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2.8: Negocios y comercio

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    Las vasijas como evidencia para el comercio

    “La cerámica puede ser representada como una especie de espía, o un síntoma de una realidad mucho más compleja” (Pucci, 1983, p. 106). La cerámica es el material manufacturado abrumadoramente más abundante que sobrevive de la Antigüedad. Esto le da una importancia particular en los estudios arqueológicos de la economía antigua, y una que es desproporcionada con respecto a su valor real en la sociedad romana (Carandini, 1983; K. Greene, 1992; Peacock, 1982). Con la ayuda de la mejora de los estudios de caracterización, los orígenes de muchas formas distintivas de cerámica son ahora conocidos, su distribución puede ser rastreada y su presencia local evaluada cuantitativamente (W. V. Harris, 1993a). Es más incierto lo que podemos probar de los patrones de distribución solamente, en especial donde es sospechoso que la cerámica haya sido comerciada aprovechándose de productos arqueológicamente menos visibles.

    El estudio de las ánforas ofrece el potencial más grande para entender el comercio romano, ya que los recipientes son representativos del comercio de sus contenidos (Amphores, 1989; Peacocky Williams, 1986). En muchos casos un producto particular puede ser adscripto a una forma distintiva de ánfora (aceite de oliva para el Dressel 20, vino para el Dressel 1, etc.) Los estudios de cerámica regional suministran modelos que también están empezando a demostrar las conexiones locales y de larga distancia de varios sitios y cómo estos fluctuaban con el tiempo (Fulford, 1989; P. Reynolds, 1995). Las cantidades de ánforas conocidas que han sido enviadas son impresionantes. Monte Testaccio, por ejemplo, se estima conservadoramente que representa cerca de 60-80 millones de ánforas de oliva. Muchos grandes restos de ánforas de vino italiano dragados del lecho del Ródano en el siglo diecinueve han sido estimados en más de 100.000 vasijas (Tchernia, 1983). La investigación reciente también ha hecho hincapié en un aumento masivo durante el período romano en la producción y comercio de productos pesqueros, incluyendo las celebradas salsas de pescado descompuesto (Ben Lazreg et al., 1995; Curtis, 1991a, b).

    El volumen total de manufacturas y sus patrones de distribución son extremadamente impresionantes. Sobre todo, por la evidencia de actividades de larga escala, muy por encima de las necesidades de subsistencia de personas o comunidades muy encerradas en sí mismas. Los hornos del primer siglo d.C. en La Graufesenque, en el suroeste de Francia, aparentemente pueden dar cabida a 30.000 recipientes de alta calidad en una sola cocción y millones de estos vasos estuvieron evidentemente distribuidos en todo el imperio occidental durante el período de funcionamiento del lugar (Peacock, 1982, p. 114–28). Un contrato de arrendamiento de un taller de cerámica en Egipto especifica la producción anual de15.000 ánforas con una capacidad total de cerca de 100.000 litros de vino por parte del alfarero para el propietario del predio (Cockle, 1981).

    Mecanismos

    Los imperativos geográficos, políticos y sociales del imperio romano contribuyeron a una serie de peculiaridades económicas. Podríamos conceptualizar esto en términos de una política económica que funcionaba junto a una economía social, que era intercalada a su vez con una verdadera economía de mercado. La política económica era principalmente producto de la necesidad de extraer excedentes del imperio y sustentar los mecanismos del Estado. Estos incluían asegurar el aprovisionamiento de alimento de la ciudad de Roma y del ejército (la annona), explotando los recursos minerales para sostener el sistema monetario, y obtener y transportar materias primas para embellecer la capital –notablemente de la expansión de las canteras imperiales para una serie de piedras decorativas. Aunque Roma proclamaba un monopolio sobre recursos minerales significativos y fuentes de mármol y granitos decorativos, y tenía acceso a volúmenes sustanciales de alimentos de tierras estatales y propiedades imperiales, o de impuestos en especie, los gastos de explotar estos recursos y de transportar los productos a lo largo de distancias enormes hacia el destino elegido hubiera desafiado la lógica económica normal. Este era un sistema de intercambio redistributivo operando a gran escala (Aldrete y Mattingly, 1999). Por ejemplo, las columnas monolíticas de granito de hasta 200 toneladas fueron extraídas de la cantera en Mons Claudianus, en el desierto egipcio oriental, y luego transportadas más de 120 kilómetros por tierra hasta el Nilo y después hacia Roma (Maxfield, 2001). La infraestructura para sostener esta extraordinaria operación, que involucraba asentamientos permanentes en las canteras, la confiscación de enormes cantidades de animales de tiro, la construcción de botes especiales, etc., solo podía haber sido realizada por un Estado como el de Roma (Adams, 2001). El funcionamiento de la política de la annona y de la extracción y transporte de metales y piedra representa así una enorme anomalía en la economía romana. Es claro que algunas evidencias arqueológicas del desplazamiento de bienes de larga distancia por el mundo romano pueden ser relacionadascon esta economía política, que subsidiaba o financiaba los costos de transporte (A. Kolb, 2002).

    El ejército romano era otra institución con una forma de funcionamiento económico singular que lo apartaba del resto de las sociedades provinciales (Erdkamp, 2002). El ejército tenía una compleja red de contratos de suministros, a menudo operando a través de los límites provinciales (Carreras Montfort, 2002; Whittaker, 1994, p. 98-131). La evidencia de tablillas preservadas del fuerte de Vindolanda en el norte de Britania de finales del siglo primero

    d.C. ha facilitado muchos elementos de las operaciones de los intendentes militares y los especialistas en suministros –los beneficiarii (Bowman, 1994; Carreras Montfort, 2002, p. 77–9, 82–7; Remesal Rodríguez, 2002). En una tablilla, un cierto Octavio le escribe a Cándido acerca de una variedad de ofertas que está comercializando –concernientes al grano, piel de animales y artículos de cuero (Tab. Vindol. II. 343). El ejército era un comprador en efectivo a gran escala y los contratos eran completados en tres niveles: la localidad inmediata de un fuerte, dentro de la provincia y de fuentes extra provinciales. El movimiento de bienes de larga distancia tal vez era más común de lo que puede imaginarse, ya que el comercio de bienes en virtud de contratos militares no estaba sujeto a los aranceles del comercio interprovincial (aunque el Estado evidentemente tenía que vigilar en forma estrecha las prácticas deshonestas de los comerciantes que pretendían también exenciones para las cargas adicionales). La similitud de los materiales transportados a Roma y a las guarniciones del ejército y la estrecha relación de los controles administrativos (en la medida en que se pueden discernir) sugiere plausiblemente que el abastecimiento militar también estuvo bajo la supervisión total de la praefectura annonae desde una fecha temprana (Remesal Rodríguez, 2002). El impacto potencial de la red de abastecimiento militar en la organización económica y el desarrollo de las provincias fronterizas como Britania es cada vez más reconocido, a pesar de las limitaciones de las evidencias (Fulford, 2004). Sin embargo, es también evidente que el comercio de libre mercado floreció junto a la economía imperial, especialmente en las provincias centrales del imperio. Esto puede verse en parte en el transporte de larga distancia y en la amplia distribución de muchos bienes a centros que no eran la ciudad de Roma y las fronteras militares principales. Era esta una extensa economía comercial, sostenida por el poder de compra representado por muchas ciudades romanas. Las relaciones mercantiles sobrepasaban las fronteras imperiales, por ejemplo, hacia India y China en el Oriente y el África subsahariana en el sur.

    Algunas veces se ha asegurado que el comercio de larga distancia romano era sobre todo de lujo, y que los alimentos básicos y los artículos de bajo valor intrínseco raramente podían circular más allá de 50 millas de alcance desde donde eran producidos. Sin embargo, hay una gran cantidad de evidencia arqueológica para contradecir esta hipótesis sobre los costes de transporte en el mundo romano. Los frecuentes restos de naufragios de vasijas de cerámica de baja calidad y valor son un ejemplo de ello (Pucci, 1983, p. 110-11). Existen dos explicaciones posibles y ambas pueden haber contribuido al modelo observado. Primero, el sistema de annona no tenía que cumplir con las reglas normales de racionalidad económica y podría implementar la transferencia masiva de grano desde Egipto a Roma o de aceite de oliva desde el sur de España hasta Britania (Carreras Montfort, 2002). La segunda posibilidad es que la existencia de un núcleo de comercio “vinculado” en virtud de contratos estatales tenía un efecto mucho más generalizado, que subsidiaba el transporte de otras mercaderías y estimulaba la demanda en los mercados civiles. Los modelos de distribución de una gran cantidad de productos se extendían mucho más allá de las rutas de aprovisionamiento principales que se dirigían a la ciudad de Roma o a los principales mercados militares.

    ¿Quiénes eran estos comerciantes y transportistas del mundo antiguo? Ya señalamos la distancia social que los senadores romanos establecían entre ellos y esta actividad, pero hay evidencias que demuestran que había fortunas hechas en el comercio, y en todo caso en las provincias algunos mercaderes eran personas prominentes (Giardina, 1993; W. V. Harris, 2000; Paterson, 1998). No todos eran arquetipos del “liberto rico”, infame en el Satiricón de Petronio. Incluso si las fuentes literarias son relativamente silenciosas sobre los mercaderes, la evidencia sobrevive bajo la forma de inscripciones públicas y anotaciones pintadas (titulipicti) de bienes comerciales. Por ejemplo, el colegio de los augustales en Misenum alcanzó la cifra de más de 100 miembros, indicando la importancia de los ricos comerciantes libertos en esa ciudad portuaria (D’Arms, 2000).

    Mi opinión global de la economía imperial romana es que era extraordinaria para los estándares del mundo preindustrial, más notablemente en términos de su escala. Sin embargo, era una institución muy imperfecta y heterogénea (y muchos de los argumentos de los primitivistas son acertados en este sentido). No obstante, consiguió un crecimiento y creó un nivel de integración regional, o al menos de interconexión, que la distingue de otras economías antiguas. El rol de la regulación estatal era de gran importancia en muchas áreas, pero desde que los romanos tendían a gestionar por medio de personas privadas y compañías (como licencias de propiedades y minas, fleteros y contratistas), la estructura resultante era un colorido mosaico de actividad comercial libre y vinculada.


    2.8: Negocios y comercio is shared under a CC BY-NC-SA 4.0 license and was authored, remixed, and/or curated by David Mattingly, Traducción: Dr. Diego Santos, Revisión: Dr. Sergio González Sánchez.