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LibreTexts Español

3.1: Introducción

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    51572
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    En el siglo III, el Imperio Romano, ostensiblemente imperturbable en su poderío y esplendor, fue golpeado por una serie de desastres. En qué consistieron estos desastres, más allá del caos político reminiscente de los últimos días de la República y las calamidades militares que no se habían visto desde los días de la Segunda Guerra Púnica, sigue siendo tema de disputa.1 Sean cuales fueren los hechos, los casi cincuenta años de la crisis dejaron cambios irreversibles en el tramado del Imperio y de su sociedad. Una vez más, los eruditos no se ponen de acuerdo en cuanto a si la crisis del siglo III provocó estos cambios, o si simplemente fortaleció o más bien impulsó las tendencias existentes. De todas formas, lo que realmente importa es que esta enorme transformación realmente tuvo lugar; así que la admirable designación de Timothy Barnes (Barnes, 1982) del mundo que surgió del medio siglo de esta agitación es el Nuevo Imperio.

    Para comenzar, intentaré definir la naturaleza de la crisis (“¿crisis to- tal?”). En la actualidad es cada vez más difícil sostener la visión, alguna vez compartida universalmente, de “crisis total” –demográfica, económica, so- cial, financiera– de la cual las usurpaciones y derrotas habrían sido solo sínto- mas. Sostendré que la crisis provino de causas deestricta naturaleza política y militar. Intentaré demostrar que su principal elemento –el desmoronamiento de la legitimidad del emperador– fue causado, en primer lugar, por una au- toevaluación de los militares romanos sobre su posición y responsabilidades en el Imperio, laquelosllevó a rechazar el sistema, vigente desde hacía siglos, de poder imperial, el cual hasta entonces habían apoyado fervientemente, y tomar el poder en sus propias manos; y todo esto para poder defender eficaz- mente el Imperio contra las amenazas externas, una tarea que, según ellos, se veía obstaculizada por el sistema en vigencia.

    En la segunda parte de este capítulo (“Los bárbaros: ¿una molestia o una amenaza?”) analizaré la amenaza que, si mi reconstrucción es correcta, im- pulsó al ejército a competir por el poder imperial y, en general, a involucrarse en el juego del poder: los bárbaros europeos. Intentaré determinar el momen- to en que los bárbaros comenzaron a ser vistos como un peligro realmente serio para el Imperio; investigar el desarrollo que, dentro del barbaricum, los llevó a convertirse en una fuente de extrema preocupación por parte del ejér- cito romano; y finalmente, pero no menos importante, buscar en este último las señales que indicarían que tenían conciencia de estos acontecimientos.

    La tercera parte (“De la exasperación al temor: el humor de los militares romanos entre 235–250”) es en algún punto una verificación de las propuestas expuestas anteriormente, un estudio del surgimiento del segundo componente principal de la crisis: la repentina debilidad de la maquinaria militar del Im- perio para enfrentar a los bárbaros en Europa y a los persas en Asia. Intentaré demostrar cómo es que esto sucedió, y que la élite del ejército romano estaba ya al tanto de ello mucho antes de que fuera dramáticamente demostrado en los campos de batalla en la quinta y sexta década del siglo III. El argumento se sostiene, esencialmente, a través del análisis de dos hechos extraordinarios y sin precedentes: un golpe de Estado en 235, y una ceremonia religiosa en 249-250: por un lado, la señal de la repentina preocupación del ejército por la seguridad del Imperio; y por el otro, quince años después, su sorprendente confesión de impotencia para desbaratar a quienes lo hacían peligrar.

    La cuarta y última parte (“¿Qué salió mal?”) es un intento de explicar por qué el Imperio, bien informado y –desde hacía tiempo– literalmente todopo- deroso, permitió que la situación en la Europa continental evolucionara de una manera que habría de ser tan nociva para su seguridad. Intentaré demos- trar que este fue el resultado de quitarles a los gobernadores de las provincias militares la iniciativa en sus relaciones con los vecinos de Roma. Esto fue, a su vez, una consecuencia lógica de la ideología y práctica de la monarquía romana que hizo que las grandes victorias –y, en especial, las guerras de conquista– se convirtieran enmonopolio exclusivo de los emperadores-impe- ratores, comandantes victoriosos en virtud de su posición.

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    1 Para una selección de la vasta literatura sobre el tema, véanse Loriot y Nony (1997), Carrié y Rousselle (1999), Potter (2004), y varias contribuciones en Carandiniet al. (1993). También la importante colección de capítulos en Johne (2008), y, para saber más detalles, Bursche (2013), Martin y Gusková (2014a), Martin y Gusková, (2014b).


    3.1: Introducción is shared under a CC BY-NC-SA 4.0 license and was authored, remixed, and/or curated by Adam Ziolkowski, Traducción: Patricia Colombo, Revisión: Agnieszka Ziolkowska.