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4.2: Utilitarismo (J.S. Mill)

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    20 Utilitarismo
    J.S. Mill 78

    Capítulo 2

    Lo que es el utilitarismo.

    ... El credo que acepta como fundamento de la moral, la Utilidad, o el Principio de la Mayor Felicidad, sostiene que las acciones son correctas en proporción ya que tienden a promover la felicidad, equivocadas ya que tienden a producir lo contrario de la felicidad. Por felicidad se pretende el placer, y la ausencia de dolor; por la infelicidad, el dolor y la privación del placer. Para dar una visión clara del estándar moral establecido por la teoría, se requiere mucho más decir; en particular, qué cosas incluye en las ideas de dolor y placer; y en qué medida esto se deja una pregunta abierta. Pero estas explicaciones complementarias no afectan a la teoría de la vida en la que se fundamenta esta teoría de la moralidad, es decir, que el placer, y la libertad del dolor, son las únicas cosas deseables como fines; y que todas las cosas deseables (que son tan numerosas en lo utilitario como en cualquier otro esquema) son deseables ya sea por el placer inherente a sí mismos, o como medio para la promoción del placer y la prevención del dolor.

    Ahora, tal teoría de la vida excita en muchas mentes, y entre ellas en algunas de las más estimables en sentimiento y propósito, el desagrado empedernido. Supongamos que la vida no tiene (tal como la expresan) un extremo superior al placer- no mejor y más noble objeto de deseo y persecución- designan como absolutamente mezquinos y arrastrándose; como una doctrina digna solo de cerdos, a quienes los seguidores de Epicuro fueron, en un período muy temprano, despreciadamente comparados; y modernos los titulares de la doctrina son ocasionalmente objeto de comparaciones igualmente educadas por sus asaltantes alemanes, franceses e ingleses.

    Al ser atacados así, los epicúreos siempre han respondido, que no son ellos, sino sus acusadores, quienes representan a la naturaleza humana bajo una luz degradante; ya que la acusación supone que los seres humanos no son capaces de ningún placer excepto aquellos de los que son capaces los cerdos. Si esta suposición fuera cierta, no podría ganarse la carga, sino que entonces ya no sería una imputación; porque si las fuentes del placer fueran precisamente las mismas para los seres humanos y para los cerdos, la regla de vida que es suficientemente buena para la una sería suficiente para la otra. La comparación de la vida epicúrea con la de las bestias se siente degradante, precisamente porque los placeres de una bestia no satisfacen las concepciones de felicidad de un ser humano. Los seres humanos tienen facultades más elevadas que los apetitos animales, y cuando una vez se hacen conscientes de ellos, no consideran nada como felicidad que no incluya su gratificación. En efecto, no considero que los epicúreos hayan sido de ningún modo impecables al sacar su esquema de consecuencias desde el principio utilitario. Para hacer esto de cualquier manera suficiente, muchos elementos estoicos, así como cristianos requieren ser incluidos. Pero no existe una teoría epicúrea conocida de la vida que no asigne a los placeres del intelecto, de los sentimientos y de la imaginación, y de los sentimientos morales, un valor mucho mayor como placeres que a los de la mera sensación. Debe admitirse, sin embargo, que los escritores utilitarios en general han colocado la superioridad de los placeres mentales sobre los corporales principalmente en la mayor permanencia, seguridad, indiferencia, etc., de los primeros, es decir, en sus ventajas circunstanciales más que en su naturaleza intrínseca. Y en todos estos puntos los utilitarios han demostrado plenamente su caso; pero podrían haber tomado el otro, y, como se le puede llamar, terreno más elevado, con toda consistencia. Es bastante compatible con el principio de utilidad reconocer el hecho, que algunos tipos de placer son más deseables y más valiosos que otros. Sería absurdo que si bien, al estimar todas las demás cosas, se considere tanto la calidad como la cantidad, la estimación de los placeres debe suponerse que depende solo de la cantidad.

    Si me preguntan, qué quiero decir con diferencia de calidad en los placeres, o qué hace que un placer sea más valioso que otro, meramente como placer, salvo que sea mayor en cantidad, no hay más que una respuesta posible. De dos placeres, si hay uno al que todos o casi todos los que tienen experiencia de ambos dan una preferencia decidida, independientemente de cualquier sentimiento de obligación moral de preferirla, ese es el placer más deseable. Si uno de los dos es, por quienes conocen competentemente ambos, colocado tan por encima del otro que lo prefieren, aun sabiendo que sea atendido con mayor cantidad de descontento, y no renunciaría a ella por ninguna cantidad del otro placer del que su naturaleza es capaz de hacer, estamos justificados al atribuir al disfrute preferido una superioridad en la calidad, superando hasta ahora la cantidad como para convertirla, en comparación, de cuenta pequeña.

    Ahora es un hecho incuestionable que quienes están igualmente familiarizados, e igualmente capaces de apreciar y disfrutar, ambos, dan una preferencia muy marcada a la manera de existencia que emplea sus facultades superiores. Pocas criaturas humanas consistirían en ser transformadas en alguno de los animales inferiores, para una promesa de la mayor tolerancia de los placeres de una bestia; ningún ser humano inteligente consistiría en ser un tonto, ninguna persona instruida sería un ignorante, ninguna persona de sentimiento y conciencia sería egoísta y base, incluso aunque hay que persuadirlos de que el tonto, el burro, o el bribón está mejor satisfecho con su suerte que con la suya. No renunciarían a lo que poseen más que él para la satisfacción más completa de todos los deseos que tienen en común con él. Si alguna vez les apetece lo harían, es sólo en casos de infelicidad tan extrema, que para escapar de ella cambiarían su suerte por casi cualquier otra, por indeseable que fuera de sus propios ojos. Un ser de facultades superiores requiere más para hacerlo feliz, es capaz probablemente de sufrir más agudos, y ciertamente accesible a él en más puntos, que uno de tipo inferior; pero a pesar de estos pasivos, nunca puede desear realmente hundirse en lo que siente ser un grado de existencia inferior. Podemos dar la explicación que nos plazca de esta falta de voluntad; podemos atribuirla al orgullo, nombre que se le da indiscriminadamente a algunos de los sentimientos más y a algunos de los menos estimables de los que es capaz la humanidad: podemos referirlo al amor a la libertad y a la independencia personal, apelación a la que fue con los estoicos uno de los medios más efectivos para su inculcación; al amor al poder, o al amor a la emoción, ambos realmente entran y contribuyen a ello: pero su denominación más apropiada es el sentido de dignidad, que todos los seres humanos poseen de una forma u otra, y en algunos, aunque de ninguna manera exacta, proporcional a sus facultades superiores, y que es tan esencial una parte de la felicidad de aquellos en los que es fuerte, que nada que entre en conflicto con ella podría ser, sino momentáneamente, un objeto de deseo para ellos.

    Quien suponga que esta preferencia se da en un sacrificio de felicidad- que el ser superior, en cualquier cosa como iguales circunstancias, no es más feliz que lo inferior- confunde las dos ideas muy diferentes, de felicidad, y contenido. Es indiscutible que el ser cuyas capacidades de goce son bajas, tiene las mayores posibilidades de tenerlas plenamente satisfechas; y un ser altamente dotado siempre sentirá que cualquier felicidad que pueda buscar, como se constituye el mundo, es imperfecta. Pero puede aprender a soportar sus imperfecciones, si son en absoluto soportables; y no le harán envidiar al ser que efectivamente está inconsciente de las imperfecciones, sino sólo porque no siente en absoluto el bien que califican esas imperfecciones. Es mejor ser un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho; mejor estar Sócrates insatisfecho que un tonto satisfecho. Y si el tonto, o el cerdo, son una opinión diferente, es porque sólo conocen su propio lado de la pregunta. La otra parte en la comparación conoce ambas partes.

    Se puede objetar, que muchos que son capaces de los placeres superiores, ocasionalmente, bajo la influencia de la tentación, los posponen a lo más bajo. Pero esto es bastante compatible con una apreciación plena de la superioridad intrínseca de lo superior. Los hombres a menudo, desde la enfermedad de carácter, hacen su elección para el bien más cercano, aunque saben que es el menos valioso; y esto no menos cuando la elección es entre dos placeres corporales, que cuando es entre lo corporal y lo mental. Persiguen indulgencias sensuales ante la lesión de la salud, aunque perfectamente conscientes de que la salud es el bien mayor.

    Se puede objetar aún más, que muchos que comienzan con entusiasmo juvenil por todo lo noble, a medida que avanzan en años se hunden en la indolencia y el egoísmo. Pero no creo que quienes sufren este cambio tan común, escojan voluntariamente la descripción más baja de los placeres en preferencia a la superior. Yo creo que antes de dedicarse exclusivamente a la una, ya se han vuelto incapaces del otro. La capacidad para los sentimientos más nobles es en la mayoría de las naturalezas una planta muy tierna, fácil de matar, no solo por influencias hostiles, sino por mera falta de sustento; y en la mayoría de los jóvenes muere rápidamente si las ocupaciones a las que les ha dedicado su posición en la vida, y la sociedad en la que ha los tiró, no son favorables para mantener esa mayor capacidad en el ejercicio. Los hombres pierden sus altas aspiraciones al perder sus gustos intelectuales, porque no tienen tiempo ni oportunidad de complacerlos; y se adicen a placeres inferiores, no porque los prefieran deliberadamente, sino porque son o los únicos a los que tienen acceso, o los únicos que ya son capaces de disfrutar. Se puede cuestionar si alguien que ha permanecido igualmente susceptible a ambas clases de placeres, siempre consciente y tranquilamente prefirió al inferior; aunque muchos, en todas las edades, se han descompuesto en un intento ineficaz de combinar ambos.

    De este veredicto de los únicos jueces competentes, aprehendo que no puede haber apelación. Sobre una cuestión cuál es la más digna de tener de dos placeres, o cuál de dos modos de existencia es la más agradecida a los sentimientos, aparte de sus atributos morales y de sus consecuencias, el juicio de quienes están calificados por el conocimiento de ambos, o, si difieren, el de la mayoría entre ellos, debe ser admitido como definitivo. Y hace falta menos vacilación para aceptar esta sentencia respetando la calidad de los placeres, ya que no hay otro tribunal al que hacer referencia ni siquiera en la cuestión de la cantidad. ¿Qué medios hay para determinar cuál es el más agudo de dos dolores, o el más intenso de dos sensaciones placenteras, excepto el sufragio general de quienes están familiarizados con ambos? Ni los dolores ni los placeres son homogéneos, y el dolor siempre es heterogéneo con el placer. ¿Qué hay para decidir si vale la pena comprar un placer en particular a costa de un dolor en particular, excepto los sentimientos y el juicio del experimentado? Cuando, por tanto, esos sentimientos y juicio declaran preferibles en especie los placeres derivados de las facultades superiores, aparte de la cuestión de la intensidad, a aquellos de los que la naturaleza animal, separada de las facultades superiores, es suspectible, tienen derecho sobre este tema al mismo sentido.

    He habitado en este punto, como parte necesaria de una concepción perfectamente justa de Utilidad o Felicidad, considerada como la regla directiva de la conducta humana. Pero no es de ninguna manera una condición indispensable para la aceptación del estándar utilitario; porque ese estándar no es la mayor felicidad del propio agente, sino la mayor cantidad de felicidad en conjunto; y si es posible que se ponga en duda si un carácter noble es siempre el más feliz por su nobleza, ahí no cabe duda de que hace más felices a otras personas, y que el mundo en general es inmensamente un ganador por ello. El utilitarismo, por lo tanto, sólo podía alcanzar su fin mediante el cultivo general de la nobleza del carácter, aunque cada individuo sólo fuera beneficiado por la nobleza de los demás, y el suyo, en lo que se refiere a la felicidad, fueran una pura deducción del beneficio. Pero la simple enunciación de un absurdo como este último, vuelve superflua la refutación.

    Según el Principio de la Mayor Felicidad, como se explicó anteriormente, el fin último, con referencia y por el bien de que todas las demás cosas son deseables (ya sea que estemos considerando nuestro propio bien o el de otras personas), es una existencia exenta en la medida de lo posible del dolor, y lo más rica posible en goces, tanto en punto de cantidad como de calidad; la prueba de la calidad, y la regla para medirla contra la cantidad, siendo la preferencia que sienten quienes en sus oportunidades de experiencia, a las que hay que sumar sus hábitos de autoconciencia y autoobservación, están mejor amueblados con los medios de comparación. Esto, siendo, según la opinión utilitaria, el fin de la acción humana, es necesariamente también el estándar de la moral; que en consecuencia puede definirse, las reglas y preceptos para la conducta humana, por cuya observancia una existencia como la que se ha descrito podría ser, en la mayor medida posible, asegurado a toda la humanidad; y no sólo a ellos, sino, en la medida en que la naturaleza de las cosas admita, a toda la creación sintiente...

    ... Debo repetir nuevamente, lo que los asaltantes del utilitarismo rara vez tienen la justicia para reconocer, que la felicidad que forma el estándar utilitario de lo que es correcto en la conducta, no es la felicidad propia del agente, sino la de todos los interesados. Como entre su propia felicidad y la de los demás, el utilitarismo le exige ser tan estrictamente imparcial como un espectador desinteresado y benevolente. En la regla de oro de Jesús de Nazaret, leemos el espíritu completo de la ética de la utilidad. Hacer lo que harías, y amar a tu prójimo como a ti mismo, constituyen la perfección ideal de la moral utilitaria. Como medio para hacer el acercamiento más cercano a este ideal, la utilidad ordenaría, primero, que las leyes y los arreglos sociales coloquen la felicidad, o (como hablando prácticamente se le puede llamar) el interés, de cada individuo, lo más cerca posible en armonía con el interés del todo; y en segundo lugar, que educación y opinión, que tienen un poder tan vasto sobre el carácter humano, deben usar ese poder para establecer en la mente de cada individuo una asociación indisoluble entre su propia felicidad y el bien del todo; especialmente entre su propia felicidad y la práctica de tales modos de conducta, negativos y positivo, como prescribe el respeto a la felicidad universal; para que no sólo pueda ser incapaz de concebir la posibilidad de felicidad para sí mismo, consecuentemente con una conducta opuesta al bien general, sino también que un impulso directo para promover el bien general pueda estar en cada individuo uno de los habituales motivos de acción, y los sentimientos conectados con ellos pueden ocupar un lugar grande y prominente en la existencia sensible de todo ser humano. Si los, impugnadores de la moralidad utilitaria la representaban ante sus propias mentes en este su, verdadero carácter, no sé qué recomendación poseía alguna otra moralidad podrían afirmar posiblemente estar queriéndola; qué desarrollos más bellos o más exaltados de la naturaleza humana puede cualquier otro sistema ético se supone que fomenten, o qué primaveras de acción, no accesibles al utilitario, dichos sistemas se basan para dar efecto a sus mandatos...


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