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2.6: Meditaciones de Descartes - Dualismo cartesiano

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    Meditaciones 11

    MEDITACIÓN VI- DE LA EXISTENCIA DE LAS COSAS MATERIALES, Y DE LA DISTINCIÓN REAL ENTRE LA MENTE Y EL CUERPO DEL HOMBRE.

    1. Ahi ahora solo queda la indagación en cuanto a si existen cosas materiales. Con respecto a esta pregunta, al menos sé con certeza que tales cosas pueden existir, en la medida en que constituyan el objeto de las matemáticas puras, ya que, respecto a ellas en este aspecto, las puedo concebir de manera clara y distintiva. Porque no cabe duda de que Dios posee el poder de producir todos los objetos que soy capaz de concebir claramente, y nunca consideré nada imposible para él, a menos que cuando experimenté una contradicción en el intento de concebirla bien. Además, la facultad de imaginación que poseo, y de la que soy consciente de que hago uso cuando me aplico a la consideración de las cosas materiales, es suficiente para persuadirme de su existencia: porque, cuando considero atentamente lo que es la imaginación, encuentro que es simplemente una cierta aplicación de la facultad cognitiva (facultas cognoscitiva) a un cuerpo que está inmediatamente presente en él, y que por lo tanto existe.

    2. Y para dejar esto bastante claro, observo, en primer lugar, la diferencia que subsiste entre la imaginación y la pura intelección [o concepción]. Por ejemplo, cuando imagino un triángulo no sólo concibo (intelligo) que es una figura comprendida por tres líneas, sino que al mismo tiempo también miro (intueor) estas tres líneas como presentes por el poder y la aplicación interna de mi mente (acie mentis), y esto es lo que yo llamo imaginar. Pero si deseo pensar en un chiliogon, ciertamente concibo acertadamente que se trata de una figura compuesta por mil lados, tan fácilmente como concibo que un triángulo es una figura compuesta por sólo tres lados; pero no puedo imaginar los mil lados de un chiliogón como lo hago los tres lados de un triángulo, ni, por así decirlo, verlos como presentes [con los ojos de mi mente]. Y aunque, de acuerdo con el hábito que tengo de siempre imaginar algo cuando pienso en cosas corpóreas, puede suceder que, al concebir un chiliogón, confusamente me represente alguna figura para mí mismo, sin embargo es bastante evidente que esto no es un chiliogón, ya que de ninguna manera difiere de lo que yo haría representarme a mí mismo, si pensara en un miriogón, o en cualquier otra figura de muchos lados; tampoco sería útil esta representación para descubrir y desdoblar las propiedades que constituyen la diferencia entre un chiliogón y otros polígonos. Pero si la pregunta gira sobre un pentágono, es bastante cierto que puedo concebir su figura, así como la de un chiliogón, sin la ayuda de la imaginación; pero de igual manera puedo imaginarlo aplicando la atención de mi mente a sus cinco lados, y al mismo tiempo a la zona que contienen. Así observo que un esfuerzo especial de la mente es necesario para el acto de la imaginación, que no se requiere para concebir o comprender (ad intelligendum); y este esfuerzo especial de la mente muestra claramente la diferencia entre la imaginación y la intelección pura (imaginatio et intellectio pura).

    3. Señalo, además, que este poder de imaginación que poseo, en la medida en que difiere del poder de concebir, no es de ninguna manera necesario para mi [naturaleza o] esencia, es decir, para la esencia de mi mente; porque aunque no lo poseí, debería seguir siendo el mismo que ahora soy, de lo que parece que podemos concluyen que depende de algo diferente de la mente. Y entiendo fácilmente que, si existe algún cuerpo, con el que mi mente está tan unida y unida como para poder, por así decirlo, considerarlo cuando elige, puede así imaginar objetos corpóreos; para que este modo de pensar difiera de la intelección pura solo en este aspecto, que la mente al concebir se vuelve hacia cierto camino sobre sí mismo, y considera alguna de las ideas que posee dentro de sí mismo; pero al imaginarse se vuelve hacia el cuerpo, y contempla en él algún objeto conformado a la idea que él mismo concibió o aprehendió por el sentido. Entiendo fácilmente, digo, que la imaginación pueda formarse así, si es cierto que hay cuerpos; y porque no encuentro otra manera obvia de explicarlo, de ahí, con probabilidad, conjeturo que existen, pero sólo con probabilidad; y aunque examino cuidadosamente todas las cosas, sin embargo no lo hago encontrar que, a partir de la idea distinta de la naturaleza corpórea que tengo en mi imaginación, necesariamente puedo inferir la existencia de cualquier cuerpo.

    4. Pero estoy acostumbrado a imaginar muchos otros objetos además de esa naturaleza corpórea que es objeto de las matemáticas puras, como, por ejemplo, colores, sonidos, gustos, dolor, y similares, aunque con menos distinción; y, en la medida en que percibo estos objetos mucho mejor por los sentidos, a través del medio de que y de memoria, parecen haber llegado a la imaginación, creo que, para que cuanto más ventajosamente los examine, es apropiado al mismo tiempo debería examinar qué es la percepción sensorial, y preguntar si a partir de esas ideas que son aprehendidas por este modo de pensar (conciencia), no puedo obtener cierta prueba de la existencia de objetos corpóreos.

    5. Y, en primer lugar, recordaré a mi mente las cosas que hasta ahora he considerado verdaderas, porque percibidas por los sentidos, y los fundamentos sobre los que descansaba mi creencia en su verdad; voy a examinar, en segundo lugar, las razones que después me obligaron a dudar de ellas; y, finalmente, consideraré qué de ellos ahora debo creer.

    6. En primer lugar, entonces, percibí que tenía una cabeza, manos, pies y otros miembros que componían ese cuerpo que consideré como parte, o tal vez incluso como el conjunto, de mí mismo. Percibí además, que ese cuerpo estaba colocado entre muchos otros, por lo que era capaz de verse afectado de diversas maneras, tanto beneficiosas como hirientes; y lo que era beneficioso lo remarqué por una cierta sensación de placer, y lo hiriente por una sensación de dolor. Y además de este placer y dolor, también estaba consciente del hambre, la sed y otros apetitos, así como ciertas inclinaciones corpóreas hacia la alegría, la tristeza, la ira y pasiones similares. Y, fuera de mí mismo, además de la extensión, figura y movimientos de los cuerpos, también percibí en ellos la dureza, el calor y las demás cualidades táctiles, y, además, la luz, los colores, los olores, los sabores y los sonidos, cuya variedad me dio los medios para distinguir el cielo, la tierra, el mar, y en general todos los demás cuerpos, el uno del otro. Y ciertamente, considerando las ideas de todas estas cualidades, que se me presentaron a la mente, y que por sí solas percibí adecuada e inmediatamente, no fue sin razón que pensé que percibía ciertos objetos totalmente diferentes a mi pensamiento, es decir, cuerpos de los que procedían esas ideas; porque yo era consciente de que las ideas me fueron presentadas sin que se requiriera mi consentimiento, para que no pudiera percibir ningún objeto, por muy deseoso que pudiera estar, a menos que estuviera presente en el órgano de los sentidos; y estaba totalmente fuera de mi poder no percibirlo cuando así estaba presente. Y debido a que las ideas que percibí por los sentidos eran mucho más vivas y claras, e incluso, a su manera, más distintas que cualquiera de las que pudiera enmarcar de mí mismo por la meditación, o que encontré impresionadas en mi memoria, parecía que no podrían haber procedido de mí mismo, y por lo tanto deben haber sido causadas en mí por algunos otros objetos; y a partir de esos objetos no tenía conocimiento más allá de lo que me daban las ideas mismas, nada era tan probable que se le ocurriera a mi mente como la suposición de que los objetos eran similares a las ideas que causaban. Y porque recordé también que antes había confiado a los sentidos, más que a la razón, y que las ideas que yo mismo formaba no eran tan claras como las que percibía por sentido, y que incluso estaban compuestas en su mayor parte por partes de este último, me convencieron fácilmente de que no tenía idea en mi intelecto que antes no había pasado por los sentidos. Tampoco me equivoqué del todo en creer igualmente que ese cuerpo que, por un derecho especial, llamé mío, me pertenecía más propiamente y estrictamente que cualquiera de los demás; porque en verdad, nunca me podría separar de él como de otros cuerpos; sentí en él y por ello todos mis apetitos y afectos, y en multa me afectó en sus partes el dolor y la emoción del placer, y no en las partes de los otros cuerpos que estaban separados de él. Pero cuando indagé por qué, de esto no sé qué sensación de dolor, tristeza mental debe seguir, y por qué de la sensación de placer, debe surgir alegría, o por qué esta indescriptible espasmo del estómago, que llamo hambre, debería ponerme en mente de tomar comida, y la perginidad del garganta de bebida, y así en otros casos, no pude dar ninguna explicación, a menos que así me enseñara la naturaleza; pues seguramente no hay afinidad, al menos ninguna que sea capaz de comprender, entre esta irritación del estómago y el deseo de comer, nada más que entre la percepción de un objeto que causa dolor y la conciencia de tristeza que brota de la percepción. Y de la misma manera me pareció que todos los demás juicios que había formado respecto a los objetos de sentido, eran dictados de la naturaleza; porque remarqué que esos juicios se formaban en mí, antes de que tuviera tiempo libre para sopesar y considerar las razones que podrían limitarme a formarlos.

    7. Pero, después, una amplia experiencia por grados sofocó la fe que había recostado en mis sentidos; pues frecuentemente observaba que las torres, que a cierta distancia parecían redondas, aparecían cuadradas, cuando se veían más de cerca, y que figuras colosales, levantadas en las cumbres de estas torres, parecían pequeñas estatuas, cuando se veían desde el fondo de ellos; y, en otras instancias sin número, descubrí también el error en juicios fundados en los sentidos externos; y no sólo en los fundados en lo externo, sino incluso en los que descansaban en los sentidos internos; porque ¿hay algo más interno que dolor? Y sin embargo, a veces me han informado partes cuyos brazos o piernas habían sido amputados, que de vez en cuando todavía parecían sentir dolor en esa parte del cuerpo que habían perdido, circunstancia que me llevó a pensar que no podía estar muy segura ni siquiera de que alguno de mis integrantes se vio afectado cuando sentí dolor en ella. Y a estos motivos de duda poco después también agregué otros dos de muy amplia generalidad: el primero de ellos fue que creí que nunca percibía nada cuando estaba despierto lo que de vez en cuando no podía pensar que también percibía cuando dormía, y como no creo que las ideas me parecen percibir en mi sueño proceder de objetos externos a mí, ya no observé ningún terreno para creer esto de tal como parece percibir al despertar; la segunda fue que como todavía era ignorante del autor de mi ser o al menos se suponía que yo era así, no vi nada que impidiera que estuviera así constituido por la naturaleza ya que debería ser engañado incluso en asuntos que me parecieron poseer la verdad más grande. Y, respecto a los motivos por los que antes me había persuadido de la existencia de objetos sensibles, no me costaba mucho encontrar respuestas adecuadas a ellos; pues como la naturaleza parecía inclinarme a muchas cosas de las que la razón me hacía reacia, pensé que no debía confiarle mucho en sus enseñanzas . Y aunque las percepciones de los sentidos no dependían de mi voluntad, no pensé que debía sobre ese terreno concluir que procedían de cosas distintas a mí, ya que quizá se pudiera encontrar en mí alguna facultad, aunque hasta ahora desconocida para mí, que las produjo.

    8. Pero ahora que empiezo a conocerme mejor, y a descubrir más claramente al autor de mi ser, no pienso, en efecto, que deba admitir precipitadamente todo lo que los sentidos parecen enseñar, ni, por otro lado, es mi convicción que deba dudar en general de sus enseñanzas.

    9. Y, en primer lugar, porque sé que todo lo que concibo clara y claramente puede ser producido por Dios exactamente como lo concibo, basta con que sea capaz de concebir clara y claramente una cosa aparte de otra, para estar seguro de que la una es diferente de la otra, viendo que pueden por lo menos hacerse existir separadamente, por la omnipotencia de Dios; y no importa por qué poder se haga esta separación, para ser obligado a juzgarlos diferentes; y, por lo tanto, simplemente porque sé con certeza que existo, y porque, mientras tanto, no observo que algo necesariamente pertenece a mi naturaleza o esencia más allá de mi ser una cosa pensante, concluyo acertadamente que mi esencia consiste sólo en que mi ser una cosa pensante [o una sustancia cuya esencia entera o naturaleza es meramente pensar]. Y aunque pueda, o mejor dicho, como diré en breve, aunque ciertamente sí poseo un cuerpo con el que estoy muy estrechamente unido; sin embargo, porque, por un lado, tengo una idea clara y distinta de mí mismo, en la medida en que solo soy una cosa pensante y no extendida, y como, por otro lado, poseo una idea distinta de cuerpo, en la medida en que es sólo una cosa extendida e irreflexiva, es cierto que yo, [es decir, mi mente, por la cual soy lo que soy], es total y verdaderamente distinto de mi cuerpo, y puede existir sin él.


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