: (Danube).

    3 Cf. Ambrosio, Ep. 37.13; Sinesio, Ep. 104; Sidonio Apolinar. Epist. 6.4; Temistio, Or. 10.138b. Símaco suele hablar de los ladrones de esclavos: Epp. 2.46, 78, 4.48, 9.53, 121, 140. Véase también Jones (1964, p. 853–5).

    4 Asterio de Amasea en Ponto, Or. 4 (PG 40.224B).

    5 Cod. Teod. 5.6.3; cf. Amiano 22.8, 31.6.5, 31.4–5; Isidoro. Hist. Goth. 54, con Ste. Croix, 1981: 509–18. La importancia de los cautivos bárbaros como mano de obra: Whittaker (1982), (1987, p. 113); Grey (de próxima publicación). Cf. Sinesio, De Regno 15 (PG 66.1093B); Epp. 4, 130.

    6 Klingshirn (1985, p. 184–7); Grieser (1997, p. 173–90); Evans Grubbs (2000, p. 87). Postliminium: Maffi (1992); Sanna (2001). Los esfuerzos de los mensajeros de Sidonio Apolinar. Ep. 6.4 son pertinentes.

    7 Cod. Teod. 5.9.1, 5.10.1, 11.27.2, con Ramin y Veyne (1981, p. 475–8); Boswell (1984, 1988); Harris (1994). Los contratos de nodrizas, que amamantaban y criaban a los expósitos como esclavos, son escasos después de finales del siglo III: Masciadri y Montevecchi (1984) ofrecen pruebas.

    8 Cod. Iust. 7.18.1; Cod. Teod. 4.8.6. Véase Morabito (1981, p. 70–8) para pruebas del Digesto, y cf. MacMullen, (1987, p. 380); Ramin y Veyne (1981, p. 486). Finley (1965) es seminal en el tema de la servidumbre por deudas; cf. Lintott (1999a). Se dice que Serapión el sindonita se vendió a sí mismo como esclavo como parte de su ascesis: Paladio, Hist. Laus. 37.2.

    9 Herrmann-Otto (1994); Grieser (1997, p. 90–2).

    10 Véase Evans Grubbs (1995, p. 281–2); Nathan (2000, p. 179).

    11 Cod. Teod. 10.8.4 (Numidia); Cod. Teod. 9.42.7 = Cod. Just. 9.49.7 (Ilírica, Italia, África); también Vita Melaniae (L) 18. Escasas cifras de los censos en el período: Jones (1953); también Vera (1998, p. 311).

    12 Cod. Teod. 11.3.2; Juliano, Or. 14.45; Cod. Teod. 10.8.1, 12.1.6, 11.1.12, 7.18.2, 10.9.2.

    13 Jones (1964, p. 1325 (n. 53)); cf. Bagnall (1993b, p. 232); Vera (1998, p. 307, 321–2); Corbier (2005, p. 397, 431–3). Ausonio, 3.1.24 De Herediolo solo habla de cultores, sin distinguir entre esclavos e individuos libres. El Opus Agriculturae de Paladio no es claro en el tema de la mano de obra.

    14 ElCod. Teod. 4.12.5 prohíbe que las mujeres se casen o convivan con “un capataz o administrador de un ciudadano privado, o con cualquier otro hombre contaminado con el status de servidumbre”; cf. Cod. Teod. 16.5.65.3; Nov. May. 7.1.4, muestra distintas penalidades por dar asilo a fugitivos si el capataz era libre o esclavo. Los individuos libres o libertos que se convertían en capataces: Scheidel (1990); Teitler (1993); cf. Jones (1964, p. 788–92); Lepelley (1983, p. 337–9); Carlsen (1995, p. 68); Vera (1998, p. 311–12); Corbier (2005, p. 432).

    15 Cod. Teod. 14.17.5; Auson. Epigr. 16–17 (Green); Cod. Teod. 14.10.4. Véase Liebeschuetz (1972, p. 47); MacMullen (1987, p. 371); Bagnall (1993a, p. 123–7).

    16 Paladio, Hist. Laus. 3; Paulino de Pella, Eucharist. 166–74; August. Conf. 9.9. Véase (1987); Clark (1998).

    17 John Chrys. Hom. Matt. 35.5 (PG 57.411); August. Conf. 9.9; SidonioApolinar. Ep. 8.11.12; Augustino. Epp.108.18, 185.15; Cod. Teod. 14.18.1. Sobre las huidas, véase Bellen (1971); Neri (1998, p. 152–9); Riviere (2002); cf. Bagnall (1993a, p. 210–12).

    18 Cf. Jones (1964, p. 848, 860), sobre el Cod. Teod. 12.1.96; MacMullen (1964, p. 53). Bagnall, (1993b, p. 232) encuentra pocas pruebas de la producción artesanal en manos de esclavos en Egipto.

    19 Esclavos de peculium militar: Cod. Teod. 7.1.3. Incentivos: Cod. Teod. 7.22.2.2 (326).

    20 Cod. Teod. 1.5.3, 4.8.8, 9.18.1, 9.40.2, 12.1.6, 15.12.1; cf. Gustafson (1994); Grieser (1997, p. 92–4); período preconstantiniano: Millar (1984). Sobre los servi publici y servi poenae, véase Lenski (2006).

    21 Cod. Iust. 6.1.3; cf. Valente condena a los monjes al trabajo pesado en las minas: Teodoreto, Hist. Eccl. 4.22.26–8, con Lenski (2004, p. 99–101).

    22 Cf. Tert. Apol. 50.12, con McGinn (1998, p. 310).

    23 Libanius, Or. 53.19, 57.54; cf. Liebeschuetz (1972, p. 53).

    24 Cod. Iust. 6.1.5, 8; 11.43.10.4–5; Cod. Teod. 8.5.31, 34, 37, 50, 53, 58; 9.40.3, 5, 6, 7; 10.20.1, 10; 14.3.7; Juliano, Misop. 367d, 368; Soc. 5.18. Véase Jones (1964, p. 435, 696, 699, 833).

    25 Cod. Teod. 8.2.5; cf. Paulino, Vit. Ambr. 43 (Kaniecka86–8), con Lo Cascio (2005, p.149–50).

    26 Tougher (1997), (1999).

    27 Rich (1992); Vera (1992–3, p. 302–4); (1995, p 203–6); Giardina (1997, p 312–13); Burns y Eadie (2001); Whittaker (1990), (1995).

    28 Bruhl (1988, p. 43); cf. Christie (2000, p. 57–8); Bender (2001, p. 191).

    29 Cod. Teod. 5.18.1.4 = Cod. Just. 11.48.16 mut.; Apa Mena: Further Miracles, 75, 151; Vita Severini,10.1. Véase Burns y Eadie (2001).

    30 Cod. Teod. 5.18.1.4 = Cod. Just. 11.48.16 mut. ; Apa Mena: Further Miracles,75, 151; Vita Severini,10.1. Véase Burns y Eadie (2001).

    31 Finley (1980, p. 133–4); Whittaker (1987, p. 92–4); cf. Vera (1998, p. 324–5).

    32 Augustino Enarr. in Ps. 124.6–7 (CSEL 95/3.1840–41); Sinesio, De Regno15 (PG 66.1093B); John.Chrys. Hom. Eph. 22 (PG 62.148); Libanio, Or. 31.11. Véase MacMullen (1987, p. 365); Garnsey (1996, p. 6); Bagnall (1993b, p. 228–9).

    33 Bagnall (1993a, p. 223–5); (1993b, p. 228–30) con pruebas papirológicas; Libanio, Ep. 1041; Sulpicio Severo Mart. 8.2; Paulino de Pella, Eucharist. 537; cf. Sidonio Apolinar. Ep. 5.19.

    34 Libanio, Ep. 177–8; Optato de Milevi, Contra Don. 3.4.

    35 Bagnall (1993b, p. 232); cf. Hopkins (1993); Garnsey (1996, p. 2).


    5.2: La geografía de la esclavitud en el Bajo Imperio is shared under a CC BY-NC-SA 4.0 license and was authored, remixed, and/or curated by Cam Gray, Traducción: Patricia Colombo, Revisión: Dr. Diego Santos.