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5.1: El estado de la cuestión

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    La cuestión del destino de los esclavos y la esclavitud en el Bajo Imperio romano puede tomarse como un indicador de las tendencias dominantes enlo referente a los estudios relacionados con la Antigüedad tardía. Durante mucho tiempo, el período que abarca desde finales del siglo III hasta el siglo V se consideró como un raro apéndice del período clásico, o como una precuela del mundo medieval y, en ambos casos, se lo trataba livianamente: los estudios sobre los esclavos y la esclavitud seguían este tratamiento.La mayor parte de los estudios sobre la esclavitud en el período romano solían finalizar con la dinastía Severa y excluían al Dominado. Cuando se hablaba del Bajo Imperio, se lo consideraba un período durante el cual la cantidad de esclavos bajaba considerablemente, ya sea como resultado de una notable reducción de las fuentes externas, o como consecuencia del estancamiento más general propio del período.1 La afirmación más elegante al respecto pertenece a Marc Bloch (1947), quien en su artículo póstumo ‘Comment et pourquo ifinitl’ esclavage antique’ sostuvo la existencia de una tendencia creciente por parte de los esclavos a establecerse en la tierra como tenentes, a diferencia de las cuadrillas de esclavos del primer período imperial, sumado a una fusión entre este grupo de agricultores y el gran número de propietarios y tenentes ya libres, cuya condición se asemejaba bastante a la esclavitud en el período.2 De manera similar, los investigadores marxistas se centraron en el problema de la transición del modo de producción esclavista al modo de producción feudal, y consideraron al Bajo Imperio romano como un período durante el cual los límites inherentes a la productividad esclavista cobraron mayor visibilidad. El fracaso de la agricultura basada en esclavos fue vinculado a relaciones de causalidad, dialexis o coincidencia con el colapso del Estado, el surgimiento del cristianismo y la migración de los pueblos bárbaros: todo esto se sumó para trazar la imagen de un mundo que sufría una inevitable transición de un grupo de estructuras económicas al siguiente.3

    Hubo, durante las décadas de 1970 y 1980, dos hechos académicos que llevaron a valiosas revisiones de los términos dentro de los cuales se conceptualizaba esta transición. El primero fue la obra de Peter Brown (1971; cf. 1997), quien “inventó” o “descubrió” que la Antigüedad tardía no era ni un apéndice del período clásico ni la precursora de la Edad Media, sino que la planteó como un tema que debía estudiarse por separado, y rompió así con presunciones de larga data sobre la Antigüedad tardía. El Bajo Imperio romano que Brown describe es más un período de transformación que de caída, una época plena de energía y fermento intelectual, alejada de esa sensación de fatalidad inminente. El enfoque de Brown se ocupa del mundo del pensamiento de la Antigüedad tardía y no tanto de los aspectos económicos del período, lo cual estimuló una serie de importantes reevaluaciones sobre el Bajo Imperio romano, dentro de las cuales se incluyó una mirada innovadora sobre las cuestiones económicas engeneral y sobre las estructuras socioeconómicas en particular: tanto es así que se suele acordar en la actualidad que el planteo de un declive económico generalizado en el período es excesivamente pesimista. Algunos estudios recientes ponen de relieve la diversidad de experiencias en el ámbito mediterráneo durante la Antigüedad tardía, y hasta plantean cierta expansión económica en algunas áreas durante el siglo IV.4

    El segundo aspecto que llevó a una reevaluación de la esclavitud en este período fue el cuestionamiento de la noción de que la esclavitud fue el sistema de explotación económica predominante en todo el período romano. En un gran número de importantes monografías y artículos, expertos europeos en la materia sostienen que el modo de producción esclavista tuvo tan solo una distribución limitada en el mundo mediterráneo antiguo en todos los períodos, y única mente una relevancia insignificante en el Bajo Imperio: es decir que la explotación de la tierra en mano de grandes cuadrillas de esclavos en el denominado “sistema de villas” que se describe en los escritos agronómicos de Catón y Columela no era algo característico de la economía rural en el Bajo Imperio (Giardina y Schiavone, 1981).5 A su vez, este planteo cuestiona la validez de los vínculos directos entre un declive notorio de la economía agraria durante el período del Bajo Imperio y una supuesta disminución en la cantidad de esclavos.

    Estas ideas son ampliadas en la obra de Moses Finley, quien desestimó los argumentos de una brusca caída en el suministro de esclavos basada en la presunción de que hubo un aumento insostenible en el precio de los mismos durante ese período. Por otra parte, Finley también pone en duda el planteo de que los esclavos hayan sido, alguna vez, la mano de obra rural predominante por fuera del “núcleo clásico” de Italia. Finley plantea una caída gradual en la cantidad de esclavos que se extiende hasta la Edad Media y la vincula con un cambio igualmente gradual, pero no por ello menos fundamental, en el carácter y la organización de la mano de obra. La “teoría del reemplazo” de Finley supone una degradación en el estatus de muchos individuos libres que vivían en el campo, hasta el punto de encontrarse en una situación que se parecía tanto a la esclavitud que la antes mencionada categoría legal dejó de ser importante, y, en esto, apoya el planteo de Bloch. También postula un alejamiento de la estricta dicotomía entre esclavitud y libertad que sí se sostenía en el período clásico, y el (re)surgimiento de una continuidad en la dependencia. Por último, sugiere que la cantidad de esclavos, lejos de ser insignificante, se sostuvo tanto en los contextos urbanos como domésticos, pero se convirtió en un elemento parasitario de la economía (Finley 1980).6 El trabajo de Finley generó una enorme respuesta, en particular entre los académicos italianos. En estos estudios la atención se centró en intentar clarificar las relaciones laborales rurales y analizar en detalle la problemática marxista de la transición del modo de producción antiguo al feudal.7 En una reformulación crucial de esta cuestión, Wickham (1984) observó que en una misma sociedad puede coexistir más de un modo de producción y, por lo tanto, es importante identificar cuál modo de producción era el dominante. Wickham usó este planteo para dar un nuevo vigor y matiz al argumento que sostienen los académicos marxistas sobre la mejor manera de describir el Bajo Imperio romano.8

    También surgieron varios artículos enfocados específicamente en el tema de la esclavitud en la Antigüedad tardía. Whittaker (1987; cf. 1982) discrepa con la “teoría del reemplazo” de Finley, rechaza el argumento de que los esclavos fueron reemplazados por tenentes dependientes en este período y, en cambio, sugiere que la transformación fundamental en la mano de obra rural en el Bajo Imperio romano se vincula con el asentamiento, bajo ciertas condiciones, devastas cantidades de prisioneros de guerra bárbaros. Sostiene, además, que cuantificar de manera precisa el número de esclavos es imposible, y que es más útil ocuparse “del lugar que tenían los esclavos en el tejido de la sociedad”. En un artículo publicado en el mismo año, MacMullen (1987) reabre el debate sobre si la esclavitud fue un fenómeno rural o urbano en el período, y sobre la importancia del papel económico de los esclavos. Después de un exhaustivo análisis, provincia por provincia, de las pruebas sobre la existencia de los esclavos y la esclavitud en el Bajo Imperio romano, apoya la idea de Finley de que estos se habían convertido en un elemento parasitario en la actividad económica del período, y utiliza las fuentes epigráficas para demostrar que los esclavos se encontraban mayormente excluidos del contexto rural y solo estaban presentes, en ocasiones muy limitadas, en los contextos domésticos y urbanos. El método de Mac Mullen provocó una fuerte reacción por parte de Samson (1989, 1992) quien desestimó las pruebas epigráficas argumentando que son una base poco satisfactoria con la cual identificar y cuantificar esclavos, y apoyó fuertemente la idea de la presencia continua de esclavos en las villas romanas en contextos rurales. En las últimas décadas, esta controversia recibió una considerable atención, en particular los temas que involucran las relaciones entre esclavos y tenentes en el marco de la economía de esas villas, el cambiante equilibrio entre el trabajo “esclavo” y el trabajo “libre”, y las consecuencias que estas consideraciones tienen en nuestra interpretación de las relaciones laborales en el período del Bajo Imperio.9 Por otra parte, el vasto material papirológico encontrado en Egipto ha convertido a este tema en una zona fértil para emprender estudios que han ilustrado el equilibrio entre lo urbano y lo rural, y el carácter de la mano de obra.10

    En las últimas décadas, estos estudios sobre la posición social y económica de los esclavos fueron complementados por una cantidad de artículos y monografías que se centran en varios aspectos de la esclavitud durante la Antigüedad tardía como problemas independientes por derecho propio. Las actitudes de los padres de la Iglesia hacia los esclavos recibieron cierta atención, en el contexto de varios intentos de integrar las fuentes patrísticascomouna fracciónde la corriente principal de la historia social, socioeconómica, política e intelectual.11 Como parte del gran interés suscitado por las familias romanas, un cierto número de académicos se concentraron en el lugar de los esclavos y la esclavitud dentro de las estructuras y estrategias familiares del período.12 Y, con respecto a las transiciones de la sociedad romana a la bizantina y posromana en el mundo mediterráneo, la posición legal y social de los esclavos en el siglo VI e incluso después ha sido también objeto de importantes estudios.13 Tomados en conjunto, se trata de un corpus literario valioso que abarca un amplio espectro de cuestiones. Sin embargo, sigue siendo una imagen fragmentada, y aún no se ha librado por completo de los paradigmas de pensamiento que ahora sí han sido rechazados con firmeza en los estudios actuales sobre la historia socioeconómica del período en general.

    La actual communis opinio sobre el tema de los esclavos en la Antigüedad tardía podría resumirse de la siguiente forma: el Bajo Imperio romano no era una “sociedad de esclavos”, pero siguió siendo una sociedad que poseía esclavos.14 Si bien el surgimiento de la Iglesia no tuvo un gran impacto con respecto al lugar que ocupaban los esclavos en la sociedad del Bajo Imperio, es posible que las enseñanzas del cristianismo hayan afectado su tratamiento.15 Los esclavos siguieron siendo una parte integral de los contextos urbanos y domésticos, y quienes los compraban no eran solamente los individuos muy ricos, sino incluso los que tenían menos dinero.16 Los esclavos también parecen haber seguido cultivando la tierra en algunas zonas, aunque las condiciones bajo las cuales se realizaba esta tarea hayan sido probablemente más similares a las de tenencia que a las de cuadrillas de trabajadores.17 Es posible que haya habido una caída en la cantidad de esclavos en el período, al menos en las áreas rurales, aunque es imposible definir números precisos.18 Algunos estudiosos siguen vinculando estos fenómenos con la degradación general en el estatus de los individuos pobres libres de la época y a la homogenización de la variedad de relaciones de dependencia socioeconómica en una única y amplia categoría de cuasi servidumbre.19 Parece también que el período fue testigo de un aumento en el fenómeno de los individuos que se vendían a sí mismos –o a sus hijos– como esclavos, o al menos ofrecían su mano de obra por medio de un acuerdo que se asemejaba en mucho a la esclavitud.20 Algunas de estas cuestiones se tratarán con mayor detalle más adelante. Primero, sin embargo, es importante repasar brevemente las fuentes de referencia sobre la esclavitud en el período, como también las pruebas que estas brindan a la hora de determinar la ubicación de los esclavos y los papeles que estos desempeñaban a lo largo y ancho del mundo mediterráneo.

    Existe un muestrario relativamente rico de fuentes sobre los esclavos y la esclavitud en el Bajo Imperio romano, pero se trata de un material que puede ser considerado ambiguo y poco claro. El mayor cuerpo de pruebas puede encontrarse en los dos grandes códigos que se recopilaron bajo el reinado de Teodosio II, a mediados del siglo V, y bajo el de Justiniano, a mediados del siglo VI. Durante este período, la abundante pero predecible literatura hagiográfica se encuentra colmada de ejemplos sobre los esclavos. Por otra parte, los esclavos y la esclavitud sirvieron como una valiosa metáfora para los escritores cristianos del período, ya sea para explayarse sobre la correcta relación entre los humanos y Dios, o para criticar la conducta de sus contemporáneos (cf. Glancy, 2011). Los esclavos aparecen en numerosas escenas en las historias y panegíricos, en la poesía y el teatro de la época. Por último, puede notarse cómo se compraban, vendían, castigaban y liberaban esclavos en las distintas fuentes epistolares, epigráficas y papirológicas.

    Mientras que las fuentes legales del Bajo Imperio se encuentran colmadas de esclavos, es difícil determinar si la ley de esclavitud fue diferente de la de los siglos anteriores y de qué forma lo fue. Los códigos de Teodosio y Justiniano preservaron el corpus de leyes sobre la esclavitud de la Roma clásica, y la gran mayoría de las leyes que hablaban de los esclavos en esos códigos lo imitaban o lo seguían.21 No parece haber una disminución en el volumen de referencias a los esclavos en el período del Bajo Imperio, pero las estadísticas revelan poco, ya que indican las dificultades legales más que la prominencia del grupo en la sociedad.22 En este caso, las dificultades legales tenían que ver tanto con el fenómeno para el cual la esclavitud ofrecía una analogía conveniente como con la esclavitud en sí misma, y, en este contexto, se detectan algunas novedades en la posición legal de los esclavos. Constantino prohibió a los judíos la compra de esclavos cristianos, pero –tal como revela una ley posterior de Honorio– esta prohibición no incluía la posesión de esclavos cristianos en general, y además las reglamentaciones en contra de que los judíos tuvieran esclavos no se aplicaban a los seguidores de otras sectas o religiones (Código Teodosiano16 .9 .1 –5). El proceso que debía seguirse para liberar a los esclavos sufrió algunos cambios en este período, aunque las pruebas relativamente limitadas de los libertos sugieren que su posición y obligaciones poco habían cambiado. Es posible, por ejemplo, que la incidencia de las manumisiones testamentarias haya aumentado.23 Pero lo más destacable es que a comienzos del siglo IV surgió una nueva forma de manumisión, la manumissio in ecclesia. Se estima que este proceso se instituyó –o al menos seformalizó– durante el gobierno de Constantino, y los formularios de la iglesia del siglo V relacionados con las formalidades de la manumissio in ecclesia muestran que no se formula siguiendo las prácticas de manumisión existentes.24

    Sin embargo, no puede decirse que esto haya impulsado cambios radicales en las leyes de esclavitud. Gran parte de la legislación de los siglos III, IV y V se promulgó en respuesta a las situaciones locales de ciertas regiones en particular, lo cual dificulta la posibilidad de generalizar a partir de leyes individuales25, y hasta se debe resistir la tentación de buscar en la legislación del período pruebas de un cambio en la actitud hacia los esclavos y la esclavitud (cf. Finley, 1980, p. 126, “la esclavitud no es una categoría moral”). Sí es cierto que hay textos que sugieren una mejora en la posición de los esclavos. En un edicto proclamado con el fin de evitar la separación de las familias de esclavos en las propiedades del Imperio, Constantino reconoce la posibilidad de que aquellos puedan tener relaciones cuasimaritales y formula su interdicto en términos humanitarios (Cod. Teod. 2.25.1= Cod. Just. 3.38.11).26 Este reconocimiento implícito se complementa con un edicto de Valentiniano, Teodosio y Arcadio, que ordena que los esclavos de los talleres públicos que se hayan casado con esclavos de casas privadas deben volver, junto con sus nuevas familias, a sus obligaciones (Cod. Just. 6 .1 .8; cf. Lenski, 2006). Se impusieron algunos controles sobre las acciones de los dueños con respecto a sus esclavos, pero no queda claro si la ley tuvo un impacto verdadero. En una ley que amenaza a los dueños con la acusación de asesinato si matan a sus esclavos de manera intencional, se concede que aquellos no deben temer si el esclavo muere accidentalmente como resultado de una golpiza suministrada con varas o látigos ligeros (Cod. Teod. 9 .12 .1; cf. Samson, 1992: 221). En general, parece seguro afirmar que las leyes del Bajo Imperio avalaban, ya sea implícita o explícitamente, el reconocimiento legal de la esclavitud existente.27

    Se pueden realizar otras observaciones acerca del carácter de la ley, la información que esta brinda sobre el lugar que ocupaban los esclavos en la sociedad de la Roma del Bajo Imperio, y la naturaleza de esa sociedad. Existen algunas pistas, en las evidencias legales, de un mayor grado de intervención del Estado en cuestiones de derecho privado que la que había durante el Alto Imperio. Esa intervención solía ocuparse de cuestiones que parecían tener impacto sobre la integridad de la comunidad como un todo. Los matrimonios mixtos entre individuos libres y esclavos recibieron mucha atención, ya que el estatus del fruto de estas uniones dio lugar a intensos debates. En el período del Bajo Imperio encontramos un vasto, complejo y auto contradictorio cuerpo de literatura sobre los matrimonios mixtos en general.28 En su amplia legislación sobre el tema del matrimonio y la moral social, Constantino reformula el principio de que los hijos de esclavas debían adoptar el estatus de sus madres, e introduce la cláusula que estipula que cuando esos niños viven como individuos libres en buena fe por un período de dieciséis años, deben ser considerados como sujetos libres por el principio de favor libertatis. Tímidamente reaviva y refuerza las cláusulas del senatus consultum Claudianum, que originalmente se habían aplicado a los matrimonios entre esclavos del domus Augusta y las mujeres libres de nacimiento. A principios del siglo V, la ley sostenía que esas mujeres podían convertirse en libertas o esclavas de los dueños de sus parejas, según el conocimiento que tenían los amos sobre esa unión. En el primer caso, los hijos eran libres, y esclavos de los dueños de sus padres en el segundo. La posición de Constantino sobre el tema fluctúa a lo largo de los diecisiete años durante los cuales impulsa cuatro constituciones separadas (Cod. Teod. 4.8.7; 9.9; cf.4.12.1–3; Cod. Just. 9.11).29 Esta ambigüedad en torno a los matrimonios mixtos siguió siendo una preocupación para los juristas hasta el siglo V, y aun después. En una discusión sobre las distintas estrategias utilizadas por los decuriones para evadir sus responsabilidades, una innovación de Mayoriano determinó que los hijos varones de los matrimonios mixtos debían ser enviados a formar parte de alguno de los gremios “para que el esplendor del senado municipal no se contamine con la bajeza de su sangre materna”, en tanto que las hijas mujeres pasaban a ser propiedad del amo de la madre. Por otra parte, los esclavos que contraían matrimonio con las hijas de los decuriones debían“perecer según las penalidades impuestas para los esclavos” (Novelas de Mayoriano7.1.2; 5). Casi dos décadas después, Antemio respondió al pedido de una tal Julia acerca de su matrimonio con un liberto, con una declaración de inmunidad para las mujeres libres que se hubieran casado con libertos antes de ese año, seguida de una reformulación de las prohibiciones a matrimonios entre mujeres libres y esclavos, y una ampliación explícita del principio para abarcar también a los libertos (Novelas de Antemio1 .1).

    Si se toma la legislación al pie de la letra, tanto las curiae municipales como el clero estaban repletos de esclavos en los siglos IV y V.30 Esto es, ciertamente, improbable, pero la preponderancia de estas leyes demuestra que las preocupaciones sobre los matrimonios mixtos pueden ubicarse dentro del contexto de la legislación relacionada con las circunstancias en las que los límites entre libertad y esclavitud parecen haber sido quebrantados de otras formas. La transición no era siempre de la privación de la libertad a la libertad. Un edicto de mitad del siglo III intenta evitar que los hombres se hicieran pasar como esclavos para quitarle al comprador el precio de la compra (Cod. Just. 7 .18 .1; cf. Ramin y Veyne (1981, p. 474). Por otra parte, las leyes que prohibían a los curiales actuar como administradores de fincas los acusan de abandonar su rango y aceptar una posición de servidumbre, lo cual pone de manifiesto que realizar trabajos pagos no había perdido su estigma entre la aristocracia del período.31 En cada caso, el énfasis puesto en el mantenimiento de límites entre individuos libres y esclavos es claramente visible.

    Estos textos toman como su contexto un mundo en donde las distinciones dentro de la sociedad romana cobraban mayor relevancia que las distinciones entre ciudadanos y no ciudadanos. La distancia entre hombres de alto rango social y riqueza (honestiores) y los de las clases más bajas (humiliores) en el período severiano se encontraba establecida en la práctica social, los procedimientos legales y las leyes penales.32 Sin embargo, debemos ser cautos y no sobredimensionar el impacto y las implicancias de este desarrollo, ni las de los Constitutio Antoniniana de 212, por los cuales Caracalla declara ciudadanos a casi todos los habitantes del Imperio: la ciudadanía siguió siendo un asunto importante y los esclavos continuaron siendo no ciudadanos.33 Aun así, parece razonable sugerir que la serie de leyes que impedían que los esclavos ocuparan roles que no eran adecuados a su estatus puede interpretarse como parte de una tendencia más amplia en la legislación del período para definir y delinear los estatus y los roles dentro de la sociedad romana,34 y es en este contexto, también, que las leyes que reafirmaban y ampliaban las limitaciones en cuanto al código de vestimenta en las ciudades de Constantinopla y Roma deba quizá interpretarse (Cod. Teod. 14.10.1;4).

    Por otra parte, la meticulosidad que siempre había existido sobre los límites entre los pobres libres y los no libres recibió una gran atención durante este período. En los siglos anteriores, los castigos apropiados para los esclavos se habían extendido, gradualmente, hasta cubrir también a los delincuentes de las clases más bajas.35 Durante los siglos IV y V, algunas de las provisiones que servían de marco a los matrimonios entre esclavos e individuos libres se convirtieron en modelo para las limitaciones análogas en las uniones entre tenentes registrados (coloni) y aquellos con un estatus de curia o mayor (Novelas de Valentiniano31.6; cf. Nov. May. 7.1.2). En la cuestión de la voluntad, también, los límites entre sujetos libres y no libres, aquellos in potestate y aquellos sui iuris, se vuelven menos nítidos.36 El criterio principal que determina el tratamiento de los esclavos, tenentes, procuratores, actores y otros agentes que procedían de manera fraudulenta era el grado en que estaban actuando con el conocimiento del mandante, más que su condición de libres o no libres (Cod. Teod. 9.17.1; Harries, 1999, p. 142–3).

    Esto se tomó como un proceso más general de erosión de los privilegios legales para los individuos pobres que eran libres, pero aquí también se debe ser cauteloso. Las incertidumbres en cuanto al estatus, y las mezclas de libres, libertos y no libres entre los miembros más pobres y humildes de la sociedad romana no son un fenómeno nuevo del Bajo Imperio.37 En las fuentes legales del período, al menos, se distinguen dos procesos. En primer lugar, se observa una utilización más abierta de las reglas aplicadas a los esclavos como parte de los intentos de describir las limitaciones impuestas sobre la conducta de ciertos miembros de la sociedad romana. Este fenómeno puede vincularse más ampliamente con el control en la legislación del período, principalmente en lo concerniente a los impuestos, y se tratará en mayor detalle más adelante (véase Grey y Parkin, 2003). En segundo lugar, parece haber una reacción consciente contra la ambigüedad que siempre había estado presente en el derecho de gentes, y un impulso de identificar claramente los términos precisos dentro de los cuales se debe definir una relación o un estatus legal en particular. Este impulso trajo aparejado un nuevo abanico de estatus y condiciones hibridizados, al menos en lo que a la ley respecta.

    Esta hibridación se evidencia en las discusiones sobre la venta de niños en cuasi esclavitud. Las fuentes legales revelan posiciones encontradas en cuanto a la legalidad de la venta de niños por parte de sus padres, aunque parece que esta práctica nunca se prohibió expresamente.38 Tanto la pobreza como la necesidad económica eran reconocidas como justificación para la venta de un recién nacido, y la venta de familiares se encuentra avalada como estrategia de supervivencia para los campesinos del período.39 Siguiendo la letra de la ley, se esperaría que un niño que es vendido de esta manera se convirtiera en esclavo del comprador, quien, a su vez, se convertiría en su possessor y dominus. Sin embargo, las fuentes legales revelan cierta ambigüedad también aquí. La legalidad de la venta era considerada algo así como una zona gris. La atención se centraba en el estatus del niño vendido y en las soluciones que se abrían para devolver a ese niño a su estatus previo. Legalmente, con la venta, el niño pasaba de la potestas del padre al mancipium del comprador. Este último término es entendido normalmente como indicador de alguna clase de vínculo, pero en este caso era específicamente la mano de obra del niño, más que la persona del mismo, el sujeto de la obligación. Es por esta razón que el precio que se pagaba para redimir a un niño no se consideraba como un precio de compra, sino más bien como un reembolso por los gastos de manutención del niño mientras se explotaba su mano de obra,40 lo que daba como resultado la hibridación de derechos y responsabilidades. Los niños no son esclavos, pero sí son descriptos en términos que suponen una analogía con la esclavitud. Tampoco son libres, ya que su capacidad de volver a ganar su merecido estatus como ingenui por medio de diversos caminos es celosamente defendida en las fuentes legales.

    Este ejemplo resalta descarnadamente una tensión continua y constante en las fuentes legales del período: por un lado, se observan límites borrosos entre la libertad y la esclavitud y una incertidumbre en la penumbra de esos límites sobre lo que constituía la no libertad, y si esta no libertad era equivalente a la esclavitud.41 Por otro lado, se evidencian intentos conscientes de definir y delimitar estos casos problemáticos, y de fortalecer y consolidar los límites entre las diversas condiciones legales. Las fuentes muestran un diálogo continuo entre estos dos fenómenos, cuyo equilibrio estaba en un constante estado de cambio. Gran parte de esta legislación fue puesta en acción por la necesidad de proteger los intereses fiscales del Estado en virtud de los cambios acaecidos en el sistema impositivo de la Tetrarquía y los gobiernos subsiguientes. Es claro que la esclavitud siguió siendo una categoría legal, y esos esclavos continuaron siendo sujetos de la legislación. Las normas que daban marco a su condición se aplicaban en circunstancias que eran interpretadas, de alguna forma, como análogas a la esclavitud, y esto indica hasta qué punto los esclavos no dejaron de ser una parte integral e inconscientemente aceptada del tejido social de la época del Bajo Imperio romano.

    La literatura hagiográfica brinda también una rica fuente de información sobre los esclavos en una variedad de circunstancias cotidianas y extraordinarias. Aun encontramos preguntas clave en cuanto a los enfoques y las interpretaciones de estos textos, pero para el tema que nos ocupa estos problemas son menos relevantes, ya que los esclavos son, en muchos casos, secundarios a los objetivos de los autores y los heroicos eventos que estos describen: los vemos como secretarios y escribas en los scrinia municipales e imperiales42, y conforman un grupo en las casas de los aristócratas con quienes los santos tienen contacto. En la Vida de San Martín de Tours, de Sulpicio Severo, por ejemplo (17.1–4 [CSEL 1: 126]; cf. Teodoreto, Historia Religiosa 9.4; 9), es el poder del santo de sanar aun miembro de la familia de un aristócrata pagano de la ciudad de Tréverislo que convence al hombre de su conversión al cristianismo. Los esclavos forman parte de la propia casa de los santos, y, por lo tanto, ofrecen a él o a ella la oportunidad de enseñar qué es la abnegación o de dar muestras de una bondad sobresaliente.43 En la literatura hagiográfica del Mediterráneo occidental, al menos, la redención de los cautivos se convirtió en uno de los indicios de la santidad de los santos en este período (Klingshirn, 1985). En una curiosa vuelta de tuerca sobre el mismo tema, la vida de un monje egipcio en las postrimerías del siglo IV relata la historia de un jefe de bandidos que se apiada de una mujer a la que encuentra perdida en el desierto, y redime a su esposo e hijos que habían sido encarcelados y esclavizados, respectivamente, como resultado de sus deudas fiscales (Historia de los monjes egipcios 14.4–7). En los textos hagiográficos, por lo tanto, los esclavos funcionan como análogos y objetos de las acciones de los santos.

    De manera similar, en otros textos cristianos de la época, los esclavos y la esclavitud brindaban un rico vocabulario metafórico, hecho que se vuelve más evidente en Vida de Malco, de San Jerónimo, en donde la esclavitud conforma el elemento central en el camino hacia la santidad. Otras fuentes cristianas similares de la época muestran autores que incorporan el motivo de la esclavitud en pos de temas mayores. La esclavitud funcionaba como una metáfora adecuada para las relaciones entre Dios y la humanidad, y se la presentaba como la única alternativa viable a la esclavitud moral, que estaba intrínsecamente conectada al pecado (Garnsey, 1996, p. 220–35); (véase el capítulo de Glancy, 2011).La esclavitud también brindaba un marco de referencia en las exhortaciones de los obispos hacia sus fieles para moderar su conducta por el bien de sus almas.44 Estos textos cristianos pueden conectarse con contextos intelectuales y literarios más amplios, ya que los paganos también emplearon el motivo de la esclavitud en pos de sus propios fines ideológicos o retóricos, o bien meditaron sobre la condición de los esclavos como ejercicio filosófico. Las razones que Libanio (Orationes 25.66–7) y Teodoreto (Sobre la Divina Providencia 7, 677 B –680 B; cf. Garnsey (1996, p. 50–2) dan a favor de la institución de la esclavitud, por ejemplo, evidencian marcadas similitudes. Asimismo, tanto en los autores cristianos como en los paganos existe una corriente de pensamiento que sostiene que la protección que ofrecía la esclavitud era preferible a la —de algún modo— más precaria posición de libertad o el estatus de liberto; pero por otro lado, tanto unos como otros mantienen su recelo, temor y desconfianza hacia la presencia de esclavos entre ellos.45 Salviano de Marsella manipula este rechazo de manera magistral en su diatriba contra la depravación moral de sus compañeros cristianos cuando observa que, mientras uno espera que los esclavos y los residuos de la sociedad se comporten de la peor manera posible, el hecho de que su público actúe del mismo modo indica que sus pecados son mayores.46 Esta incorporación casual del motivo de la esclavitud utilizado para argumentar sobre temas más generales puede tomarse como otra indicación del punto hasta el cual los esclavos se encontraban inmersos en el tejido de la sociedad romana del Bajo Imperio. Pero es difícil generalizar a partir de estas viñetas y llegar a más amplios modelos de explotación económica de los esclavos, o comentar acerca de la continuidad o del cambio en la actitud hacia la esclavitud entre los cristianos de la época. Los textos hagiográficos, por ejemplo, están subordinados a los modelos literarios ofrecidos por el Nuevo Testamento y son reflejo de las realidades sociales de la época en que fueron escritos. De manera similar, la predominancia de los esclavos y la esclavitud en los sermones y en los discursos filosóficos y morales no indica necesariamente una mayor conciencia de la esclavitud entre paganos y cristianos, mucho menos un reconocimiento de la perversión de la institución. En un reciente artículo sobre el tema, Garnsey (1996, p. 87–101; cf. Garnsey y Humfress, 2001, p. 207–10) observa que, en la mayoría de los casos, las críticas a la esclavitud tal como existía tendían no a cuestionar su legitimidad sino que se centraban más en los aspectos particulares de un sistema cuyo funcionamiento distaba de ser el ideal, en muchos sentidos. Garnsey analiza una acotada muestra de textos que, con precaución, pueden ser interpretados como críticas directas a la esclavitud como institución, pero es difícil determinar hasta qué punto estos textos reflejan o se integran a una corriente de opinión más general en este período.

    También sobreviven textos que hablan más directamente de la esclavitud como una experiencia de vida, con esclavos que se venden y compran en los mercados.47 En Egipto, las fuentes papirológicas dan detalles de acuerdos de venta entre compradores y vendedores.48 Y se cree desde hace tiempo, y teniendo en cuenta estas pruebas, que los precios de los esclavos aumentaron en forma prohibitiva en este período y que las cantidades de esclavos decayeron marcadamente en esa provincia. Sin embargo, se ha demostrado recientemente que este enfoque se basa en una muestra que es demasiado pequeña para soportar el peso de la interpretación.49 En el Edicto sobre Precios Máximos (2.29) de Diocleciano, los precios de los esclavos se establecían según la edad y el sexo, pero a lo largo del texto es difícil reconciliar el ideal esperanzado con las realidades de la práctica.50 Rara vez los esclavos aparecen en las cortes o reciben rescriptos directamente del emperador; los esclavos llevaban y escribían cartas en nombre de sus amos, tal como lo habían hecho en otros períodos anteriores; eran inventariados como parte de los recursos de la propiedad del dueño de la tierra por temas impositivos y cuando se evaluaba la tierra de los proscriptos; y, si escapaban, los fugitivos eran perseguidos y castigados por sus amos y por agentes del Estado.51 Los sínodos cristianos se encargaron del estatus de los esclavos y libertos a partir del siglo IV, y existen también formularios relacionados con la manumisión.52

    Tomados en conjunto, estos textos ofrecen una colección de viñetas individuales con las cuales no es recomendable generalizar. Poco puede hacerse desde una perspectiva cuantitativa o incluso seudocuantitativa con este material, ya que los textos con los que contamos no se prestan fácilmente a un proyecto semejante. Samson (1989, p. 100–2), por ejemplo, sostiene que las diferencias formales en las pruebas de la existencia de esclavos tomadas en las distintas regiones del mundo mediterráneo no deben ser interpretadas necesariamente como una confirmación de las diferencias en las funcioneso la cantidad relativa de los esclavos en esas regiones. En forma análoga, Bagnall (1993 b) demostró que es extremadamente problemático afirmar, teniendo en cuenta los cambios en las cifras de los papiros sobrevivientes que tratan el tema de los esclavos, que el número de esclavos haya decaído en el período del Bajo Imperio en Egipto. La arqueología es solo de uso limitado a la hora de complementar el panorama que debe esbozarse considerando esas pruebas escritas.53 De este modo, a pesar de la riqueza comparativa de las fuentes de la Antigüedad tardía en general, los estudiosos de la historia de la esclavitud en este período se ven obstaculizados por los mismos problemas y limitaciones que inquietan a los estudiosos de períodos anteriores. Y si bien la naturaleza anecdótica e incompleta de las fuentes no debería desalentarnos, sí parece señalar –y hasta cierto punto determinar– la forma que debe tomar nuestra investigación y las preguntas que se le deben hacer al material. En los puntos siguientes, me concentraré en la reconstrucción de una imagen de la posición socioeconómica de los esclavos en el Bajo Imperio romano más que en el intento de cuantificar o brindar un análisis legal de estos textos.

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    1 Discusiones en Nehlsen (1972, p. 52-57); Wickham (1984, p. 4–8); Whittaker (1987, p. 89-94);Vera (1989, p. 32-34); (1992-3, p. 293–5); (1998, p. 298–310); Verhulst (1991, p. 195); Cameron (1993, p. 118-121); Giardina (1997), Scheidel (1999 b); García Moreno (2001, p. 198-201).

    2 Análisis del argumento de Bloch en Vera (1998, p. 304-307).

    3 Anderson (1974); Dockes (1979); Ste. Croix (1981); Wickham (1984) para críticas.

    4 Informe de resúmenes: Vera (1989, p. 33); (1992–3, p. 295); Whittaker (1994, p. 270); Tate (1997, p. 58–9). Discusiones detalladas: Garnsey y Whittaker (1998); Whittaker y Garnsey (1998); Vera (1998, p. 293–6, 315–16); van Oseel y Ouzoulias (2000).

    5 Cf. Wickham (1984); Vera (1998, p. 307–8).

    6 Véase también Finley (1964), (1965) y (1987). Para evaluaciones, Whittaker (1987, p. 89 –94); Vera (1998, p. 302); cf. la recopilación de ensayos en Du latifundium aulatifondo (1995).

    7 Momigliano (1987); Wickham (1984, p. 5 (con n. 5)); Vera (1986, p. 413–18); (1992–3, p. 312–15).

    8 Wickham (1984: 5) desestimó la centralidad de la esclavitud en la economía del Bajo Imperio, citando a Finley y el trabajo de una gran cantidad de académicos italianos, “que suelen plantarse en franca oposición a él”.

    9 Vera (1992–3), (1998); Giardina (1997); cf. De Martino (1986); Vera (1989), (1995), Rosafio (1994), (2002); Koptev (1995a); Lo Cascio (1997); García Moreno (2001); cf. el capítulo de Neville Morley en este volumen.

    10 Bagnall (1993b); Banaji (1999) (2004); Sarris (2004).

    11 Klein (1988), (2000), (2001); Grieser, (1997); cf. Momigliano (1987, p. 2–3), en donde se observa la omisión de Finley al respecto.

    12 Shaw (1987); Arjava (1996); Grieser (1997, p. 51–89); Nathan (2000); Vuolanto (2003).

    13 Grieser (1997); Melluso (2000); Nehlsen (2001); Rotman (2004).

    14 MacMullen (1987, p. 375); Whittaker (1987, p. 108–9); Vera (1992–3, p. 309–10); (1998, p. 303, 307); Bagnall (1993b, p. 237–8); Garnsey (1996, p. 2); Grieser (1997, p 43–7); Whittaker y Garnsey (1998, p. 287, 294); Garnsey y Humfress (2001, p. 86). 

    15 Whittaker (1987, p. 105); Vera (1998, p. 334–5); Nathan (2000, p. 171–3, 177); García Moreno (2001, 200–1).

    16 Whittaker (1987, p. 95, 97); Bagnall (1993b, p. 228 –9); Garnsey (1996, p. 6); Grieser (1997, p. 43–8 (en el siglo VI y después en Galia)).

    17 Whittaker (1987, p. 94, 106 –7); Samson (1989, p. 222); Vera (1995, 1998, p. 309 –10); Whittaker y Garnsey, (1998, p. 296); García Moreno (2001, p. 201 –2). Véase más adelante.

    18 Whittaker (1987, p. 89 (connn. 8 –9)); Samson (1992, p. 222 –4). MacMullen (1987, p. 376–7) objeta; Vera, (1992 –3, p. 311 –12); (1998, p. 315, 316 –18) es cauteloso. Los historiadores del medioevo ubican el terminus de la caída de la esclavitud mucho después, quizá hasta incluso en el siglo X: Bonnassie (1985); Bois (1989). Breve sondeo de estudios recientes: Verhulst (1991); Samson (1994); cf. Vera (1998, p. 302–4); García Moreno (2001, p. 200).

    19 Marcone (1998, p. 356); Vera (1998, p. 312–13, 319, 324–5); García Moreno (2001, p.201–2, 207).

    20 Ramin y Veyne (1981); cf. MacMullen (1987, p. 380 (con n. 98)); Vuolanto (2003). Véase más adelante.

    21 Finley (1980, p. 125–6, 130); Samson (1992, p. 221); Garnsey (1996, p. 101 (con n. 18)); Grieser (1997, p. 97–112, 135–9); Nathan (2000, p. 176); cf. con nuevas posibilidades Turpin (1987); Pazdernik (1999). Sobre los códices de Justiniano, véase Honore (1978); para el código Teodosiano, Matthews (2000).

    22 Whittaker (1987, p. 103); Samson (1992, p. 219); Whittaker y Garnsey (1998, p. 294). García Moreno (2001, p. 206) ofrece estadísticas para los reinos posromanos.

    23 Nathan (2000, p. 174, 182); cf. Champlin (1991, p. 136–42) sobre el Alto Imperio; Van Dam (1995), sobre el testamento de Gregorio Nacianceno.

    24 Manumisión: Cod. Iust. 1.13.1 (316); Cod. Teod. 4.7.1 (321) = Cod. Iust. 1.13.2; Cod. Teod.2.8.1 (321); véase Grieser (1997, p. 136–7). Manumissio in ecclesia: Sínodo de Toledo (400), c. 10, con Grieser (1997, p. 150–2, 161); Nathan (2000, p. 172).

    25 Finley (1980, p. 125–6, 130); Nathan (2000, p. 170).

    26 Cf. Evans Grubbs (1995, p. 307–9), que subestima la influencia cristiana; Grieser (1997, p. 99–100); Vera (1998, p. 319–20). La prohibición de Constantino de tatuar el rostro de criminales y esclavos parece tener origen cristiano: Cod. Teod. 9.40.2; Aur. Vict. Caes. 41.4; Soz. HE 1.8.13.

    27 Cod. Just. 6.1.3; cf. Ausonio, Epigr. 16–17 (Green): castigo y marcado con hierro; Grieser (1997, p. 109) para el marcado con hierro; cf. Bradley (1984, p. 119); Evans Grubbs (1995, p. 26).

    28 Evans Grubbs (1993; 1995, p. 261–316); Koptev (1995b); Arjava (1996); Grieser (1997, p.99–101); Storchi Marino (1999); Vuolanto (2003); Koptev (2004, p. 291, 302).

    29 Evans Grubbs (1995, p. 261-316).

    30 Cod. Iust. 7.16.11, 10.32: esclavos que, ilegalmente, llegaban a funcionarios o al puesto de decurión. Cod. Iust. 7.16.42: esclavos como jefes de decurias. Para los esclavos que se convertían en sacerdotes, véase Klein (1993).

    31 Cod. Teod. 12.1.92 = Cod. Iust. 10.32.34 mut; cf. Nov. Theod. 9.1.1. La inadecuación de la banausía como topos en la literatura antigua: Ste. Croix (1981, p. 114–15); Zimmermann (1996, p. 338–9). También Augustino. Ep. 24, 2.

    32 Garnsey (1970, 2004, p. 140); Marcone (1998).

    33 Garnsey (2004, p. 141–3); Evans Grubbs (1995, p. 277).

    34 Véase Cod. Teod. 9.45.3: intento de limitar la huida a la iglesia; Cod. Teod. 7.13.8: prohibición a los esclavos y otros individuos que ocupaban profesiones básicas de unirse a los escuadrones más honorables de la milicia; Cod. Iust. concerniente al estatus de los hijos de esclavos que alcanzaban un cargo como funcionarios, o rango militar alto

    35 Harries (1999, p. 122–3, 126, 140–1). Note Cod. Teod. 8.2.5: amenaza de tortura a funcionarios municipales de menor rango.

    36 Paulo, Sent. 5.8, con G. y M. Sautel (1959, p. 264); Aubert (1994, p. 108); Cod. Iust. 4.25.5, con Aubert (1994, p. 109).

    37 Ramin y Veyne (1981); Gardner (1986a); Bagnall (1993b, p. 227). Véase Cod. Iust. 6.1.4, distinción entre un esclavo que se declara como nacido libre por ignorancia y alguien que lo hace de forma deliberada. niños no son esclavos, pero sí son descriptos en términos que suponen una analogía con la esclavitud. Tampoco son libres, ya que su capacidad de volver a ganar su merecido estatus como ingenui por medio de diversos caminos es celosamente defendida en las fuentes legales.

    38 Vuolanto (2003); cf. Lepelley (1983, p. 333–4); Humbert (1983), en referencia a Augustino. Ep. 24; Grieser (1997, p. 95–6). San Agustín (Ep. 10 .2) afirma que los padres podían vender la mano de obra de sus hijos por 25 años.

    39 Boswell (1988, p. 202). Véase Cod. Teod. 3.3.1; Nov. Val. 33.1; Libanius, Or. 46. 23; Basil, De spiritusancto 20 (SC 17 bis).

    40 Vuolanto (2003, p. 187, 191 (conn. 60)). Esta parece ser la postura de San Agustín (Ep. 24) y el fundamento de su preocupación por los derechos relativos de los padres, señores y dueños de esclavos.

    41 Cf. la borrosidad de los límites entre niños y esclavos en las fuentes cristianas: Garnsey y Humfress (2001, p. 179–80, 186).

    42 Paulino, Vit. Ambr. 43 (Kaniecka86–8); Eugipio, Vita Severini 36.

    43 Greg. Nyss. Vita Macrinae 966D; Paulino de Nola, Ep. 24.3; Paladio, Hist. Laus. 46.3, 61.6; Vida de Policarpo 5 (cf. Stewart-Sykes, 2002). Más referencias: Jones (1964, p. 851 (con n. 66))

    44 Por ejemplo, John Chrys. Hom. Eph. 14, 3-4 (Pg62 109-10); Hom. Jo. 80, 3 pg 59, 436).

    45 Paladio, Hist. Laus. 61.5; Querolus74; John Chrys. Hom. I. Cor. 19 .3 –5 (PG 61 .154–8). Símaco, Ep. 4 .48; Paulino de Pella, Eucharist. 333–7; Jer. Ep. 54.6; San Ambrosio, Ep. 19 .20; John Chrys. Hom. in Tit. 4 (PG62 .685 –6). Véase Garnsey (1996, p. 72–3); Samson (1992, p. 225); Bagnall (1993b, p. 234–7); Nathan ( 2000, p. 179).

    46 Salviano, De Gubernatione Dei 3.10. 50–1, 4. 3. 13, 4. 6. 29, 4. 12. 57–8, con Grey (2006).

    47 Evidencia de Egipto: Straus (2004). Venta de eunucos: Jones (1964, p. 852 (con n. 68)). Véase también Casiodoro, Variae 8 .33 .4: venta de niños para esclavitud en un mercado de Lucania, en el siglo VI.

    48 Archiv für Papyrusforschung 3 .415 f f; BGU i.316 = Mitteis, Chr. 271 = FIRA iii.134; Teodoreto, Ep. 70 (SC 98). Discusiones generales de los mercados de esclavos Melluso (2002).

    49 Bagnall (1993b), critica a Fikhman (1973); cf. Finley (1980, p. 129), con Jones (1956).

    50 Texto en Crawford y Reynolds (1979, p. 177); cf. Scheidel (1996c).

    51 Cod. Iust. 1.19.1, 7.13.1, con Evans Grubbs (2000) (especialmente 86–7). Sidonio Apolinar. Epist. 4.12; Severio, Ep. 3; Paulino de Nola, Ep. 23. Estudios detallados de los mensajeros de cartas: Perrin (1992); Letourneur (2002). Cod. Teod. 10.8.4 (Numidia); Cod. Teod. 9.42.7 = Cod. Just. 9.49.7 (Ilírico, Italia, África). Cod. Just. 6.1.5 (Moesia), responsabiliza al defensor civitatis de la búsqueda de esclavos públicos fugitivos. Ausonio, Epigr. 16–17 (Green). Véase Bagnall (1993a, p. 209); Neri (1998, p. 159); Grieser (1997, p. 107–12), 122–4; Bellen, (1971).

    52 Grieser (1997, p. 3, 150–2, 161).

    53 Bradley (2003); Scheidel (2003a).

     


    5.1: El estado de la cuestión is shared under a CC BY-NC-SA 4.0 license and was authored, remixed, and/or curated by Cam Gray, Traducción: Patricia Colombo, Revisión: Dr. Diego Santos.