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Preface

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    Este libro reúne trabajos sobre distintos aspectos de la historia del Imperio Romano desde su surgimiento hasta su crisis terminal en Occidente. La sociedad romana es abordada desde puntos de vista políticos, económicos y sociales, en la medida en que estos pueden ser separados. Su publicación busca acercar al mundo hispanoparlante estudios actualizados acerca de este período histórico para ser utilizados en la enseñanza de grado de la educación superior y universitaria. Esperamos que impulse la curiosidad de los alumnos sobre esta época, al mostrar su complejidad y lo que podemos aprender de ella para la comprensión de la sociedad en la que vivimos.

    Nathan Rosenstein y Robert Morstein-Marx analizan la transformación de la república romana de una organización política basada en un conjunto de magistraturas e instituciones como los cónsules, los tribunos de la plebe, el senado y los comicios, a una res publica encabezada por un Princeps. Parten de las autorizadas visiones de Maquiavelo y Montesquieu —las instituciones creadas para gobernar una ciudad-Estado eran inconsistentes con la administración de un gran imperio— para elaborar su propia hipótesis de por qué se produjo este cambio. Ellos prestan atención al colapso moral que señalan las fuentes antiguas y llegan a la conclusión de que la concentración de la riqueza producto de las nuevas oportunidades que implicó la conquista del mundo mediterráneo creó una mayor competencia dentro de la elite, que terminó por quebrar su cohesión interna como grupo.

    Este cambio político tuvo varias consecuencias, entre ellas el fin de las guerras civiles. El orden subsiguiente estableció las condiciones para que se produjera un desarrollo económico que David Mattingly describe en su capítulo sobre la economía imperial. Un aspecto laudable de su trabajo es que tenga como base al libro señero de Moses Finley de 1973, La economía de la Antigüedad, cuyas tesis matiza y pone en entredicho, pero no descarta ni considera inconsistentes. A la concepción de la economía romana como “primitiva” o “subdesarrollada”, él contrapone —basándose en los hallazgos arqueológicos de las últimas décadas—que el mundo romano tuvo un impulso económico de una escala sorprendente para una sociedad preindustrial y que la gestión de sus actividades productivas e intercambios tuvo un alto grado de sofisticación y racionalismo, aunque nunca hay que olvidar las grandes diferencias regionales que deben haber existido en un imperio de semejante tamaño. Es así como remarca avances en la tecnología, la actividad económica urbana, la agricultura, la minería, el uso de la moneda y la evidencia de sellos, vasijas y elementos encontrados en naufragios, así como la importancia del Estado para lograr este desenvolvimiento económico.

    Adam Ziolkowki analiza la crisis del siglo III d.C. y critica la interpretación de “crisis total” —política, económica y social— que hasta hace unas décadas dominaba los estudios de este período. Su minucioso trabajo nos recuerda que cualquier historia del mundo romano que ignore que los pueblos que se encontraban a su alrededor también tienen historia —y, por lo tanto, cambiaban con el transcurso del tiempo— tiene un carácter explicativo limitado. Los cambios dentro del barbaricum, en gran parte producto de interacciones pacíficas con el imperio, provocaron una mayor estratificación social y alianzas entre bandas de guerreros. El autor sostiene que los militares de carrera del ejército eran conscientes de los peligros que se avecinaban y que ello los instigó a participar más activamente en política. Por último, llega a una conclusión que en gran medida puede relacionarse con la pérdida de cohesión de una elite romana competitiva propuesta por Rosenstein y Morstein-Marx. La principal razón del avance del peligro bárbaro, para Ziolkowki, debe buscarse en el paso de la república al imperio. A la elite que competía por triunfos, riqueza y poder, le sucedió un Imperator que monopolizó el derecho a celebrar triunfos y desalentó a sus generales a llevar a cabo campañas militares por fuera de las zonas controladas por el Estado romano; las que, en caso de triunfo, podían llevar a que surgiera un rival del propio emperador. Fue este factor la principal razón por la cual los pueblos bárbaros pudieron transmutarse hasta convertirse en la amenaza en la que se transformaronen el siglo III.

    La crisis del siglo III fue superada mediante la adopción de varias medidas, entre ellas las reformas fiscales que tuvieron lugar durante el período de la tetrarquía creada por el emperador Diocleciano. Cam Grey realiza un pormenorizado trabajo sobre una temática clásica del imperio romano tardío relacionada con estas reformas: el colonato. Sin embargo, advierte que la historiografía de este tópico ha llevado a interpretar las fuentes —en su mayor parte jurídicas— de forma tal que den la impresión de una política coherente y homogénea con respecto al tema, una de cuyas expresiones es la de considerarlo como un sistema que daría lugar a la servidumbre medieval. Al analizar exhaustivamente las fuentes escritas disponibles, el autor llega a la conclusión de que las alusiones al colonato son muy fragmentarias como para deducir alguna organización fiscal sistemática. Los objetivos de la reorganización fiscal fueron conseguir una mayor eficiencia en el cálculo y la recolección de impuestos, y esto intentaba lograrse con un único vocabulario legal para todo el imperio, pero que no reflejaba una exclusiva práctica impositiva debido a las grandes diferencias regionales. Lo único que podría afirmarse acerca del colonato es que era una institución que tenía lugar en un contexto rural. Los colonos registrados son particularmente visibles en las fuentes por los problemas causados por las estrategias flexibles de rotación de cultivos y los arrendamientos a corto plazo. Es por ello que se necesitaba registrarlos en una propiedad en particular. Grey propone hacer hincapié en el concepto de origo para entender el sistema fiscal del imperio romano tardío. Mediante él se intentaban distribuir las diferentes cargas impositivas, que podían ser urbanas, rurales e incluir a grupos itinerantes como los marineros.

    Así como resignifica el problema del colonato tardoantiguo a partir de una revisita a las fuentes, lo mismo hace con el tema de la esclavitud. Los estudios acerca de la esclavitud romana concluyen en su mayor parte a fines del siglo II d.C. A partir de ese momento la importancia del trabajo esclavo habría disminuido como consecuencia del estancamiento general de la economía o de las fuentes de aprovisionamiento. Sin embargo, Grey señala dos factores a tener en cuenta: el planteo de un declive económico generalizado en esta etapa es excesivamente pesimista, y el cuestionamiento de que la esclavitud fuera el sistema de explotación económica predominante del imperio romano. Así, no fue necesario reemplazar la mano de obra esclava, ya que nunca había sido el modo dominante de explotación. De esta forma quiere rebatir la opinión de que el imperio romano tardío no era una sociedad de esclavos, pero continuó siendo una sociedad que poseía esclavos. En realidad, realza el hecho de que la esclavitud siga siendo frecuentemente mencionada en las fuentes de la antigüedad tardía, aun cuando fuera para representar las relaciones del hombre con Dios o para proveer un vocabulario para describir las obligaciones fiscales de los colonos registrados. Es así que propone un argumento de continuidad en las actitudes y el tratamiento de los esclavos, y que si hubo cambios fueron más en estilo que en sustancia, más en apariencia que en la práctica. Por último, un tema que ha sido abundantemente trabajado por los estudiosos del conflicto social en términos de lucha de clases: las bagaudas. John

    F. Drinkwater, el más importante especialista de la Galia romana, analiza las Bacaudae gálicas del siglo V. No hace hincapié en las masas empobrecidas por los impuestos, presión que adquiría mayores dimensiones a medida que las invasiones bárbaras resentían la recaudación de otras regiones, sino que se centra, más bien, en los movimientos de población que provocó la disrupción política. Tomando como referencia a Salviano de Marsella, considera que es claro que las bagaudasse concentraban en áreas que no estaban bajo control bárbaro o romano, y que la posible causa de la aparición de este grupo fue que la región en la que mayormente se concentraba—la Armórica— recibió refugiados que llevaban a sus dependientes libres o serviles con ellos y ocupaban tierras abandonadas, mientras que otros campesinos se pusieron bajo la protección de aristócratas que habían decidido no emigrar hacia zonas más seguras. Fue así como esta región, aunque nominalmente romana, tuvo para el imperio la apariencia de un Estado bárbaro, pues sus habitantes actuaban por su propia cuenta y en defensa de sus intereses particulares. La revuelta de clase, en todo caso, no habría sido tal, a pesar de su resistencia a la ofensiva romana para reestablecer su control sobre ellos.

    El permanente uso de fuentes tanto literarias como arqueológicas, o de bibliografía secundaria utilizada como fuente historiográfica, evidencia la especificidad y originalidad de estos trabajos, que revisitan temas ampliamente trabajados en el mundo académico y sobre los que parecía haber consensos que el desarrollo propio de la ciencia convierte siempre en provisorios. Ellos destacan la diversidad del mundo romano a través del estudio de temas puntuales. La complejidad que estos pueden presentar a los alumnos refuerza el papel del profesor en el proceso de enseñanza para explicar las dificultades derivadas de su lectura. La descomposición de la república y la subsiguiente creación del principado analizadas por Rosenstein y Morstein-Marx originaron un orden que permitió un gran desarrollo económico como el que señala Mattingly. El artículo  de Ziolkowskire marca cómo los cambios políticos que forjaron redes de patrocinio en torno a la figura imperial afectaron la estrategia del imperio con respecto a sus vecinos, lo cual finalmente alteró su orden interno. El intento de la tetrarquía por reconstituir ese orden originó la tentativa de controlar a la población en función de la recaudación fiscal, como propone el capítulo de Grey acerca del colonato. La investigación de este último acerca de la esclavitud tardorromana señala continuidades sociales con el alto imperio romano que solo pudieron darse en un marco que distó de ser catastrófico. El trabajo de Drinkwater subraya cómo la crisis terminal del Estado romano en Occidente quebró en determinadas zonas las redes de patrocinio y provocó alteraciones sociales que fueron parte de la ruptura de un orden que había prevalecido más de cinco siglos.

    Una palabra predomina en esta interpretación de los distintos capítulos en su conjunto: orden. El Estado romano fue extremadamente exitoso en conservar un orden social en el que una economía basada en la propiedad privada proporcionó los impuestos para abastecer a la población de las grandes ciudades y al ejército. Sin embargo, la sociedad imperial, con sus importantes diferencias regionales, era muy violenta. Pero sus logros y el ethos aristocrático que privilegiaba el conocimiento de los autores clásicos al comportamiento heroico parecen a veces ocultarlo. Para el lector contemporáneo, la violencia que se expresaba mayormente en los robos, la formación de bandas criminales y el abuso de funcionarios del Estado y latifundistas hacia los humildes, es más reconocible que la de los reinos romano-germánicos y la sociedad feudal, con sus bandas de señores de la guerra en conflicto semipermanente. Es relativo cuál sociedad era más violenta, considerando la crueldad romana en la guerra, pero el ideal guerrero del mundo medieval parece reforzar la impresión de que la sociedad del imperio era más parecida a la nuestra y, supuestamente, más segura.

    El gran mérito romano es haber logrado la unidad económica, administrativa y política a través de redes de patrocinio que se establecieron alrededor de los magistrados, los funcionarios del Estado y los latifundistas. Si el ejército, la figura del emperador y el sistema fiscal unían al imperio, este patronazgo lo mantenía organizado y funcionando. La articulación administrativa del imperio romano tardío descansaba sobre la red de relaciones que unía a los grandes propietarios con los campesinos. Los funcionarios estatales nunca hubieran podido controlar a la población por sí solos. Aunque el patrocinio fuera una relación entre actores socialmente desiguales, no solo explotaban sino que también protegían a los inferiores.

    Un complejo sistema de protección y extorsiones permitió que la producción, el comercio, la annona, la defensa de las fronteras y el funcionamiento administrativo fueran posibles durante siglos. Es lo que Paul Veynellamó en una obra de divulgación: “El imperio de la mordida” (1990, p.103-121).1 Hasta soldados y jefes de bandas de saqueadores podían ser comprados de forma tal que sectores claves de la economía funcionaran y —aun cuando los costos de transacción se elevaran— los productos llegaran a los mercados. Estas prácticas reducían la necesidad de aplicar la violencia física. Solo las distorsiones sociales provocadas por las crisis políticas hicieron que este orden tambaleara. Algunos países actuales poseen rasgos que nos recuerdan estas características; este es uno de los motivos por los cuales los estudios del mundo romano merecen ser profundizados.

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    Veyne, P. (1990). Donde la vida pública era privada. En P. Aries y G. Duby, Historia de la vida privada. Imperio romano y antigüedad tardía. Buenos Aires: Taurus.