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# 3.2: ¿Crisis total?

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Lo peor estaba aún por llegar: la derrota y el cautiverio de Valeriano en Persia, suceso que disparó una serie de usurpaciones y llevó al Imperio a un estado de guerra civil permanente; las grandes invasiones de los persas y los bárbaros que devastaron Siria, Asia Menor y las provincias del Danubio y la Galia, además de los grandes estragos de la plaga. Un punto de luz en este sombrío panorama fue que durante todos esos años el núcleo del ejército del Danubio –la fuerza de lucha más poderosa del Imperio– apoyó a Galieno, brindando así un mínimo de estabilidad que permitió que el poder central sobreviviera al período de mayor calamidad y, al concentrar el inmenso potencial del Imperio, diera lugar a la espectacular vuelta de tuerca de finales de la década de 260. Aun a pesar del mito de que los emperadores militares salvaron al Imperio, cuando en 268 Galieno fue víctima de un complot urdido por sus principales oficiales, la victoria final era una cuestión de tiempo. Los emperadores militares vencieron debidamente a todos los enemigos y volvieron a reunir al Imperio, pero, al carecer de legitimidad y de un mecanismo de transmisión del poder dentro del grupo del cual habían surgido, todos —excepto el primero, que murió de peste luego de gobernar tan solo dos años—murieron en manos de asesinos o soldados rebeldes. La revolución que comenzó en 268 devoró a sus hijos hasta el providencial ascenso, en 284, de un hombre con suficiente carisma como para hacerse acreedor de una absoluta lealtad por parte de todos los sectores: Cayo Aurelio Valerio Diocleciano, el arquitecto del Nuevo Imperio.

Este resumen, estrictamente événementiel –asesinatos de emperadores, usurpaciones, revueltas militares, guerras civiles, derrotas en manos de los persas y los bárbaros– constituye la principal base empírica para poder analizar la crisis del siglo III. Bajo esta luz, las causas inmediatas de la crisis fueron un declive repentino de la legitimidad de la autoridad imperial a los ojos de su ejército, y la igualmente repentina ineficiencia del ejército para contrarrestar las amenazas externas. Estos dos fenómenos pueden observarse ya en la primera fase de la crisis, que hace posible limitar el análisis y la explicación a los años 235–53. Los sucesos típicos de las últimas fases, y no así de la primera –como la usurpación regional que no apuntó a obtenerla gobernación única del Imperio sino a brindar medios de defensa en áreas específicas– fueron consecuencias obvias de estas dos causas fundamentales. Sin embargo, la pregunta que cabe hacerse es si es suficiente limitar nuestra búsqueda al alcance restringido de los fenómenos políticos, ideológicos y militares. Sobre este asunto, los estudios del siglo XX se vieron dominados por una escuela de pensamiento según la cual las calamidades políticas y militares que azotaron al Imperio durante la mayor parte del siglo III fueron, en última instancia, síntomas y efectos de una crisis estructural mucho más profunda del mundo romano. Sería superfluo hacer una lista de todos los reconocidos académicos que suscribieron a esta visión (Rostovtzev, 1957; MacMullen, 1976; Alföldy, 1989) y, aun más, presentar un resumen de los modelos particulares de la “crisis total” (en palabras de Geza Alföldy) de la sociedad y las instituciones imperiales (Alföldy, 1984: 134: “Die Krisewar total.”). Cabe decir que esta noción de una crisis absoluta del Imperio en el siglo III se encuentra, en la actualidad, en una profunda crisis en sí. Los académicos más revisionistas se atreven incluso a cuestionar –y hasta negar– cualquier validez del concepto de “crisis” a la hora de describir al Imperio durante este período.2

Quizá el cambio más espectacular en la percepción y evaluación de la crisis tiene que ver con las vicisitudes del sistema monetario romano. De hecho, se demostró que, después de la devaluación severana, el contenido de plata en las monedas disminuyó muy lentamente, casi imperceptiblemente, hasta alcanzar una caída vertical en las décadas de 250 y 260 (lo cual se dio en paralelo con los multiplicados aumentos en el volumen de monedas emitidas en esos oscuros años de invasiones externas y rebeliones internas), y que los precios se mantuvieron llamativamente estables durante todo el período y comenzaron a aumentar en una forma que recuerda a las grandes inflaciones del siglo XX como reacción al intento de Aureliano de imponer sus sumamente sobrevalorados radiates (Lo Cascio, 1984; Bagnall, 1985). Se vuelve evidente, entonces, que el sistema monetario se derrumbó como consecuencia de los desastres políticos y militares y no viceversa. Igualmente significativo es el hecho de que el Estado supo manejar con éxito los efectos de la desenfrenada inflación y que, a pesar de los repetidos fracasos de su política monetaria, su aparato financiero nunca se vio seriamente dañado; y no solo esto: aun durante el calamitoso reinado de Valeriano y Galieno, la maquinaria del Estado no tuvo problemas aparentes en convocar, equipar y mantener vastos ejércitos ni en trasladarlos enormes distancias.

Volvemos entonces al punto de partida: la crisis política y militar reflejada en usurpaciones y derrotas en manos de enemigos externos. Los orígenes y causas de la crisis del siglo III deben buscarse, en primer lugar, en los círculos más elevados de la autoridad y del ejércit

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1 La historia política de este período se encuentra convenientemente presentada en Christol (1997), Lorioty Nony (1997).

2 Vale la pena hacer notar, sin embargo, que estas son, en su mayoría, opiniones de arqueólogos, basadas casi exclusivamente en pruebas arqueológicas; véanse, por ejemplo Lewitt (1991), Witschel (1999) (visión apenas moderada en Witschel, 2004). Entre los historiadores, Carrié (en Carrié y Rousselle, 1999) se encuentra quizá más comprometido a la hora de cuestionar las nocionesde crisis del siglo III. Por desgracia, con el criterio usado por estos revisionistas, la Revolución Francesa tampoco habría sido una crisis. Tampoco estoy seguro sobre qué puede ganarse con solo sustituir un término (transición, ya fuera parcial o acelerada) con otro (crisis). Véase el cuidadoso estudio de las pruebas realizado por Duncan-Jones (2004).

3 Duncan-Jones (1996) sostiene que la plaga del siglo III puede haber sido una calamidad de un orden similar al de la peste bubónica del siglo VI y la peste negra, pero las pruebas que ofrece no garantizan esta conclusión; véanse Greenberg (2003), Bruun (2003). Todavía no se sabe demasiado sobre la naturaleza y el impacto de la plaga del siglo III. Ambas epidemias parecen haber sido mortales, pero sus efectos fueron, seguramente, limitados.

3.2: ¿Crisis total? is shared under a CC BY-NC-SA 4.0 license and was authored, remixed, and/or curated by Adam Ziolkowski, Traducción: Patricia Colombo, Revisión: Agnieszka Ziolkowska.