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3.5: ¿Qué salió mal?

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    Así, en menos de 20 años, el ánimo de la elite militar del Imperio pasó de la falta de preocupación a la crispación, y luego al temor, y cada cambio se vio señalado por eventos revolucionarios que ya fueron analizados. Vimos que este cambio de humor fue causado, en resumidas cuentas, por procesos demográficos, sociales y políticos que se dieron en el barbaricum durante los largos siglos de dominio romano. La pregunta sigue siendo cómo y por qué los romanos permitieron que estos procesos sucedieran, y cómo y por qué dejaron que la Europa bárbara se transformara en un inmenso campamento militar, lista para asaltar las fronteras romanas.

    La principal razón debe buscarse en lo que yo llamaría la “trampa institucional” en la cual el imperio romano (en el sentido primario de conglomerado de territorios bajo dominio romano) cayó durante el pasaje de República a Imperio (en el sentido secundario de forma de gobierno monárquico).1 La ideología que equiparaba al autócrata romano con el imperator (comandante victorioso) rápidamente dio pie a la idea de que extender los límites del imperio en el sentido anterior, que bajo la república era el deber y el derecho de cada poseedor del imperium (el derecho a dirigir) –es decir, de cada gobernador provincial– se había vuelto en la práctica una prerrogativa exclusiva de los emperadores y de sus herederos aparentes. Este proceso ya se había iniciado bajo el gobierno de Augusto, cuando el primer emperador monopolizó el derecho a celebrar un triunfo utilizando la excusa, perfectamente razonable, de que los gobernadores de las provincias militares ya no eran magistrados del pueblo soberano, sino sus legados. Durante su reinado, este cambio no disminuyó en absoluto el ritmo de las conquistas romanas; solo significó que las victorias de sus generales aumentaban sus triunfos personales. Con sus sucesores, este monopolio se extendió a librar guerras ofensivas y obtener grandes victorias. Un requisito indispensable para mantener este monopolio era que a los gobernadores provinciales se les negaba la iniciativa para tratar con los vecinos de Roma, es decir, lograr sus propias conquistas. Lo único que se esperaba que un gobernador hiciera, desde el punto de vis-ta práctico, era defender su provincia; si para esto fuera necesario llevar la guerra a territorio enemigo, las tropas romanas debían volver a sus bases. La espina dorsal de estas zonas de frontera en donde se situaban estas bases –el Danubio, el Rin, el Muro de Adriano, etc.– que finalmente se convirtieron en las fronteras políticas del imperio, sirvieron en el apogeo del Imperio como amarras para las ambiciones de los gobernadores provinciales, ya que estos eran los límites dentro de los cuales estaban obligados a volver después de una campaña. De esta forma, el Imperio se privó de lo que durante la República había sido el mecanismo más eficaz de expansión contra los así llamados “bárbaros”: el lento pero incansable proceso de acaparar por completo las tierras en las cuales las provincias –en el sentido primario de territorios en los cuales los magistrados romanos ejercían su imperium esencialmente militar– se habían establecido: los Apeninos, la región de los Alpes, España, los Balcanes, y más.

    En teoría, nada impedía que los emperadores continuaran la conquista del continente, la cual se detuvo “antes del final del horizonte” (Linderski, 1984, p. 144) por la insurgencia de la provincia de Panonia en el año 6 d.C. y que no fue nunca verdaderamente relanzada.2 Pero en la práctica, una vez que las guerras de conquista se convirtieron en un monopolio imperial, se descartó una mayor expansión en Europa. Una razón fue la singular falta de atractivo (climático, ambiental y cultural) de la Europa central (y mucho más de las Tierras Altas de Escocia) para los pueblos mediterráneos. Un emperador ansioso por cosechar la gloria del conquistador encontraba un campo de acción mucho más atractivo en Asia, donde, además, podía presentarse como un segundo Alejandro. Pero hasta en Oriente había límites territoriales para la agresividad romana. Pocos emperadores podían darse el lujo de ausentarse prolongadamente de Roma, la sede de su poderío y legitimidad. Por esta razón, después de Trajano, los emperadores que emprendían guerras en esa zona apuntaban principalmente al saqueo de Ctesifonte, convenientemente ubicada a una distancia cercana de los ejércitos romanos, en una repetición cargada de símbolos de la conquista de Babilonia y Persépolis por parte de Alejandro. Pero había otra razón muy práctica que limitaba de manera eficaz la libertad de movimiento del emperador en tiempo y espacio, indispensable en cualquier guerra de conquista a gran escala: el lugar en donde el emperador se encontraba se convertía también en la sede del gobierno imperial. Cuando el emperador se trasladaba, arrastraba con él una enorme comitiva de oficiales, funcionarios y sirvientes, aunque él mismo llevara la vida de un simple soldado. Esto explica por qué los emperadores que viajaban al Oriente siempre tomaban la tediosa pero bien preparada ruta terrestre siguiendo el Danubio y cruzando Asia Menor, aun cuando podían llegar a Antioquía mucho más rápido por mar (Halfmann, 1986).

    Por supuesto, todo dependía de la determinación y el sentido de responsabilidad de cada emperador. Los que poseían estas cualidades –Domiciano, Trajano, Marco Aurelio, Septimio Severo– pasaron varios años en las lejanas periferias del Imperio. Pero el hecho mismo de que cualquier política de conquista consistente dependiera de la personalidad del emperador, en el largo plazo la condenaba a la parálisis: después de los Marcos y los Severos inevitablemente vinieron los Cómodos y los Heliogábalos. Las afirmaciones por lo demás ociosas y repetidas con demasiada frecuencia, de que Roma había conquistado el máximo de lo que podía sostener, o que había alcanzado los límites naturales de su expansión (como si el Rin y en especial el Danubio alguna vez hubieran sido “límites naturales” de algo), tienen sentido hasta cierto punto, porque, después de que las conquistas y las grandes guerras se volvieran privilegio exclusivo (y deber) de los emperadores, una combinación de consideraciones políticas, ideológicas y logísticas restringieron drásticamente el funcionamiento de la maquinaria romana de conquista, llevándola finalmente a su paralización. Un resultado fue que el enorme ejército, magníficamente organizado, equipado y entrenado –y en todos los criterios “objetivos”, infinitamente superior a las milicias republicanas bajo sus magistrados-comandantes– se convirtió, en la práctica, en una guardia de frontera. Lo que hizo que esta situación fuera verdaderamente anormal fue que las fronteras que este ejército vigilaba atravesaban esa unidad geográfica y ambiental que es Europa central, dejando afuera a la mitad. Fue esa otra mitad –el barbaricum según los términos de los historiadores modernos– la que, al ser dejada sin vigilancia se organizó gradualmente para la guerra, causando la crisis del Imperio en el siglo III y su caída en el V.

    Por supuesto, como los procesos históricos son el resultado de la secuen-cia de acciones e influencias de innumerables voluntades humanas y naturales, no había nada inevitable en el curso particular de acontecimientos que llevó a la crisis cuyos orígenes y causas traté de describir. Sin embargo, se puede afirmar que su comienzo fue presagiado por un evento que sucedió dos siglos antes, en el año 47, en algún lugar de la actual Baja Sajonia y que fue descrito con cierto detalle por Tácito (Annales 11.19–20). El enérgico gobernador de la Baja Sajonia, Gneo Domicio Corbulón –quien consiguió volver a controlar a los rebeldes frisios después de que estos se liberaran veinte años antes, y que luego comenzó la conquista de los poderosos y turbulentos chaucos tierra adentro, una tribu que era independiente desde el desastre del bosque de Teutoburgo en 9 d.C.– fue recordado, según palabras de Tácito, como un enemigo de la paz y una amenaza para un emperador indolente. Además, el emperador en cuestión, Claudio, ordenó que todas las guarniciones militares apostadas más allá del Rin bajo el mando del gobernador de Baja Germania volvieran al margen izquierdo del río. El bajo Rin se convertiría en una frontera infranqueable, tanto para los generales romanos como para los germanos libres. Las palabras frustradas, beati quondam duces Romani (“felices los antiguos generales romanos”), que Corbulón pronunció antes de dar a sus tropas la orden de retirarse, sintetizan la paradójica situación que se impuso en las fronteras del Imperio Romano después de su transición de República libre a Imperio, la misma situación que lo llevó a su crisis en el siglo III y a su caída definitiva.

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    1 Para lo que sigue, véase Cornell (1993); Ziolkowski (2000, p. 352–69).

    2 Whittaker (2004, esp. p. 1-49) ofrece un rico panorama de visiones y aspectos varios de la expansión imperial de Roma (o de su falta de expansión).


    3.5: ¿Qué salió mal? is shared under a CC BY-NC-SA 4.0 license and was authored, remixed, and/or curated by Adam Ziolkowski, Traducción: Patricia Colombo, Revisión: Agnieszka Ziolkowska.