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6: Las Bacaudae de la Galia del siglo V

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    En dos artículos previos argumenté que los Bacaudae gálicos no eran guerreros en un tradicional Klassenkampf (lucha de clases) ni seguidores de grandes aristócratas que reafirmaban tradiciones ancestrales de patronazgo local en tiempos de tensión (Drinkwater, 1984 [contra Thompson, 1952]; Drinkwater, 1989a [contra MacMullen, 1966; Van Dam, 1985]). En el primero expresé la opinión de que los Bacaudae originales, de la tercera centuria tardía, eran esencialmente un producto de su época. Emergieron como resultado del colapso de la sociedad aristocrática gálica durante la “crisis” del siglo tercero, y deben ser vistos como campesinos desplazados que buscaban seguridad en el liderazgo de figuras de autoridad de segundo orden: “aristócratas menores, pequeños propietarios o incluso visionarios o bandidos” (Drinkwater, 1984, p. 368). Ellos entraron en conflicto directo con la autoridad imperial solo cuando, desde el reinado de Carino, ella intentó reimponer su control sobre el Oeste (Cf. Dockès, 1980, p. 156). En el segundo sugerí que la segunda ola de actividad bagáudica en la Galia, en la primera mitad del siglo quinto, fue causada por una desintegración similar de sistemas de orden local, pero he advertido que en esa época nuestra percepción sobre ellos debe haber sufrido distorsiones como consecuencia de una degradación de su nombre durante el tiempo transcurrido, el cual se había vuelto “una etiqueta general para cualquiera envuelto en actividades ilegales y violentas en la Galia” (Drinkwater, 1989a: 201). Mi punto aquí era que no hubo un movimiento bagáudico continuo desde los siglos III al V: la reaplicación peyorativa del término ‘Bacaudae’ –ahora virtualmente sinónimo de “bandidos”– a personas cuyas actividades genuinamente se parecían a aquellas de sus predecesores del siglo tercero era solo fortuita. Sin embargo, el alcance de mis estudios previos me prevenía de comprometerme en detalle con las Bacaudae gálicas del siglo quinto, y mi pensamiento a este respecto era comparativamente muy especulativo. Es mi propósito darles finalmente el análisis más detallado que merecen.

    Las fuentes para las revueltas bagáudicas del temprano siglo V son ahora suficientemente bien conocidas (Czúth, 1965; con: Thompson, 1952; 1982: 221ff.; Van Dam, 1985, Drinkwater, 1989a). Deben ser categorizadas como:

    (i) aquellas que mencionan a las Bacaudae específicamente por nombre, y las muestran causando problemas en muchas áreas de Galia e Hispania desde el 408 hasta c. 448 (Zósimo, la Chron. Gall. 452, Hidacio, Salviano); y (ii) aquellas que los académicos consideran como referidas en forma indirecta a la actividad bagáudica, y que parecen indicar disturbios, en particular en la región de Armórica en el período c. 410 c. 449 (Zósimo, Rutilio Namaciano, el Querolus, Sidonio Apolinar, la Vita Germani de Constancio, Merobaudo). Con la excepción de Salviano, las fuentes que tratan sobre la bagauda de manera directa lo hacen de modo decepcionantemente breve, y entonces nos dejan muy poca oportunidad de analizar la identidad y los objetivos de semejante gente en profundidad. No es sorprendente, por lo tanto, que historiadores modernos del fenómeno bagáudico hayan tendido a poner más peso en su interpretación de referencias indirectas, y en particular en pasajes de Rutilio Namaciano y el Querolus (por ejemplo, Thompson, 1952: 18f.). En sus escritos c. 417, Rutilio Namaciano parece estar alabando a un noble galo y oficial romano, Exuperancio, por “enseñar a las regiones de Armórica a amar el retorno a la paz” y, habiéndoles restaurado la libertad y la vigencia de la ley, por asegurar que sus gentes no fueran más “los sirvientes de sus propios esclavos” (De redito suo 1,213-16). Alrededor del mismo período, el desconocido autor del Querolus ofrecía una extraña descripción de la vida en el Loira:

    Los hombres viven allí bajo la ley natural. No hay engaños allí. Las sentencias capitales son registradas en huesos. Allí incluso los rústicos peroran, y los individuos privados pronuncian juicios. Puedes hacer lo que quieras allí. (ed. Ranstrand, 1; tr. Thompson, 192: 18)

    Estos dos pasajes son comúnmente aducidos por quienes desean interpretar a las bagaudas como participantes en una revolución campesina centrada en Armórica (por ejemplo Thompson, 1952; Dockès, 1980, p. 216f., 220); y de hecho ellos causan graves dificultades a aquellos que favorecen la postura de que los Bacaudae son, mejor vistos, el producto de tradiciones largamente establecidas de patronazgo aristocrático (Cf. Van Dam, 1985, p. 41f., 46ff).

    Sin embargo, argumentaré que esta situación es a la vez más simple y más desesperada. Es más simple porque la evidencia de Rutilio Namaciano y el Querolus debe ser descartada como inadmisible. Como Bartholomew ha demostrado en forma convincente (1982, p. 266ff.), cualquier mención por parte del primero de una revolución social en Armórica, supuestamente bagáudica, debe haber sido extraída de un texto corrupto sin esperanza: es mejor ignorarlo. Con respecto al segundo, si el pasaje concerniente es leído en su contexto dramático, se vuelve claro que esta vida de libertad forestal, cualquier cosa que ella haya sido, no era considerada ilegal: en particular, no puede ser clasificada como latrocinium, y entonces escasamente podría haberse tratado de campesinos revolucionarios, o incluso big men trabajando fuera de la ley (Cf. Van Dam, 1985, p. 46f.). (No estoy seguro sobre qué es esto exactamente, pero creo que podríamos estar en presencia de una gálica del sur, más precisamente marsellés (Golvers, 1984), despreciable referencia al estilo monástico Marmoutier). Por otro lado, sin Rutilio Namaciano y el Querolus a los que acudir, nuestra situación se vuelve más desesperada, porque para lograr cualquier comprensión creíble de la bagauda gálica del siglo quinto debemos ahora recurrir solamente a Salviano.

    Salviano tiene mucho que decir acerca de la Bacaudae, pero él es apenas un desinteresado comentador social, o incluso un historiador de aguda comprensión (Cf. Jones, 1964, p. 1060; Gagé, 1971, p. 436f.; Salviano, ed. Lagarrigue, 1975, p. 21ff., 29). Debemos recordar siempre, aunque tal vez muy seguido –y convenientemente– lo olvidamos, que el mismo Salviano que identifica como una debilidad mortal del Imperio Romano la dureza y corruptibilidad de su sistema fiscal –y entonces se siente llevado a llamar la atención sobre las Bacaudae (De Gub. Dei 5)– es el Salviano que continúa argumentando, y en mucha mayor extensión, que el imperio también fue arruinado por el amor de sus ciudadanos a los entretenimientos públicos (6) y la perversión sexual (7; Cf. Maas, 1992, p. 277). Además, como es bien sabido, su particular relato de los sufrimientos de los débiles y sus consecuencias es muy confuso. Empieza (5.21) por dar la fuerte impresión de que “los pobres… las viudas… los huérfanos” que tiene en mente, que sufren la opresión de los ricos y poderosos, no provenían del campesinado sino de la baja aristocracia o la pequeña nobleza (Cf. Salviano, ed. Lagarrigue, 1975, p. 38f.; Van Dam, 1985, p. 43; Cf. Maas, 1992, p. 281). A continuación (5.22), cuando menciona los Bacaudae por primera vez, como gente hacia la cual escapaban los oprimidos, no hace distinción entre ellos y los bárbaros, y de hecho aparece categorizándolos como bárbaros. Es solo en los siguientes capítulos cuando se hace evidente que lo que quiere decir es que los Bacaudae viven como bárbaros (5.23) porque están forzados a hacerlo (5.26). A esa altura, por otro lado, señala (5.26) que los Bacaudae ya no son un problema contemporáneo. Por último, habría que notar que es solamente después de un intervalo de alrededor de doce capítulos (5.26-37) que Salviano comienza a examinar la miserable situación del campesino propietario, que –según el pensamiento actual– resulta tentador identificar como el recluta más probable para los Bacaudae.

    Nuestras fuentes para los Bacaudae del siglo quinto son, entonces, exiguas y dificultosas. Al tratar con ellas es tentador proceder según las líneas usuales, es decir, identificar semejantes deshechos como creíbles, forzándolos a encajar en algún modelo preconcebido; pero esto resulta difícil e insatisfactorio. Yo propongo, en cambio, tomar una aproximación diferente, y sugiero varios modelos de desarrollo económico y comportamiento social, comparando cada uno por vez con la información ofrecida por nuestras fuentes, en particular Salviano, quien –con todas sus carencias– relata con gran relevancia lo concerniente a las condiciones de su época. Esta línea de investigación más flexible conducirá a cierta revisión de mis propias opiniones previas sobre las Bacaudae, y, espero, planteará interesantes preguntas sobre las condiciones del siglo quinto en su conjunto.

    Comienzo por adelantar una hipótesis relacionada con un objetivo fundamental pero, según creo, todavía una cuestión negada: aquella de las estadísticas vitales de la Galia del temprano siglo quinto. Si la experiencia de la población gálica como resultado de la invasión bárbara, la guerra civil y la subsiguiente enfermedad y hambruna (Cf. Roberts, 1992) fue de alguna manera tan sombría como nuestras fuentes sugieren, debe haber habido una significativa declinación en su número, lo cual habría profundizado una escasez de mano de obra ya evidente en el campo desde el fin del siglo tercero. A partir de este argumento, la generación de campesinos que nació c. 410 y que había llegado a la madurez para el tiempo de la composición del De Gubernatione Dei de Salviano, debe haber soportado lo peor de la crisis, pero también ya habría comenzado a beneficiarse de sus consecuencias demográficas. Bajo circunstancias normales, una reducida mano de obra agrícola en una sociedad preindustrial debe esperar gozar tanto de tierra más libre y disponible para su cultivo, a precios más bajos y rentas menores y extendidas, como de salarios más altos y un mercado de trabajo generalmente más móvil con respecto al trabajo hecho para otros (Le Roy Ladurie, 1987, p. ch. 1). Es decir, estas personas deben haber comenzado a experimentar un mejoramiento en su nivel de vida, y los más emprendedores entre ellos deben haber estado bien situados para continuar la línea de pequeños propietarios prósperos que parecen ser un rasgo tradicional de la sociedad rural gálica bajo el Imperio Romano (Drinkwater, 1983, p. 173ff.; Cf. Herring, 1987, p. 436ff.) Sin embargo, por supuesto, las circunstancias en este momento distaban de ser normales. En la primera mitad del siglo quinto el Imperio occidental fue cargado con un gasto pesado y continuo, principalmente por la guerra, que tenía que ser financiado por una base fiscal que estaba dañada y disminuida (Cf. Bury, 1923, p. I, 253; Cf. Elton, 1992, p. 171); como resultado, aquellos que todavía estaban disponibles para pagar impuestos se veían obligados a pagar más. En teoría, la carga de esta imposición extra debe haber caído sobre los hombros de aquellos que poseían más riqueza, los grandes terratenientes (así Salviano, De Gub. Dei 5.30); sin embargo, como he sugerido, estos ya habrían sufrido una significativa disminución en sus ingresos como resultado de rentas agrícolas más bajas, salarios más altos y –podemos suponer– un mercado deprimido a causa de una contracción general de la economía. En otras palabras, tal gente puede haber tenido probablemente dificultades muy reales: al considerar sus acciones para la época debemos estar precavidos de la moralización sin fin de Salviano (por ejemplo, 5.17) y entonces dudar en condenarlos por su avaricia egoísta. Los grandes terratenientes tenían dos opciones básicas. Por un lado, podían aceptar la situación como se había desarrollado, y buscar aumentar sus ingresos como mejor se pudiera, mediante una mayor eficiencia y la introducción de nuevas técnicas y nuevos cultivos (Cf. Le Roy Ladurie, 1987, p. 40, 47, 78f.). Aun cuando esto pueda sonar anacrónico, debemos tener en

    mente, aunque un poco antes, los éxitos de Paulino de Pella como un terrateniente emprendedor (Eucharisticus 194f.; Cf. Drinkwater 1989b, p. 148). Por otro lado, podían rechazar la situación y, mediante la aplicación selectiva del poder que les había otorgado una moribunda administración central, a la vez escapar de la responsabilidad fiscal como neutralizar las ventajas que la reducción de la población amenazaba dar al campesinado (Cf. Le Roy Ladurie, 1987, p. 65). Es, por supuesto, la última estrategia la que más nos interesa aquí. Semejante neutralización hubiera involucrado simplemente la manipulación de los privilegios que habían acumulado los terratenientes mediante la operación del sistema fiscal tardorromano, y, sobre todo, por medio de la institución del colonato (Jones, 1958; 1964, p. 795ff.). Ahora, tal vez por primera vez en la Galia, los terratenientes: (i) insistieron en sus derechos sobre los inquilinos vinculados que ellos tenían en su tierra, haciendo difícil para este tipo de personas buscar mejores condiciones en otro lugar; y (ii) usaron su control sobre el sistema fiscal para aterrorizar a los campesinos libres a huir bajo su protección para escapar a sus rigores, es decir, trabajar bajo una protección extorsiva, latrocinium, que es un tema mayor en el De Gubernatione Dei (por ejemplo, 5.58).

    Este modelo parece ofrecernos una explicación completamente diferente para los Bacaudae del siglo quinto: no surgieron debido a una revolución campesina, ni por el patronazgo aristocrático, ni tampoco por una severa disrupción de la sociedad rural, sino más bien como resultado de la cruel frustración de expectativas económicas legítimamente ascendentes —la clásica causa de una jacquerie (Cf. Le Roy Ladurie, 1987, p. 65).

    El problema es que, contrapuesta a la evidencia de Salviano, esta explicación prueba no ser completamente satisfactoria. Primero, como Fustel de Coulanges observó hace más de un siglo (1885, p. 141ff.), si descontamos otra vez la lúgubre moralización de Salviano, la suerte de sus pobres trabajadores agrícolas no parece haber sido especialmente dura. Deberíamos notar en particular a aquellos, más sabios o más experimentados que sus semejantes (5.43), que eran capaces de discriminar entre los términos de empleo ofrecidos por los terratenientes para obtener el mejor disponible, incluso si esto significaba abandonar sus lotes ancestrales. (Sugeriría además que la descripción general de Salviano de la consecuente declinación de estas personas de la posición de coloni [inquilinos con tierra] a inquilini [cabañeros sin tierra] también debe ser tomada con una pizca de sal [contra Whittaker, 1987; Cf. Samson, 1992, p. 223]; tal vez refleja el fracaso comparativo de algunos migrantes locales y, por implicación, el éxito de otros, en los años que siguieron a su movimiento). En la base del modelo demográfico propuesto, parecería que algunas personas, al menos, fueron capaces de obtener ventajas de la demanda corriente de trabajo (las fuerzas de mercado siempre prueban ser más fuertes que las restricciones artificiales: ver Le Roy Ladurie, 1987, p. 161), aliviando así la tensión social. Incluso más importante es el hecho de que —como ya hemos visto— según Salviano, no era el campesinado sujeto, de acuerdo a su conocimiento, el que se unió a los Bacaudae, sino más bien “los mejores nacidos y más educados” (5.21).

    Me gustaría, por lo tanto, avanzar una segunda hipótesis, basada en un desarrollo que ha recibido una atención muy útil en los últimos años (en particular, Mathisen, 1984), pero cuyas completas implicaciones no han sido consideradas atentamente: la de la migración a larga distancia de personas de regiones de la Galia dañadas o amenazadas por las invasiones bárbaras o la guerra civil. Semejante movimiento es ejemplificado por las historias personales de Paulino de Pella y Salviano mismo, quienes fijaron residencia en el sur del país. Muchos de esos refugiados habrán sido pobres o, como en el caso de Paulino, al menos considerablemente empobrecidos. Otros, sin embargo, como Orosio informa para el caso de España (.41.4f.), deben haber sido capaces de escapar con una significativa proporción de su riqueza. Propongo que aquellos que decidían quedarse de forma permanente en la Galia (es decir, aquellos que eventualmente no pasaron, por ejemplo, a Italia: Mathisen, 1984: 161ff.; pp. 228ff.) es verosímil que hayan buscado adquirir propiedades en la región, o extender aquellas que ya poseían allí. Sugeriría además que, quizá por primera vez en la historia de la agricultura romano-gálica, ya sea los recién llegados como los propietarios existentes también pueden haberse esforzado por consolidar sus posesiones, tanto por la protección como la eficiencia en el gerenciamiento: la “gran propiedad” como una característica común del paisaje gálico fue tal vez un desarrollo del temprano siglo quinto (Cf. Drinkwater, 1983, p. 174ff., 1989b, p. 146f.; Wickham, 1984, p. 23f.). En semejantes circunstancias, contrariamente a lo que debiera haber ocurrido en un tiempo de despoblamiento rural, la competencia creciente por el trabajo habría sido acompañada por una ascendente demanda por tierra, planteando un posterior problema para los terratenientes. Yo sugeriría que esta podría ser la explicación para la difícil situación tanto de los medianos propietarios de Salviano –forzados a entregar sus lotes– como de su pequeña nobleza –sus “viudas” y “huérfanos”, que representan los miembros más vulnerables de la clase curial ya cargada con el peso de las responsabilidades fiscales impuestas sobre ellos por el gobierno imperial (Gagé, 1971, p. 402)–, cuyas propiedades ahora eran víctimas de actividades expropiatorias, el latrocinium, de los muy ricos (Cf. Querolus p. 17, 11. -10, ed. Ranstrand). Según este argumento, podemos entender bien los movimientos de población en dirección opuesta a la que ya ha sido discutida, fuera de semejante presión. Una migración como esta hubiera requerido iniciativa, planeamiento y algún grado de propiedad transportable. No era, por lo tanto, una libre opción disponible para simples campesinos, quienes, tanto psicológica como económicamente, habrán estado ligados a la propiedad de la tierra que cultivaban (Fustel de Coulanges, 1885, p. 41; Le Roy Ladurie, 1987, p. 9), y que, como coloni, eran de todas maneras altamente requeridos. Sin embargo, esta era una elección abierta a aristócratas menores y medianos propietarios. Estos podían escaparse hacia los bárbaros, donde la propiedad y la educación podían asegurarles un lugar en la sociedad, o hacia los Bacaudae: debemos notar que del único bagauda del siglo quinto del cual sabemos algo en detalle es Eudocio, un doctor en medicina (Chron. Gall. 452, 133). En este punto, sin embargo, este segundo modelo tropieza con dificultades, ya que no explica quiénes eran en realidad Bacaudae y, en particular, cómo podría concebirse que ofrecieran una confortable salvación para los medianos propietarios refugiados.

    Lo que está claro a partir de Salviano es que los Bacaudae se encontraban en áreas que no estaban ni bajo control bárbaro ni romano. Por otro lado, ya que él dice que los Bacaudae vivían “como bárbaros”, podemos asumirtal como ha propuesto un número de académicos (por ejemplo Gagé, 1971, p. 407)– que los Bacaudae habían creado sus propias comunidades ordenadas. Sobre estas bases, me parece que hay tres posibles vías para que tales comunidades hayan existido:

    •  Los refugiados mismos, junto con sus dependientes libres y serviles (Cf. Samson, 1992, p. 224), crearon su propia salvación moviéndose hacia tierras buenas y abandonadas ahora más allá de los límites efectivos de la administración romana. Al hacer eso, pueden haber provisto liderazgo para las poblaciones indígenas rurales abandonadas por los agentes de las administraciones imperiales local y central. Una vez establecidos, pueden haberse juntado más tarde con otros de su tipo. Este modelo claramente se parece a mi explicación de las Bacaudae del siglo tercero.

    •  Los refugiados, con o sin sus dependientes, huyeron a áreas que estaban fuera del control romano directo, pero permanecieron bajo la autoridad de grandes aristócratas que habían decidido no moverse al sur con sus semejantes. Este segundo modelo no es muy diferente a la concepción de Van Dam del revival de los lazos de patronazgo comunitario (Cf. Halsall, 1992, p. 205f.), y puede verse como corroboración de su interpretación del pasaje del Querolus discutido más arriba; aunque en mi opinión todavía necesitamos una explicación de por qué tal actividad no era considerada ilegal. En cualquier caso, debemos ciertamente poner más atención al ascenso del señor de la guerra galo-romano tardío, y considerar en particular por qué en realidad escuchamos llamar tan tardíamente a tales individuos por nombre.

    •  Los refugiados se movieron a un área específica que, aunque nominalmente “romana”, tenía algo de la apariencia de un estado bárbaro a los ojos de aquellos en el sur.

    Este último modelo nos lleva a pensar otra vez en la Armórica. Incluso si descontamos la evidencia de Rutilio Namaciano y del Querolus, e ignoramos por el momento los comentarios de Salviano, la fuerte impresión dada por las fuentes remanentes que tratan de los Bacaudae tanto directa como indirectamente, es de continua desobediencia al orden romano, y una poderosa inclinación de parte de los habitantes de la Armórica a actuar por su cuenta, o en función de sus propios intereses, virtualmente a lo largo del siglo quinto (Dockès, 1980, p. 205). Esta actitud es todavía más interesante porque una similar resistencia al control central es detectable en esta región en los períodos medieval y moderno temprano, una dificultad que tuvo su origen en condiciones locales que militaron contra el ascenso de una gran aristocracia y promovieron entonces un cierto grado de igualdad social (Le Roy Ladurie, 1987, p. 148f., 153; Cf. Halsall, 1992, fig. 17.3). Es fácil imaginar cómo condiciones similares, combinadas con una resistencia al recolector de impuestos imperial, deben haber atraído refugiados desde la clase curial en esa temprana parte del siglo quinto; y aquí, por supuesto, nos aproximamos una vez más al pensamiento de E. A. Thompson.

    Hasta ahora, todo bien: ninguno de los tres modelos de comunidades externas propuestos más arriba pueden ser tomados como exclusivos; los tres juntos bien pueden haber operado en la Galia en la primera mitad del siglo quinto. Sin embargo, permanece el problema de cómo y por qué estos llegaron a llamarse “Bagaudicos”, en la medida en que, como ya he remarcado, hay fuertes motivos para creer que para este tiempo el término Bacaudae había sido aplicado a forajidos comunes (Drinkwater, 1989a, p. 201; Cf. Van Dam, 1985, p. 48f.). En pos de responder esta pregunta, me gustaría primero ampliar el alcance de esta discusión.

    No importa qué cosa elijamos hacer de los Bacaudae en detalle: el hecho mismo de su existencia es profundamente instructivo. Como alguien cuyo mayor interés hasta la fecha ha sido la historia de la Galia romana hasta el siglo cuarto, al tomar el siglo quinto que lo sucede he sido particularmente golpeado por una fuerte impresión de dislocación, sobre todo del espacio (Drinkwater, 1989a, p. 201; Cf. Shaw, 1984, p. 50; Samson, 1992, p. 227). En síntesis, aun cuando los educados contemporáneos pensaban que la “Galia romana” continuaba existiendo después de c. 407¸ yo no (Drinkwater, 1987, p. 255; 1989b, p. 152).

    La “Galia romana” fue la consecuencia de la presencia militar romana en el Rin: la frontera renana daba a la “Galia” su forma y significado (Cf. Elton, 1992, p. 175f.). En el siglo quinto, aunque allí habría habido cierta política general de continuidad para mantener el Rin (Cf. Elton, 1992), claramente la posición no era igual a la anterior. Específicamente, al oeste del río se desarrollaron fronteras internas más allá de las cuales el mandato imperial no funcionaba, y sobre las cuales podían buscar asilo los refugiados del orden imperial. La geografía política del país había cambiado, y ahora se parecía más estrechamente a aquella que había existido en la víspera de la conquista cesariana. Semejantes consideraciones son, a mi criterio, de principal importancia en cualquier estudio de la política imperial y militar del período. Para mantenerse a sí mismo, esto es, para protegerse a sí mismo y llenar su tesoro (Cf. Elton, 1992, p. 171), el Estado romano necesitaba recobrar tanto como fuera posible de los territorios perdidos. Era demasiado débil para pagar guerras indiscriminadas contra los bárbaros que se habían establecido –o estaban estableciéndose– en suelo romano; por lo tanto su estrategia obvia era, mientras intentaba limitar una mayor expansión bárbara, concentrarse en conseguir esas áreas que se habían deslizado del control romano pero que todavía no habían sido reclamadas por los germanos. Brevemente: en el norte al menos, los generales imperiales operaban una política no de “defensa”, o incluso de “vigilancia”, sino de una considerada reconquista.

    Siento que semejante motivación explica en efecto las campañas de Aecio y sus lugartenientes en el segundo cuarto del siglo quinto, cuando otra vez —aunque esta fue la última— el Estado romano fue capaz de ejercer nuevamente su poder al norte de la Provincia (así Wood, 1987, p. 252f., 257); y propondría que semejantes consideraciones también ayudan a un entendimiento más adecuado de la Bacaudae. Hasta este período, los miembros de las comunidades “externas” sugeridas más arriba bien podían no haberse considerado a sí mismos en rebelión directa contra Roma. Probablemente ellos se pensaban como “romanos”; incluso podían haber continuado reconociendo la autoridad del emperador occidental, aunque en sus propios términos; pero ciertamente no se habrían llamado a sí mismos ‘Bacaudae’. Sin embargo, cuando se hizo el intento de reintegrarlos plenamente dentro del Imperio Romano, se resistieron –incluso por la fuerza cuando fue necesario– con la ayuda de sus dependientes, libres y esclavos. En suma, esta gente fue la que actuó para impedir la frustración de sus esperanzas, no los campesinos del sur. Esta es la manera en la que interpretaría la rebelión de Tibatto; y sugeriría que él podría haber sido ayudado en su empresa por los armoricanos, temerosos del renacimiento del poder imperial. Las autoridades romanas llamaban a quienes estaban envueltos en esas resistencias rebelles… perditi (Salviano, De Gub. Dei .24); o, más coloquialmente, “bandidos” –Bacaudae.


    6: Las Bacaudae de la Galia del siglo V is shared under a CC BY-NC-SA 4.0 license and was authored, remixed, and/or curated by J.M. Drinkwater, Traducción: Dr. Diego Santos, Revisión: Dr. J. F. Drinkwater.