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1.3: Despegándose- la pérdida de cohesión de la elite

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    51558
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    El ataque de Gruen a la mirada histórica a posteriori es refrescante e iluminador. En las páginas que siguen escucharemos muchos ecos de sus poderosos desafíos a la sabiduría convencional sobre el fin de la república romana. Aun así es difícil seguirlo muy estrechamente en su afirmación de que la guerra civil cesariana fue en esencia un “accidente” de opciones humanas con consecuencias históricas mundiales. Mientras Gruen puede estar en lo cierto al dirigir nuestra atención a la notable demostración de vigor con que en el 52 el senado y Pompeyo retiraron a la república del caos que había prevalecido por más de una década, es también difícil dar crédito a la sugestión de que si el tribuno Curio o César mismo solo hubieran actuado más diplomáticamente en 50-49, la república podría haber durado mucho más. Montesquieu tenía razón cuando escribió: “Si César y Pompeyo hubieran pensado como Catón, otros hubieran pensado como César y Pompeyo” (Montesquieu, Consideraciones sobre las causas de la grandeza y decadencia de los romanos, cap. 11). Y no es evidentemente obvio por qué la república pudo sobrevivir al daño causado por Sila, Mario, y Cinna en los 80, incluida la captura militar tripartita de la misma ciudad y los numerosos baños de sangre de senadores, “caballeros” y ciudadanos comunes, pero no a las guerras civiles de los 40, a menos que fuera porque el sistema político estuviera en un estado mucho más debilitado en esta segunda vuelta. Esta vez no habría una reconstrucción de la amplia redistribución del poder que caracterizaba al viejo senado y al pueblo de Roma, y después de un breve y anárquico hiato en 44-36, el proceso de concentración prosiguió hasta que devino en un único princeps, Augusto.

    Aquí nuestra temprana definición del período puede ser invocada con utilidad. La “caída”, “colapso”, o incluso simplemente “el fin de la república” son frases taquigráficas frecuentemente útiles, pero que tienden a estimularnos a pensar acerca del fenómeno como si fuera susceptible a la misma clase de análisis que aplicamos a un discreto evento histórico, esto es, un examen de los motivos y planes de actores históricos individuales dentro del contexto de los específicos factores políticos, sociales y económicos que ayudan a formar sus decisiones. Estos factores nunca pueden ser considerados totalmente determinantes, y por lo tanto los eventos nunca pueden ser vistos como consecuencias completamente inevitables de ellos. Pero si lo que en verdad significamos por medio de estas frases, como fue argüido con anterioridad, es un proceso histórico a largo plazo (la “transformación de la república”), esto no puede ser encapsulado dentro de un evento específico —ni siquiera la guerra civil cesariana—y entonces no puede ser analizado con éxito en esos términos. Una explicación de la transformación de la república no puede ser reducida en gran parte a un análisis de los motivos, estrategias y resultados, previstos o no, de los principales agentes políticos en el desarrollo de la crisis del año 50.

    Una perspectiva más amplia sobre el problema debe comenzar con la venerable y autorizada tesis de que la república “cayó” como un resultado bastante directo de adquirir su imperio. Dos de los fundadores de la teoría política moderna, Niccolò Machiavelli (1469-1527) y Charles-Louis de Secondat, barón de Montesquieu (1689-1755), meditaron largamente sobre la historia de la república romana y las lecciones que, pensaban, podía ofrecer. Para explicar el fin de la república los dos percibieron en última instancia una fatal inconsistencia entre las instituciones de la república como una ciudad-Estado y su administración de un enorme imperio: grandes ejércitos en lugares remotos fueron encargados por largos períodos de tiempo a aristócratas competitivos, hacia quienes –como sus comandantes– los soldados dirigían cada vez más sus lealtades, en vez de hacia el senado y el pueblo.4 Si recordamos las carreras de Mario, Sila, Pompeyo y especialmente César, su argumento parece plausible, tal vez incluso evidente. Pero debajo de esas aparentemente obvias y tradicionalmente reconocidas verdades a menudo merodean supuestos cuestionables, aunque en general no cuestionados. Hasta el siglo XX todavía parecía axiomático, como lo era para Dion Casio (44.2) en el tercer siglo d.C., que solo los gobiernos monárquicos podían gobernar grandes Estados con éxito; uno puede razonablemente preguntarse si esta gran lección de historia no ha sido “leída dentro” del ejemplo romano, como muchos han deducido de ella.5 La afirmación –comúnmente hecha pero raramente, si alguna vez, demostrada en detalle– de que la república romana se fue a pique por una contradicción fundamental entre el imperio y las instituciones de la ciudad-Estado6 es simplemente la versión moderna de una crítica tradicional. Esto no la hace, por supuesto, errónea; pero ciertamente invita a examinarla concuidado.

    En la erudición de habla inglesa de décadas recientes la versión más influyente del argumento de que la crisis de la república fue una consecuencia de su conquista de un imperio exterior en los siglos segundo y primero fue formulada por Brunt en su ponencia capital de 1962: “El ejército y la tierra en la revolución romana”7. La conscripción por continuas guerras en el exterior, argumentaba Brunt, arruinó a los pequeños campesinos de Italia, mientras que las ganancias de sus victorias fluían mayormente hacia los bolsillos de la clase gobernante romana, que las usaban para comprar granjas en bancarrota y convertirlas en vastos estados trabajados por esclavos a los que estas mismas victorias habían hecho baratos y abundantes. El resultado transformó la economía agraria de Italia y creó una amplia clase de pobres sin tierra en el campo, mientras el número total de habitantes libres disminuía porque su pobreza les impedía el matrimonio y la crianza de niños (ver especialmente Hopkins, 1978, p. 1-98). Una serie de reformadores –comenzando por Tiberio Graco– buscó aliviar su yugo con varias demandas de reforma agraria, pero el acontecimiento que los hizo un instrumento de cambio político fue la decisión de Mario de abrir las legiones a estas personas ignorando el tradicional requerimiento de propiedad para el servicio militar. Subsecuentes generales lo siguieron, particularmente durante la crisis de la guerra social, hasta que las legiones de la tardía república contuvieron una alta proporción de gente no propietaria de tierras y sin ningún interés en el statu quo. No es que ellos se inclinaran hacia la revolución; simplemente querían mejorar su suerte en la vida. Pero esto los tornó abiertos a los llamados de lealtad y apoyo de algunos de los políticos que los comandaban, como Sila y César, quienes, encontrándose superados en la arena política por sus oponentes, buscaron continuar la lucha “por otros medios” con la ayuda de sus ejércitos a cambio de promesas, explícitas o tácitas, de riqueza y tierra.

    Muchos elementos de esta reconstrucción han estado bajo fuego en años recientes. Que las guerras exteriores de la segunda centuria hayan arruinado a la mayor parte o incluso a muchos de los soldados que las peleaban parece cada vez más improbable. Ciertamente, los informes arqueológicos en el campo han fallado en confirmar una gran declinación en el número de pequeñas granjas en Italia durante este período, y recientes estudios han argumentado que los académicos han sobrestimado grandemente tanto la preponderancia de los latifundios como el número de esclavos que trabajaban en ellos. Puede ser que, contrariamente a visiones previas, los requerimientos de mano de obra romana para sus guerras exteriores no fueran inconsistentes con los modelos tradicionales de la vida agrícola italiana. Entonces los efectos de estas guerras sobre el campesinado italiano del cual los ejércitos eran reclutados en la segunda centuria no fueron casi negativos, y sí mucho más complejos de lo que previamente se había pensado (Rosenstein, 2004). En general, el número de habitantes libres de Italia parece haberse mantenido en alrededor de cuatro millones durante los dos últimos siglos de la república o incluso pudo haber crecido durante este período de forma saludablemente rápida.8 Pero si todo eso fue así, invita a una obvia y crucial pregunta: si las consecuencias domésticas de la adquisición de un gran imperio por la república en la segunda centuria no arruinaron a la población rural de Italia, entonces ¿qué causó la pobreza y el desposeimiento y los consecuentes llamados a la reforma agraria durante la tardía república? Posiblemente el aumento de población continuó a lo largo de todo el período, de manera tal que puede culparse a las presiones demográficas. Pero para un creciente consenso de opiniones esto es tan poco probable como la estabilidad a largo plazo en el número de italianos libres. Puede ser que la pobreza rural que vemos en este período haya surgido de un lapso mucho más corto y por causas más transitorias que las pensadas usualmente, por ejemplo, la devastación y las confiscaciones que estuvieron presentes tanto en la guerra social y las dos guerras civiles de los 80 o la crisis de deudas de los 80 hasta mediados de los 60 (Gruen, 1974, p. 425-7; cf. Giovannini, 1995). O tal vez había mucha menos pobreza en el campo que la que nos han llevado a creer los poderosos retóricos y las intensificadas pasiones que asistieron a las propuestas de reforma agraria; quizá estas en realidad estaban dirigidas fundamentalmente a la población urbana de Roma (que incluía a los recientes inmigrantes a la ciudad), como las fuentes antiguas algunas veces claman9 y una más temprana generación de académicos acepta.

    El poder especial de la tesis de Brunt derivaba del estrecho lazo que forjó entre la agitación por la tierra en la tardía república y una erosión de la lealtad de los grandes ejércitos de la república tardía hacia el sistema político republicano. Aun así esto demuestra también, bajo examen, que se funda en poca evidencia positiva. Los apoyos claves de ese nexo causal fueron las hipótesis de que el modesto requerimiento de propiedad para gozar del estatus de un assiduus y así ser elegible para el servicio militar fue incesantemente bajado en el tardío siglo tercero y el segundo a medida que el fondo de campesinos no indigentes disminuyó, y que Mario rompió decisivamente el lazo entre riqueza y servicio militar enrolando a los pobres sin propiedad (proletarii) para su campaña contra Jugurta en 107; esto supuestamente estableció el modelo posterior y abrió el camino para la formación de ejércitos reclutados en su mayor parte entre los muy pobres, que sirvieron mayormente con la esperanza de progreso material y buscaron a sus comandantes más que al senado para satisfacer este objetivo. La primera reivindicación –aquella relacionada con el estatus de assiduus–, sin embargo, se ha mostrado que depende de una argumentación circular, mientras que la segunda –que el precedente de Mario en 107 fue seguido más o menos a posteriori– parece ser una extrapolación debatible de un único incidente conocido.10 De cualquier forma, en el tercer y más importante punto simplemente no sabemos si de hecho los pobres y los sin tierra constituyeron la mayor parte de los legionarios de la tardía república (ver ahora Lo Cascio, 2001, p. 126). En la medida en que las consecuencias sociales y demográficas que Brunt y otros antes que él sacaron de las guerras de fines del siglo tercero y segundo no parecen estar fundadas firmemente, no parece ya una verdad evidente que un disminuido conjunto de assidui y una resistencia general a la conscripción llevara al reclutamiento de la leva de pobres, “exactamente la clase menos apta para asegurar la exención por sobornos o favores” (Brunt, 1971a, p. 410).

    Más aún, el mismo Brunt, cuando argumentaba contra la noción común de que las legiones tardorrepublicanas eran esencialmente “ejércitos clientelares”, reconocía que no podía presumirse como una regla que estos ejércitos fueran simplemente desleales a la república (Brunt 1988c, p. 257-9). Podemos ir más allá y notar que, a pesar de que prevalece la idea de un “ejército personal” tardorrepublicano, ningún ejército que se lanzó a la guerra civil puede mostrarse tomando su curso revolucionario por desafección hacia la república o por las esperanzas de ser recompensado con concesiones de tierra. Es muy citado en este sentido el motivo que Apiano atribuye al ejército al cual Sila llamó a defender su dignitas marchando sobre Roma: “estaban deseosos de la campaña contra Mitrídates porque parecía ser redituable, y pensaban que Mario podía reclutar otros soldados para ella en su lugar” (App. B.Civ. 1.57). Se observa que Apiano no dice aquí nada sobre las expectativas de concesiones de tierra o de la potencial capacidad de Sila de obtener lotes para sus tropas, sino que se refiere en cambio a la expectativa de un rico saqueo –un incentivo completamente tradicional y vigoroso para la acción militar registrado al menos tan atrás como el voto popular para la guerra con Cartago en 264 (Polib. 1.11.2).11

    En tiempos de una profunda crisis, la legitimidad republicana en sí misma estaba fragmentada más que directamente negada, y bien podía ser que los soldados que efectuaban estas luchas –que en última instancia establecieron la dominación personal de César y después de Augusto– estuvieran motivados por su entendimiento de dónde predominaba esa legitimidad fragmentada así como el botín material que se cruzaría en su camino con la victoria (Cf. de Blois, 2000, p. 22, 29-30). Esto es bastante evidente en las dos notorias “marchas sobre Roma”, de Sila en 88 y César en 49. Los académicos continúan estando profundamente conmocionados por la desinhibida cita de su herida dignitas por parte de Sila y César –“dignidad”, por lo tanto aproximadamente “honor”– como una justificación para sus contra ataques hacia aquellos que habían intentado destruirlos, y casi igualmente, por la aceptación de sus ejércitos de este grito de batalla. Aun así el respeto y el honor debidos por la comunidad a la dignitas personal, basada sobre logros o promesas de logros para la comunidad, yacen en el corazón mismo del sistema republicano.12 Un rotundo asalto a la alta dignitas –como la expulsión armada de la ciudad de ambos cónsules por el tribuno P. Sulpicio después de deponer de su magistratura al colega de Sila, Q. Pompeyo Rufo, en una asamblea revoltosa– era como tal una grosera violación a las normas republicanas que ya en sí misma ponía en duda dónde residía verdaderamente la legitimidad, dejando de lado el uso ultrajante de la violencia por parte de Sulpicio en la asamblea, que había provocado la muerte del propio hijo de Pompeyo. Los soldados de Sila podían haber sentido que sus propios intereses materiales coincidían con aquellos de la república, puesto que, después de todo, ellos estaban defendiendo a los cónsules del pueblo romano (a quienes habían dado el juramento militar de obedecer), no rebelándose contra el senado, encogido de miedo e intimidado como estaba por “tiranos” (App. B Civ. 1.57).13 Lo mismo se puede decir de la reacción del ejército de César a la virtual declaración de guerra emitida el 7 de enero del 49 por el senado, a pesar de sus extraordinarios logros (como eran vistos) en beneficio de la república.14 Los primeros capítulos de las guerras civiles de César, con su convincente retrato de un senado extremadamente cobarde intimidado por los amenazantes enemigos de César, dan una buena idea de cómo el asunto puede haberse presentado a estos hombres: un ataque por una viciosa facción hacia un héroe popular y militar cuyos servicios a Roma eran insuperables, exacerbado por un grueso insulto al tribunado, no era meramente una querella personal.15 Si la observación de Brunt de que “sin su ejército César no podría haber conquistado la Galia ni deponer la república” es autoevidente, la réplica de Gruen: “ni siquiera los soldados de Julio César marcharon hacia Italia con la intención o el deseo de derribar la república romana” (Brunt, 1968, p. 229; Gruen, 1974, p. 384) parece igualmente verdadera.

    Tal vez, incluso, marcharon para salvarla. La disputada elección presidencial de Estados Unidos del 2000 es una saludable lección reciente de cuán rápidamente lo que era una vez impensado podía ser contemplado, cuando cada lado en una crisis política siente que el otro ha violado las normas fundamentales del sistema y así se fuerza a sí mismo –a través de su dedicación a su interpretación de ese sistema más que a su desafección– a “salvarlo” por métodos cada vez más dudosos. Que este cálculo de interés personal pueda a menudo coincidir con semejantes razones cívicas sorprenderá poco. Los ejércitos de Sila y César deben haber esperado beneficiarse materialmente por sus acciones, como siempre lo habían hecho los soldados cuyas victorias habían servido a la república. No es necesario que haya habido una contradicción en sus mentes.

    Lo que emerge, entonces, es un marcado proceso de fragmentación de la legitimidad, en el que la república pudo ya no ser más asociada irreflexivamente con el senado contemporáneo sino que pudo ser vista como incorporada a personas –el procónsul y tribuno ocasionales– que estaban al menos temporalmente en desacuerdo con el senado. Pero esto no es lo mismo que una desafección hacia la república. De hecho, justamente lo opuesto: la pérdida del (casi) monopolio de la legitimidad republicana del senado era totalmente consistente con el continuo estatus monopólico de la idea y tradiciones de la república como costumbres ancestrales codificadas (mosmaiorum). Los adversarios del senado en ningún momento exigieron su abolición o derrocamiento sino que denunciaron la respetabilidad (y así la legitimidad moral) de su actual liderazgo, y clamaron por un retorno a la receptividad paternalista del liderazgo senatorial hacia las demandas y necesidades populares que eran el principio fundamental de la tradición republicana.16 La mejor evidencia que poseemos de las actitudes políticas de la plebe urbana –los discursos dirigidos al pueblo en el foro (contiones)– sugieren que incluso ellos, que están comúnmente representados en los relatos modernos como los más desafectos de todos, continuaban abrazando las tradiciones políticas republicanas y favorecían a aquellos que más plausiblemente parecían encarnar esta tradición (Morstein-Marx, 2004, especialmente p. 279-87). El poder de esta tradición, continuamente reforzada para los ciudadanos en oratorias masivas y rituales cívicos como la elección, era tal que ningún modelo alternativo de organización estatal visto en la historia reciente parece haber sido realmente concebible –por cierto, no el degradado espectáculo de la monarquía tardohelenística.

    Sin duda, la fragmentación de la legitimidad de la república tenía muchas causas y factores contribuyentes que merecerían un análisis cuidadoso en un futuro trabajo, y no puede ser enteramente elaborado aquí. Pero deseamos resaltar un punto importante que parece sobresalir claramente. Ya en el 133 la sorprendente cohesión del orden senatorial fue hecha pedazos, primero por la ley agraria de Tiberio Graco y después aún más por las circunstancias de su aprobación; esta explosión dividió a la elite y lanzó sus partes hacia los dos poderes básicos en Roma –el senado y el pueblo– y sobre sus correspondientes y ahora frecuentemente opuestos principios legitimadores. De allí en más, la elite romana se dividió con frecuencia frente a las mayores controversias, muchas o la mayoría de las cuales eran precipitadas de alguna manera por problemas y responsabilidades imperiales (los italianos, Mitrídates, tierra para los veteranos, los piratas, Galia). Sin embargo, la fuente alternativa de poder explotada por aquellos individuos o facciones que asumían –o eran forzados a hacerlo– una oposición contra los que conformaban su voluntad a la del senado, fue inicialmente el pueblo en sus encuentros públicos (contiones) y votando asambleas. La real utilización de la milicia como una fuente alternativa de poder para sus poderosos comandantes no aparece verdaderamente hasta más de cuatro décadas después de Tiberio Graco en los 80 (Mario en 107-100, como mucho, sugirió el camino). Esta observación lanza más dudas sobre la tradicional afirmación de que la república “cayó” por la inhabilidad de una ciudad-Estado para refrenar a sus arrogantes comandantes provinciales –el todavía popular corazón del argumento de Maquiavelo y Montesquieu. Así, fue un factor relativamente tardío y secundario el que aumentó las apuestas enormemente, pero fue más consecuencia que causa de la división de la elite.

    Es con seguridad hacia comienzos y mediados de la segunda centuria el período que necesitamos observar más estrechamente para buscar los factores que resaltaron la potencialidad para la división de la elite hasta el nivel inflamable al que llegó en 133. Notoriamente, los escritores antiguos pusieron su dedo en dos causas subyacentes por las que persistieron en ver enesencia un colapso moral17: la enorme afluencia de riqueza hacia Italia y Roma, y la remoción de la última directa y plausible amenaza a la dominación hegemónica de Roma de su base mediterránea. Aunque sus análisis en detalle suenen pintorescamente moralizantes para el oído moderno, sería difícil disputar con el punto esencial de que la victoriosa marcha de las armas romanas del estrecho de Messina en 264 a la cartaginesa Byrsa en 146 produjo una concentración de riqueza y poder en manos de la elite romana que no pudo sino aflojar o incluso hacer saltar las restricciones que desde hacía tanto habían operado sobre la conducta aristocrática. Lo que los historiadores romanos como Salustio y Livio diagnosticaban –en el lenguaje que tenían a su disposición– como colapso moral, un historiador moderno con inclinación sociológica podría describirlo como un incremento del individualismo y una relajación de las restricciones sociales que generaciones anteriores, enfrentadas repetidamente con crisis militares que comenzaron en el siglo V y se extendieron hasta la guerra de Aníbal, habían impuesto sobre ellos frente a las exigencias de la autopreservación. Un mundo amenazador y peligroso forzó a la aristocracia a volverse no solo agresiva y militarista sino también extraordinariamente disciplinada. Aunque las crisis militares no cesaron con la destrucción de Cartago en el 146 –solo las más urgentes fueron la invasión de los cimbrios y los teutones y la guerra social– sí cesó la voluntad de los aristócratas de imponerse restricciones a sí mismos, lo que llevó a una escalada de violencia en espiral y a una transgresión de las reglas no escritas del juego político. Además, la desigual concentración de poder y riqueza en la elite, que dependía de su acceso a los ejércitos y a las provechosas asignaciones militares, o contratos públicos, debe en sí misma haber alterado el equilibrio del cual dependía la cohesión social. La elite no era enteramente inconsciente de estas tendencias—eso parece— a juzgar por la aparición de leyes suntuarias, límites de edad para la tenencia de cargos, cortes extorsivas, y las sucesivas batallas judiciales sobre triunfos y saqueos indebidos durante la segunda centuria.18Además, las causas para la disolución de la cohesión de la elite no pueden ser encontradas solo dentro de la elite. A menos que se descarte por completo el rol del pueblo en la república romana, se debe reconocer que la urgencia social, económica y el descontento político tenderían a impulsarlo hacia la conciencia de la elite política precisamente porque, en una aristocracia altamente competitiva, estos problemas ofrecían oportunidades para aristócratas individuales preparados para separarse de sus pares y para anticiparse a sus rivales explotando las causas populares. La división dentro de la elite fue en esencia un dato durante los tiempos de gran tensión sociopolítica, comociertamentelo fue al menos el período de 133.

    Aun sería más fructífero, e incluso más consistente con los modelos históricos en el Oeste, invertirla pregunta sobre “la división de la elite”. Porque la elite de la república romana muestra una fuerza a largo plazo, basada en una resistenciay disciplinaremarcables, que parece sin paralelo en la historia europea. Por 500 años o más, personas con los nombres Fabio, Claudio, Valerio y otros abastecieron al Estado, generación tras generación, con cónsules, sacerdotes y censores. Lo destacable no es que esta elite –cuyos impulsos competitivos fueron siempre, parece, muy desarrollados– eventualmente se volviera crónica y algunas veces violentamente polarizada, sino cómo una creación tan artificial como una elite cohesiva competitiva fue creada y sostenida por tanto tiempo. En una discusión centrada en el fin de la república es razonable hacer foco en la pérdida de cohesión, pero solo tendremos la perspectiva correcta si entendemos que la supervivencia de tan notable construcción social fue siempre tenue, y que nada parece más natural que su disolución mediante un cierto tipo de entropía histórica.

    ¿Por qué, finalmente, la gradual polarización y disolución de una elite anteriormente cohesiva implicó la concentración del poder en manos de una persona, el paso decisivo en el pasaje de la república al principado? Polibio, en su famosa doctrina del “ciclo” repetitivo (anakyklosis) de las constituciones de la monarquía a la aristocracia a la democracia y vuelta otra vez, aparentemente había predicho un tipo de interludio democrático (6.57.9), que, a pesar de Tiberio y Cayo Graco (o Clodio), nunca surgió verdaderamente en Roma. Una alternativa más plausible, que emerge a simple vista después del 43 con la batalla de Filipos y un más inestable “segundo” triunvirato (con Sexto Pompeyo incluido en buena medida), es un descenso hacia el caudillismo. Que esto fuera evitado mediante los triunfos marciales de Octavio y Marco Agripa en Naulochus en el 36 y en Actium en el 31 puede haberse debido a meras contingencias de decisiones personales y oportunidad, pero sería dificultoso negar que el continuo poder de la tradición política romana y la ininterrumpida concentración de poder militar en Italia hizo casi inevitable que si el imperium unitario sobreviviría, entonces el caudillo que mantuviera Roma lo poseería finalmente. La paradoja de que un proceso de profunda fragmentación llevara al final a la monarquía es entonces solo aparente, aunque permanece como un logro remarcable que Augusto y sus sucesores fueran capaces de mantener la monarquía que él había creado.

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    4 Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, 3.24 (cf., sin embargo, 1.5, 1.37); mayor énfasis en Montesquieu, Consideraciones, especialmente cap. 9.

    5 Cf. Ungern-Sternberg (1998, p. 611-12). En los dos lados de esta cuestión, comparar Welwei (1996, p. 485-7) con Deininger (1980; 1998, p. 133-4).

    6 Por ejemplo, Bleicken (1995, p. 102-3): ‘‘hecho no disputado ahora por ninguno’’, desestimando Gruen (1974, p. 502-3). Sin embargo, ver también Eder (1996, p. 441-7).

    7 Actualizado en Brunt (1988, p. 240-80).

    8 Ver ahora también Scheidel (2004, p. 2-9),favoreciendo el estimado menor.

    9 Cic. Leg. agr. 2.70, Att. 1.19.4; Cass. Dio 38.1.3; cf. Morstein-Marx (2004, p. 129-30). Ver, sin embargo, App. B Civ. 1.13-14, 29-32 en las (más tempranas) leyes de tierras de Tiberio, Graco y Saturnino.

    10 Rich (1983, p. 328-30) acepta en términos generales que el precedente de Mario fue regularizado para el tiempo de la guerra social. Parece no haber evidencia firme.

    11 Que podemos ver en Rosenstein (2004, p. 222 n.191).

    12 Buenos comentarios sobre este problema en Bleicken (1995, p. 103-8). Ver, por ejemplo, Cic. Mil. 82: “un pueblo agradecido debería recompensar a los ciudadanos que se han ganado la gratitud del bienestar común (bene meritos de re publica civis)”, Dignitas: cf. Hellegouarch (1963, especialmente p. 397-411); sobre elecciones, ver Morstein-Marx (1998, p. 265-7).

    13 Es famoso que todos excepto uno de los oficiales de Sila (archontes) desertaron (App. B Civ. 1.57) –sin embargo, probablemente no un buen indicador de la opinión senatorial, desde que el término puede no incluir a los legados senatoriales, y en ningún caso sus reemplazos incluyeron miembros de las familias senatoriales establecidas (Levick, 1982).

    14 Cf. Cic. Prov. cons. 18-47; Caes. B Civ. 1.13.1; Suet. Iul. 30.4 (tantisrebusgestis, ‘‘a pesar de tan grandes logros’’) con Plut. Caes. 46.1.

    15 En su amplio estudio de los motivos de los adversarios en el estallido de la guerra civil, Raaflaub (1977) dibuja una línea muy aguda entre lo “personal” y lo “público”.

    16 Ver, por ejemplo, Cic. Sest. 137: ‘‘[Nuestros ancestros] previsto por el senado para proteger e incrementar la libertad y privilegios del pueblo’’ cf. Rep. 1.52.5: ‘‘el pueblo no debe ser llevado a pensar que sus privilegios están siendo descuidados por los varones principales’’ (un principio aristocrático que probablemente refleje el pensamiento romano).

    17 Ver Ungern-Sternberg (1982) y (1998) para un intento de integrar teorías antiguas de colapso moral en un análisis causal moderno.

    18 Gruen (1992, p. 304-5); Gruen (1995, p. 60-73); Brennan (2000, p. 168-72, 235-6). Sobre la regulación de la competencia aristocrática general en la república media, ver Rosenstein (1990).


    1.3: Despegándose- la pérdida de cohesión de la elite is shared under a CC BY-NC-SA 4.0 license and was authored, remixed, and/or curated by Robert Morstein-Marx y Nathan Rosenstein, Traducción: Dr. Diego Santos, Revisión: Dr. Robert Morstein-Marx.