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1.7: El Eros de la Luz Florante- Leyendo La Rosa

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    Figura 1. Elliot R. Wolfson, La rosa, 2003. © Elliot R. Wolfson.

    Dentro del jardín de la luz floreciente, Purple Angel, On Purple Wings y Green Angel pueden verse como expresiones estéticas de una paradoja pictórica, en la que se “encarnan superficies diáfanas” desnudo” pero “completamente vestido”. La pintura abstracta de Wolfson La rosa (2003) evoca y elude de manera similar las formas de la carne, en este caso a través de la radiante imaginería de una flor invertida. Tales relaciones entrelazadas entre eros y abstracción también se pueden discernir en el poema de Wolfson “adentro hacia afuera”: 1

    exterior/ en expansión para apuntar disminuyendo en corona de luz deseando no más para ver pero la vista cegada por dentro y por fuera

    Al igual que “de adentro hacia afuera”, La Rosa encarna simbólicamente un estado reversible de ser, como los pétalos de una flor que se ha vuelto sobre sí misma, con formas que emergen hacia afuera desde dentro y hacia adentro desde fuera. En este lienzo, tonos modulados de púrpura, rosa, rosa y blanco se fijan contra un fondo dorado resplandeciente, mientras que las formas arremolinadas de la composición evocan un vacío en espiral. Situado dentro del nido plumoso de las pinceladas circundantes, el vórtice central de la pintura parece estar suspendido en un campo tonal luminoso compuesto por tonos suavemente mezclados de blanco, naranja, morado y durazno. Así como La Rosa es una pintura abstracta, sus formas curvilíneas sugieren no sólo los pétalos abiertos de una flor, sino los contornos redondeados de un pecho, o posiblemente la forma interna de un cuello uterino, o quizás la corona de un falo. En cada una de estas configuraciones imaginativas, la pintura parece hacer diáfana la carne densa, ya que la abstracción evoca e invierte la noción de transparencia corpórea, así como la superficie exterior de la pintura aparentemente presenta una visión interior del tejido cambiante de la carne envuelta.

    La Rosa puede ser vista así como una expresión consumamente carnal y apofática, una imagen del vacío abrazando el vacío, de carne rodeando carne. En las escurridizas, estructuras formales de la pintura, es difícil determinar qué es presencia y qué es ausencia, qué es masculino y qué es femenino, qué es flor y qué es abstracción, qué es sólido y qué es luz. La imagen presenta una visión provocativa de los límites disueltos y las esferas que se cruzan que enmarcan las indecibles transiciones entre el interior y el exterior. Estos significados se expresan a través de suaves pinceladas cuyos bordes parpadean y se fusionan a medida que se funden en una visión mística y erótica de la eflorescencia pictórica. Así, suspendida dentro y más allá del género, la imagen híbrida resultante aumenta y disuelve simultáneamente las diferencias intrínsecas a través de la caricia compartida de una sola pincelada.

    Composicionalmente, las formas circulares de la rosa están contenidas dentro de los parámetros cuadriláteros del lienzo. En fuentes cabalísticas, esta imaginería se figura esquemáticamente como el leitmotiv erótico del círculo en la plaza, un topos que proporciona el título de otro de los textos de Wolfson, Círculo en la plaza: estudios en el uso del género en el misticismo cabalístico (1995). Como ha observado Wolfson, 2 en la cosmovisión cabalística,

    La perfección humana depende de la unión de los dos sexos, pues el que proyecta requiere del espacio en el que proyectar y con ello quedar contenido. Alternativamente, la contención del macho en hembra es capturada poéticamente en una imagen geométrica encontrada en Sefer ha-bahir y utilizada posteriormente por cualquier número de kabbalistas, “el círculo que corre dentro de la plaza”. El círculo cuadrado transmite equilibrio de género, pero desde la perspectiva androcéntrica que se encuentra en el núcleo del simbolismo kabbalístico, la inserción del punto fálico tridimensional (delimitado por las coordenadas de longitud, ancho y profundidad) en el cuadrilátero vaginal, una unión representada semióticamente como la contención de yod en el mem final. El anhelo erótico está marcado por el impulso de la voluntad masculina de otorgar y el deseo femenino de recibir. El coito resulta en la inseminación de la hembra por el macho —el centrado del punto en medio de la plaza— que se produce a través y sostiene la contención del macho en la hembra. Sin embargo, esto último da como resultado la contención del cuadrado en el círculo. En el punto medio, el punto medio, el locus del falo en el útero produce el útero fálico, la línea extensiva de engendramiento.

    Las estructuras estéticas de las obras de Wolfson pueden verse como reflejando y reimaginando a la vez esta transición de género. Como ha escrito Wolfson, en textos cabalísticos la rosa se figura como una imagen andrógina, símbolo de la totalidad de los aspectos masculinos y femeninos del ser que reflejan la naturaleza misteriosa de la presencia divina. En Lenguaje, Eros, Ser, enfatiza la importancia de “la imagen zohárica de la rosa, ya que esta imagen en particular puede darnos la oportunidad de conocer la naturaleza misteriosa del eros y la naturaleza erótica del misterio”. Los aspectos duales de esta imaginería reflejan el principio de que “la androginia es aplicable a cada uno de los atributos divinos”. 3 Al mismo tiempo, Wolfson ha sostenido que, en última instancia, “los textos kabbalísticos no permiten una perdición del androcentrismo” que se asocia a la tradición. En cambio, la latitud creativa para tales interrupciones puede darse en el dominio estético, particularmente en obras esquivas como “de adentro hacia afuera”, ya que “los poemas abrieron un camino no disponible a través del análisis filológico y textual de las fuentes”. 4

    Dada la complejidad de estas asociaciones, cabe destacar que las imágenes multifacéticas de La rosa y la fluidez lírica de “adentro hacia afuera” son creativamente híbridas y decididamente inestables. A través de los desplazamientos multiformes de la corporalidad de la pintura, La Rosa puede ser vista como una encarnación simbólica del fracaso exitoso de las oposiciones de género, y así como incorporar elementos que son “diferentemente idénticos de una manera que es idénticamente diferente, un saber que excede el límites de saber por el eje fálico de la dualidad”. 5 Ni masculino ni femenino, La Rosa es potencialmente ambos y nada, encarnando así una poderosa coincidencia oppositorum en la que la carne pintada cristaliza y disuelve simultáneamente a medida que se viste en el acto transformacional de convirtiéndose en el opuesto de uno.

    En cuanto a una dinámica tan intrincada de diferencia de género, Wolfson señala además “el desenfoque de género en los poemas. Nunca está claro quién es él y quién es ella”. 6 El poema “himno del viernes” 7 también encarna las paradojas entrelazadas asociadas a tales (re) maridajes ambivalentes:

    echaré aceite sobre mi cabeza, antes de que termine la quema, levantemos para contar los minutos, para salpicar las horas, levantemos para despertar a los niños que deben enterrar a los muertos. la noche se acerca al día, ni negro ni blanco, su sol es mi luna

    Las diversas formulaciones creativas de Wolfson sustentan poderosas concepciones de reciprocidad e inversión; en conjunto, tienen el potencial de inspirar una dinámica continua de decir e indecir que conduce a intercambios andróginos de luz floreciente. Así, ya sea evocando la morfología de la anatomía humana y su potencial intercambiabilidad dentro del encuentro erótico, o la imagen imaginaria de la flor invertida, en sí misma el órgano sexual de una planta, y la mayoría de las plantas con flores son hermafroditas, las formas de “adentro hacia afuera”, “himno del viernes” y La rosa continuamente aparecen emerger hacia afuera desde dentro y hacia adentro desde fuera, así como sus centros permanecen a la vez resguardados y expuestos en las capas incrustadas de su propio indicho.

    Notas al pie

    • 1 “adentro hacia afuera” aparece en el chapbook Secrets of the Heartland: 32 Poems de Elliot R. Wolfson (2004), p. 34.
    • 2 Wolfson, Idioma, Eros, Ser, p. 188. En este contexto, cabe señalar que, si bien las fuentes cabalísticas suelen privilegiar la afirmación del poder fálico, también se presta atención a la dimensión femenina de lo divino en la cábala tradicional, representada de manera más visible en el símbolo de Malkhut o el Shekhinah.
    • 3 Wolfson, Idioma, Eros, Ser, p. 63. Sobre estos temas, véase también el ensayo de Wolfson “La rosa de Eros y la duplicidad de lo femenino en la cábala zoárica” en Michel Conan y W. John Kress, eds., Botanical Progress, Horticultural Innovation and Cultural Changes (Washington, D.C.: Dumbarton Oaks Research Library and Collection y Harvard Prensa Universitaria, 2007).
    • 4 Elliot R. Wolfson, en correspondencia con el autor, 9 de mayo de 2007.
    • 5 Wolfson, Secreto a voces: mesianismo posmesiánico, mecanografiado p. 734.
    • 6 Elliot R. Wolfson, en correspondencia con el autor, 6 de mayo de 2007.
    • 7 “himno del viernes” aparece en Footdreams y Treetales, p. 5.

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