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4.5: La soledad del yo (Elizabeth Cady Stanton)

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    23 La soledad del yo
    Elizabeth Cady Stanton 84

    El punto que claramente deseo presentar ante ustedes en esta ocasión es la individualidad de cada alma humana; nuestra idea protestante, el derecho a la conciencia y al juicio individual; nuestra idea republicana, la ciudadanía individual. Al discutir los derechos de la mujer, debemos considerar, primero, lo que le pertenece como individuo, en un mundo propio, el árbitro de su propio destino, un imaginario Robinson Crusoe, con su mujer, el viernes, en una isla solitaria. Sus derechos en tales circunstancias son utilizar todas sus facultades para su propia seguridad y felicidad.

    En segundo lugar, si la consideramos ciudadana, como miembro de una gran nación, debe tener los mismos derechos que todos los demás miembros, de acuerdo con los principios fundamentales de nuestro Gobierno.

    En tercer lugar, vista como mujer, igual factor en la civilización, sus derechos y deberes siguen siendo los mismos: la felicidad y el desarrollo individual.

    En cuarto lugar, son sólo las relaciones incidentales de la vida, como la madre, la esposa, la hermana, la hija, las que pueden implicar algunos deberes y formación especiales.

    La razón más fuerte para darle a la mujer todas las oportunidades de educación superior, para el pleno desarrollo de sus facultades, sus fuerzas de mente y cuerpo; para darle la más amplia libertad de pensamiento y acción; una emancipación completa de todas las formas de esclavitud, de costumbre, dependencia, superstición; de todas las influencias paralizantes del miedo, es la soledad y la responsabilidad personal de su propia vida individual. La razón más fuerte por la que pedimos a la mujer una voz en el gobierno bajo el que vive; en la religión se le pide que crea; la igualdad en la vida social, donde ella es el factor principal; un lugar en los oficios y profesiones, donde pueda ganarse el pan, es por su derecho de nacimiento a la autosoberanía; porque , como individuo, debe confiar en sí misma. Por mucho que las mujeres prefieran inclinarse, ser protegidas y apoyadas, ni cuánto los hombres deseen que lo hagan, deben hacer el viaje de la vida solas, y por seguridad en caso de emergencia, deben conocer algo de las leyes de la navegación. Para guiar nuestra propia embarcación, debemos ser capitán, piloto, ingeniero; con carta y brújula para pararnos al volante; vigilar los vientos y las olas, y saber cuándo tomar la vela, y leer sobre todo los letreros en el firmamento. No importa si el viajero solitario es hombre o mujer; la naturaleza, habiéndolos dotado por igual, los deja a su propia habilidad y juicio en la hora del peligro, y, si no iguales a la ocasión, iguales perecen.

    Para apreciar la importancia de encajar cada alma humana para la acción independiente, piensa por un momento en la inconmensurable soledad del yo. Venimos solos al mundo, a diferencia de todos los que nos precedieron, lo dejamos en paz, bajo circunstancias propias de nosotros mismos. Ningún mortal ha sido jamás, ningún mortal jamás será como el alma que acaba de lanzarse al mar de la vida. Nunca más puede haber tal combinación de influencias prenatales; nunca más solo ambientes como conforman la infancia, juventud y hombría de éste. La naturaleza nunca se repite, y las posibilidades de un alma humana nunca se encontrarán en otra. Nadie ha encontrado nunca dos briznas de pasto de cinta por igual, y nadie encontrará jamás dos seres humanos por igual. Viendo, entonces, cuál debe ser la infinita diversidad en el carácter humano, podemos en cierta medida apreciar la pérdida para una nación cuando cualquier clase del pueblo no es educada y no está representada en el gobierno.

    Pedimos el desarrollo completo de cada individuo, primero, para su propio beneficio y felicidad. Al armar un ejército, le damos a cada soldado su propia mochila, brazos, pólvora, su manta, taza, cuchillo, tenedor y cuchara. Nosotros proveemos por igual para todas sus necesidades individuales; entonces cada hombre lleva su propia carga.

    Nuevamente, pedimos el desarrollo individual completo para el bien general; para el consenso de los competentes en toda la ronda de intereses humanos, sobre todas las cuestiones de la vida nacional; y aquí cada hombre debe llevar su parte de la carga general. Es triste ver lo pronto que los niños sin amigos se quedan con sus propias cargas, antes de que puedan analizar sus sentimientos; antes incluso de que puedan decir sus alegrías y penas, son arrojados sobre sus propios recursos. La gran lección que la naturaleza parece enseñarnos a todas las edades en la autodependencia, la autoprotección, la autosuficiencia.

    En la juventud nuestras más amargas decepciones, nuestras esperanzas y ambiciones más brillantes, son conocidas sólo por nosotros mismos. Incluso nuestra amistad y amor nunca compartimos plenamente con otro; hay algo de cada pasión, en cada situación, ocultamos. Aun así en nuestros triunfos y nuestras derrotas...

    No pedimos simpatía a los demás en la ansiedad y agonía de una amistad rota o un amor destrozado. Cuando la muerte rompe nuestros lazos más cercanos, solos nos sentamos a la sombra de nuestra aflicción. Igual en medio de los mayores triunfos y las tragedias más oscuras de la vida, caminamos solos. En las alturas divinas del logro humano, elogiados y adorados como héroe o santo, estamos solos. En la ignorancia, la pobreza y el vicio, como indigente o delincuente, solos morimos de hambre o robamos; solos sufrimos las burlas y los rechazos de nuestros compañeros; solos somos cazados y perseguidos por oscuros cortes y callejones, en caminos y caminos altos; solos nos encontramos en el asiento del juicio; solos en la celda de la prisión lamentamos nuestros crímenes y desgracias; solos los expiamos en la horca. En horas como estas nos damos cuenta de la horrible soledad de la vida individual, sus dolores, sus penas, sus responsabilidades, horas en las que los más jóvenes y los más indefensos son arrojados sobre sus propios recursos para orientación y consuelo. Viendo, entonces, que la vida debe ser siempre una marcha y una batalla que cada soldado debe estar equipado para su propia protección, es el colmo de la crueldad robarle al individuo un solo derecho natural.

    Tirar obstáculos en el camino de una educación completa es como sacar los ojos; negar los derechos de propiedad es como cortarle las manos. Rechazar la igualdad política es robarle al condenado al ostracismo todo respeto por sí mismo; del crédito en el mercado; de la retribución en el mundo del trabajo, de una voz en la elección de quienes hacen y administran la ley, una elección en el jurado ante el que son juzgados, y en el juez que decide su castigo. Piense en.. ¡posición de mujer! Robada de sus derechos naturales, discapacitada por la ley y la costumbre a cada paso, pero obligada a librar sus propias batallas, y en las emergencias de la vida a recaer sobre sí misma en busca de protección.

    La joven esposa y madre, al frente de algún establecimiento, con un amable esposo para protegerla de los vientos adversos de la vida, con riqueza, fortuna y posición, tiene cierto puerto de seguridad, seguro contra los males ordinarios de la vida. Pero para administrar un hogar, tener una influencia deseable en la sociedad, mantener a sus amigos y los afectos de su esposo, entrenar bien a sus hijos y sirvientes, debe tener poco sentido común, sabiduría, diplomacia y un conocimiento de la naturaleza humana. Para ello, necesita las virtudes cardinales y los puntos fuertes de carácter que posea el estadista más exitoso. Una mujer sin educación entrenada para la dependencia, sin recursos en sí misma, debe hacer un fracaso de cualquier posición en la vida. Pero la sociedad dice que las mujeres no necesitan un conocimiento del mundo, la formación liberal que debe dar la experiencia en la vida pública, todas las ventajas de la educación colegiada; pero cuando por falta de todo esto, se arruina la felicidad de la mujer, sola, ella soporta su humillación; y la soledad de los débiles y los ignorante es ciertamente lastimoso. En la persecución salvaje de los premios de la vida, se muelen a polvo.

    En la edad, cuando se pasan los placeres de la juventud, los niños mayores, se casan y se van, la prisa y el bullicio de la vida en cierta medida, cuando las manos están cansadas del servicio activo, cuando el viejo sillón y la chimenea son los balnearios elegidos, entonces hombres y mujeres por igual deben recurrir a sus propios recursos. Si no encuentran compañerismo en los libros, si no tienen interés en las cuestiones vitales de la hora, ningún interés en ver la consumación de reformas con las que podrían haber sido identificados, pronto pasan a su dotage. Cuanto más plenamente se desarrollan y se mantienen en uso las facultades de la mente, más largo continúa el período de vigor e interés activo en todo lo que nos rodea. Si, a partir de una participación de toda la vida en los asuntos públicos, una mujer se siente responsable de las leyes que regulan nuestro sistema educativo, la disciplina de nuestras cárceles y prisiones, el estado sanitario de nuestras viviendas particulares, edificios y vías públicas, un interés por el comercio, las finanzas, nuestras relaciones exteriores, en cualquier o todas estas preguntas, su soledad al menos será respetable, y no se verá impulsada a chismes o escándalo para el entretenimiento.

    La razón principal para abrir a cada alma las puertas a toda la ronda de deberes y placeres humanos es el desarrollo individual así logrado, los recursos así proporcionados en todas las circunstancias para mitigar la soledad que a veces debe llegar a todos.

    En la medida en que entonces, como la mujer comparte por igual las alegrías y penas del tiempo y la eternidad, no es el colmo de la presunción en el hombre proponer representarla en las urnas y en el trono de la gracia, hacer su voto en el estado, su oración en la iglesia, y asumir el cargo de sumo sacerdote en la familia altar?

    Nada fortalece el juicio y aviva la conciencia como la responsabilidad individual. Nada agrega tanta dignidad al carácter como el reconocimiento de la autosoberanía de uno; el derecho a un lugar igual, en todas partes, un lugar ganado por mérito personal, no un logro artificial por herencia, riqueza, familia y posición. Concediendo, entonces, que las responsabilidades de la vida recaen por igual en el hombre y en la mujer, que su destino es el mismo, necesitan la misma preparación para el tiempo y la eternidad. El platillo de resguardar a la mujer de las feroces tormentas de la vida es la burla más clara, pues la golpean desde todos los puntos de la brújula, así como lo hacen en el hombre, y con resultados más fatales, pues ha sido entrenado para protegerse, resistir, y conquistar. Tales son los hechos en la experiencia humana, las responsabilidades de la soberanía individual. Rico y pobre, inteligente e ignorante, sabio e insensato, virtuoso y vicioso, hombre y mujer; siempre es lo mismo, cada alma debe depender totalmente de sí misma.

    Cualesquiera que sean las teorías de la dependencia de la mujer del hombre, en los momentos supremos de su vida, no puede soportar sus cargas. Solo ella va a las puertas de la muerte para dar vida a todo hombre que nace en el mundo; nadie puede compartir sus miedos, nadie puede mitigar sus dolores; y si su dolor es mayor de lo que puede soportar, sola pasa más allá de las puertas hacia lo vasto desconocido.

    Desde las cimas de las montañas de Judea hace mucho tiempo, una voz celestial les mandó a sus discípulos: “Llevaos los unos a los otros”; pero la humanidad aún no ha subido a ese punto de sacrificio; y si alguna vez así está dispuesto, ¡cuán pocas son las cargas que una alma puede soportar por otra! ..

    Así que siempre debe ser en las escenas conflictivas de la vida, en la larga y cansada marcha, cada uno camina solo. Podemos tener muchos amigos, amor, amabilidad, simpatía y caridad, para suavizar nuestro camino en la vida cotidiana, pero en las tragedias y triunfos de la experiencia humana, cada mortal está solo.

    Pero cuando se quitan todos los trasmales artificiales, y se reconoce a las mujeres como individuos, responsables de sus propios entornos, a fondo educadas para todos los puestos de la vida que pueden ser llamadas a ocupar; con todos los recursos en sí mismos que el pensamiento liberal y la cultura amplia pueden dar; guiados por los suyos conciencia y juicio, entrenados para la autoprotección, por un sano desarrollo del sistema muscular, y habilidad en el uso de las armas y la defensa; y estimulados al autosustento por un conocimiento del mundo de los negocios y el placer que la independencia pecuniaria siempre debe dar; cuando las mujeres son entrenadas de esta manera, en una medida se equiparán a esas horas de soledad que vengan igual a todos, ya sean preparadas o no. Al igual que en nuestra extremidad debemos depender de nosotros mismos, los dictados de la sabiduría apuntan a completar el desarrollo individual.

    Al hablar de educación, cuán superficial es el argumento de que cada clase debe ser educada para el trabajo especial que se propone hacer, y que todas esas facultades que no se necesitan en esta obra especial deben estar latentes y marchitarse completamente por falta de uso, cuando, tal vez, éstas serán las mismas facultades necesarias en lo más grande de la vida ¡Emergencias! Algunos dicen: “¿Dónde está el uso de las chicas perforadoras en los idiomas, las ciencias, en el derecho, la medicina, la teología. Como esposas, madres, amas de casa, cocineras, necesitan un plan de estudios diferente al de los niños que están para cubrir todos los puestos. Los cocineros jefes de nuestros grandes hoteles y vapores oceánicos son hombres. En nuestras grandes ciudades, los hombres dirigen las panaderías; hacen nuestro pan, pastel y tartas. Ellos manejan las lavanderías; ahora son considerados nuestros mejores sombrereros y modistas. Debido a que algunos hombres llenan estos departamentos de utilidad, ¿regularemos el plan de estudios en Harvard y Yale a sus necesidades actuales? Si no, ¿por qué esta plática en nuestros mejores colegios de un plan de estudios para niñas que se están abarrotando en los oficios y profesiones, maestras en todas nuestras escuelas públicas, llenando rápidamente muchos puestos lucrativos y honorables en la vida?”. .

    Las mujeres ya son iguales a los hombres en todo el ámbito del pensamiento, en el arte, la ciencia, la literatura y el gobierno. La poesía y las novelas del siglo son suyas, y han tocado la nota clave de la reforma, en la religión, la política y la vida social. Llenan la silla del editor y del profesor, se declaran en el bar de justicia, caminan por los pabellones del hospital, hablan desde el púlpito y la plataforma. Tal es el tipo de feminidad que un sentimiento público ilustrado acoge hoy en día, y tal el triunfo de los hechos de la vida sobre las falsas teorías del pasado.

    ¿Es, pues, consistente mantener a la mujer desarrollada de este día dentro de los mismos estrechos límites políticos que la dama con la rueca y la aguja de tejer ocupadas en el pasado? ¡No, no! La maquinaria ha llevado los trabajos de la mujer así como del hombre sobre sus incansables hombros; el telar y la rueca no son más que sueños del pasado; la pluma, el pincel, el caballete, el cincel, han tomado su lugar, mientras que las esperanzas y ambiciones de las mujeres son esencialmente cambiadas.

    Vemos razón suficiente en las condiciones externas de los seres humanos para la libertad y el desarrollo individual, pero cuando consideramos la autodependencia de cada alma humana, vemos la necesidad de valentía, juicio y ejercicio de toda facultad de mente y cuerpo, fortalecida y desarrollada por el uso, tanto en la mujer como en el hombre .

    Sea lo que sea que se diga del poder protector del hombre en condiciones ordinarias, en medio de todos los terribles desastres por tierra y mar, en los momentos supremos de peligro, la mujer sola siempre debe enfrentar los horrores de la situación. El Ángel de la Muerte incluso no hace ningún camino real para ella. El amor y la simpatía del hombre entran sólo en el sol de nuestras vidas. En esa solemne soledad del yo, que nos une con lo inconmensurable y lo eterno, cada alma vive sola para siempre. Dice un escritor reciente: “Recuerdo una vez, al cruzar el Atlántico, haber subido a la cubierta del barco a medianoche, cuando una densa nube negra envolvía el cielo, y la gran profundidad rugió locamente bajo las pestañas de los vientos demoníacos. Mi sentimiento no era de peligro ni de miedo (que es una rendición base del alma inmortal) sino de absoluta desolación y soledad; una pequeña mota de vida encerrada por una tremenda oscuridad.”.

    Y sin embargo, hay una soledad que todos y cada uno de nosotros siempre hemos llevado consigo, más inaccesible que las montañas heladas, más profunda que el mar de medianoche; la soledad del yo. Nuestro ser interior que nos llamamos a nosotros mismos, ningún ojo ni toque de hombre o ángel ha traspasado jamás. Está más escondida que las cuevas del gnomo; el adito sagrado del oráculo; la cámara oculta del misterio eleusiniano, pues a ella sólo se le permite entrar la omnisciencia.

    Tal es la vida individual. ¿Quién, te pregunto, puede tomar, atreverse a asumir los derechos, los deberes, las responsabilidades de otra alma humana?

    Para revisión y discusión

    1. Esta obra fue escrita en 1892 y formaba parte de un llamado a la igualdad de derechos y trato para las mujeres. ¿Sus argumentos son tan importantes hoy como lo fueron entonces?

    2. ¿Cuáles son las diferencias, tanto explícitas como implícitas, que señala el autor entre los sexos? ¿Son importantes estas diferencias? ¿Qué significa esto sobre cómo debemos abordar la educación, la sociedad y la vida en general?

    3. Compara esta pieza con las demás de este volumen y elige valores que el autor señala que son diferentes a las otras piezas. ¿Por qué crees que es esto?


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